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Epílogo: Dorado

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Dorado, un color que para producir se necesita del oro. Uno que, si bien no es de los más odiados o más amados, se asocia profundamente a la belleza y refinación. Significa, valor, dinero y lujo, todo lo que posee un rey. Pero incluso más que eso, representa la felicidad. Algo permanente y fiel, inoxidable por el pasar el tiempo, duradero. La victoria, lo que más se aguarda, una cosa que siempre has querido y hasta al fin obtienes.

Así como la vida. Si el negro es bien elegancia y muerte, el color oro nunca dejará de tener presencia y valor. Por su refinación y significado, mostrando un futuro bello y anhelado. Una cosa a veces necesaria por muchos. Y así, la respuesta a veces es solo dejar sanar, perdonar y creer en el bien, como aquella felicidad que trae el áureo consigo.

Cinco años después.

Kael entró a su despacho con un ramo de rosas blancas. Era este el último lugar posible donde estaría Bianca, pero al echar un buen vistazo, tampoco se encontraba allí. Suspiró con cansancio y dejó el ramillete de doce flores sobre el escritorio de pesada madera oscura. Tomó solo un segundo para que su teléfono empezase a vibrar en su bolsillo, sin embargo, al sacarlo, el número que llamaba no estaba registrado. Kael frunció el ceño y contestó.

–Diga.

– ¿Kael Gardall? –preguntó la voz de un hombre quizá un tanto mayor.

–Así es –respondió él con sospecha.

–Habla Adolfo de la Interpol, debió escuchar de mí –informó el hombre, aunque tomó a Kael por sorpresa el hecho de que este hombre tuviese su número.

–Un hombre mío me comunicó lo que hizo. Agradezco la ayuda de hace cinco años con la clave que nos dio, he de decir que le debo una –enunció Kael recostándose al escritorio, a un lado de las flores para no dañarlas.

– ¿El líder de una mafia debiéndole favores a la policía? No suena muy común –comentó el otro con una suave risa.

–Una por una, no pretendo hacer que mi palabra no valga nada. Usted nos auxilió, así que le debo un favor. Lo que desee, a excepción claro, de que afecte a los míos –advirtió mientras miraba un momento por la puerta.

–Entiendo. Lo pensaré entonces, y cuando sepa qué necesito le informaré. Aunque no llamaba para eso. Solo tenía una pequeña duda...

– ¿Relacionada con la Interpol? Porque no he salido de las fronteras por el momento.

–No, simple curiosidad. Y para confirmar mi teoría. La niña Linbert... es una lástima que falleciera, y que aclaro, solo por ella fue que los ayudé a excarcelar a Alexhander Seermont, porque fue Joselyne quien me lo pidió. Creo que ella tenía el diamante que ustedes tanto aprecian, el que con su muerte en el accidente aéreo debió perder, sin embargo, usted, para dejar contenta a la DEA, les dio el diamante. ¿Cómo llegó a usted? Y ¿por qué se lo dio a la agencia policial enemiga suya? –cuestionó Adolfo a través de la línea. Sonaba realmente intrigado.

–Y esto de pronto se convirtió en un interrogatorio. Escuche, tengo mis razones para cada cosa que hago. Se los di porque quise, y porque ellos lo deseaban, así como cualquier otra mafia, para mi sorpresa. En cuanto a cómo llegó a mí... el pequeño sobrevivió al accidente y la explosión, cayendo al lago bajo la zona. Mandé a mi gente a bucear para hallarlo, y ahí estaba –respondió moviendo una mano para quitarle importancia, aun sabiendo que Adolfo no le veía.

– ¿Entonces Joselyne Linbert realmente está muerta? –preguntó Adolfo con una preocupación tal, que hizo dudar a Kael por un segundo.

–Es la triste verdad –replicó él suspirando.

El Diamante EscarlataHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora