Ansiedad y Celos

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Gabriel cumplía con su trabajo de forma impecable como siempre, pero por dentro estaba destruido. La ansiedad no lo dejaba dormir bien, la culpa se le mezclaba con el deseo y terminaba levantándose a la madrugada para saciar su apetito con pornografía. Si eso no era caer bajo, no sabía qué lo era.

A él no le faltaban pretendientes que quisieran conquistarlo, al contrario. Era un hombre maduro y atractivo, de buena posición, culto. Muchas mujeres lo invitaban a salir para conocerse, y algún que otro hombre también. Por eso, no podía entender el que ahora solo se sintiera satisfecho si pensaba en Beelzebub. Ese chico malhablado, salvaje, esa fiera que tenía por costumbre abofetear y patear a cualquiera que le molestara, lo había vuelto loco con sus besos y ahora no podía quitárselo de la mente. Había sido una completa locura que bien podría costarle el puesto, pero no podía evitarlo: el chico lo había excitado como nunca en la vida con sus besos y caricias, con su forma experta de chupársela. Al pensar en el pelinegro agachado ante él se le subían los calores; era como si de pronto ni toda la pornografía del mundo fuera suficiente para borrarle el hermoso recuerdo.

Lo peor, se dijo con el ceño fruncido, era que Beelz no parecía interesado en tener otro encuentro. En la universidad lo esquivaba, lo ignoraba, y probablemente se estaba portando mejor solo para evitar ser castigado e ir a la dirección. De a ratos se decía que era lo mejor, que debía olvidar ese encuentro si no quería terminar mal. Pero esas ideas nobles se le borraban en cuanto volvía a verlo y admiraba su singular belleza, y su boca casi siempre ocupada en devorar comida chatarra. Aquella boquita de fuego que sabía hacer tan bien otras cosas...

"Gabriel, contrólate, por el amor de dios, contrólate" pensó mordiéndose el labio al verlo pasar del brazo de su amigo Crowley. Reían y hablaban sin parar de algo que no alcanzó a entender bien, pero que le pareció era una salida de fin de semana. ¿A dónde irían? Rápidamente y con toda la discreción que pudo, los siguió y alcanzó a oír ciertas frases sospechosas:

-Crowley, ¿iremos a ver al Anticristo de verdad?

-Iremos. Es mi regalo para ti, Beelzy bebé.

-¡Oh, Crowley, eres el mejor! ¡Te adoro!- exclamó el menor dándole a su amigo pelirrojo un repentino beso en la mejilla. Gabriel se quedó tan indignado que no pudo reaccionar, pensando en qué clase de amistad tenía su pequeña fiera con ese insurrecto. Casi se descubre a sí mismo al intentar increparlos, pero fue providencialmente interrumpido por el profesor Fell, el de Literatura, que justo pasaba por ahí.

-Secretario Gabriel, ¿se encuentra bien, puedo ayudarlo con algo?

-Er... no, no, todo está... está bien.- De lejos se oyeron las risas cantarinas de Beelzebub y Crowley, y el mismo profesor Fell pareció incómodo. Vacilando, le preguntó:

-¿A usted le sucede algo, profesor?

-No, claro que no. Todo perfecto. Bien, debo ir al salón. Con permiso.

"Y yo debo volver a mi oficina. Pero por mi honor que no dejaré que esto se quede así, voy a averiguar a qué clase de antro quiere ese Crowley llevar a Beelzebub. Y si es algo indecente, que se prepare... voy a proteger a Beelz aunque él no lo sepa ni le interese mi protección".

Soy tu Julieta 2Donde viven las historias. Descúbrelo ahora