Perderlos.

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Sam volvió a mirar el retrovisor por décima vez, observando a Cas dormir pacíficamente en el asiento de atrás. Rowena le advirtió que con la extraña medicina que le receto dormiría más de lo normal. No tenía idea de cómo le daría la noticia y realmente no quería poner en un aprieto al ángel, aunque ya estuviese allí.

Y tenía que hacerlo él, era su responsabilidad. El camino de vuelta a casa le serviría para pensar en la mejor forma.

Cargó a Cas en brazos hasta su habitación, y lo arropó, dejándolo descansar mientras preparaba algo para que comiera al despertar.

Crowley apareció en su cocina, sin emitir palabra.

- ¿Aún duerme? –

- Si. – Respondió el cazador, sin entregarle demasiada atención. – Te necesita. – Dijo repentinamente.

Todos se lo habían dicho antes, y la nueva circunstancia le daba aún más importancia a ello. Pero Crowley no creía del todo en la insistente frase.

- Quizá. – Suspiró. - ¿Se lo dirás?

Sam asintió, preparando la bandeja que llevaría al ángel.

- No te quedes, solo... solo acompáñalo ahora. – Suplicó el pelilargo.

El demonio no respondió y Sam no rogaría más. Tomó la bandeja y se fue.

Castiel estaba confundió de lo que había sucedido y donde estaba, pero aceptó gustoso las frutas cortadas en cubitos que Sammy le ofreció. Entonces, el ángel recordó desmayarse en algún momento, y la voz de Rowena escucharse distante en la oscuridades.

- ¿El bebé está bien? – Preguntó súbitamente, eso era lo único en que podía pensar por alguna razón.

El castaño le tranquilizó, apartando la bandeja y sosteniendo sus manos. Y se lo dijo, suave y con cuidado. El ángel se paralizó por un momento, observando sus ojos sin mirarlo realmente, y las lágrimas comenzaron a caer.

Samuel le abrazó, prometiendo que estaría bien, que saldría de esto como siempre. Castiel era un mar de desconsuelo, aferrado a Sam como si sintiera que al soltarlo se ahogaría en sí mismo.

El menor sintió una mano apoyarse en su hombro, Crowley seguía allí. Comprendió lo que quería y se apartó. Cas olvidó el abandono y las peleas, volviendo a sentirse a salvo con el demonio.

- Estoy aquí, arreglaremos esto. – Prometió, acariciando la espalda del mayor.

Su angustia le contagio, o quizás era el mismo dolor que estaba reprimiendo. Iba a perderlos, a ambos o a alguno de los dos; y Crowley no sintió un dolor similar jamás.

Mantuvieron esa posición de necesidad mutua durante un rato, en lo que Cas se calmaba. Crowley le sugirió que se recostara, jurando que se quedaría a su lado en todo momento, y así fue. Se enamoró de la curvatura en el abdomen de Cas, aquel que no se había permitido experimentar, repasándolo con su mano mientras su otro brazo mantenía al ángel lo más cerca posible.

El mayor no tardó mucho más en dormirse. Ahora lo veía claro, Castiel ya no brillaba como antes y sus síntomas en declive tenían sentido, tenía un parasito dentro que era su propio hijo. Crowley comprendió que todo esto era su culpa, el niño no causaría esto si no fuese demonio, si no llevase su sangre. 

Guerra 2.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora