La mansión Kim era una de las construcciones más extraordinarias de toda la región: relativamente cerca de la urbanización de Beijing y a la vez, varada en los límites de un bosque prolífico, extendía sus dominios más allá de lo que el ojo humano podía apreciar.
Los terrenos verdes que circundaban la mansión eran protegidos por gruesos y altos muros de piedra cuya única entrada se alzaba en orondas rejas de acero, siempre custodiada por hombres de apariencia temible.
Kim Sehun arribó al enorme pórtico, sonando el claxon; sus hombres lo reconocieron y accionaron el mecanismo que contraía las rejas con rapidez. Sin esperar que éstas se metieran del todo, el moreno aceleró, iracundo, despedazando uno de los retrovisores laterales con el filo de la verja.
— ¡¿Ha llegado ya el inútil de Dmitri?! — Cuestionó atropellador a uno de los guardianes.
— Sí, señor. Hace cinco minutos — Respondió otro, saliendo de la caseta de vigilancia — Llegó con Lucca.
Sehun hundió el pie en el pedal, provocando un chirrido horrible. Cruzó un camino recto, cercado de jardines y árboles; rodeó un anguloso largo artificial y frenó con más escándalo en el pórtico de estilo griego de la mansión. Daela se precipitó por las largas escaleras, observándole angustiada.
— ¿Qué es todo éste alboroto, Sehun? ¿Qué rayos te pasa?
El Kim menor bajó del auto, e ignorando a la mujer, se aproximó hasta un coche oscuro lastimosamente accidentado: abollado del cofre, con los faros y el parabrisas estrellado, y la facia delantera arruinada.
— ¡Estúpidos!
— ¡¿Sehun?! — Recalcó Daela.
— ¡Nada, no pasa nada! Vete a regar tus plantas o al cine, ¡yo que sé! Ahora no me molestes por favor.
La mujer se llevó las manos a la cintura, indignada por el trato. Él ni siquiera la miró, mucho menos saludó, le pasó por un lado, y se adentró a la casa.
Si en el exterior, la visión de la mansión cortaba la respiración, por dentro, simplemente te paralizaba. Era amplísima, todo relucía, desde el piso, brillante como la pista de una discoteca, hasta las molduras de madera en el techo y en los cuadros, como su arquitectura, la decoración también era de estilo clásico: los muebles antiguos, la ornamentación con candelabros, arañas de cristal, objetos de plata, y gobelinos que retrataban batallas épicas. El ambiente sobrecargado y simétrico era lo regente, representaba el grado más alto de opulencia y nobleza. Había una escalera de mármol en el centro, sensualmente curveada, transportaba hacia un mirador que bordeaba toda la extensión del primer piso.
Detrás de ésta escalera, había otra que sólo descendía, Sehun caminó hasta ella, pasando por una chimenea de cuerpo saliente –que se encontraba apagada- y colgando sobre ella, la pintura de "El Regreso del Hijo Prodigio" de Rembrandt.
Sehun bajó las escaleras presuroso, la iluminación era perfecta. Abajo, un estrecho pasillo le indicaba el camino, y en cada lado, varias puertas trataban de confundirlo, todas eran iguales, en forma, en color, el moreno se decidió por una de ellas, y no erró. Allí, en la sala de juntas, ancha y sombría, le esperaban Dmitri y Lucca. Azotó la puerta tras su ingreso, con expresión artera.
— ¡Son unos pendejos, sucias ratas sin cerebro! — Descargó su puño contra una mesa — ¡Ganan una fortuna! ¡¿Y así me lo reditúan?!
— Lo sentimos, señor — Se adelantó Dmitri, impasible — Pero créame cuando le digo que hicimos hasta lo imposible. Kai se llevó al joven en una motocicleta. Estuvimos siempre en desventaja.
— ¡¿En una motocicleta?! — Inquirió desconcertado — Entonces, el maldito no lo obligó… Se trepó porque así lo quiso — Susurró para sí mismo. La cólera comenzaba a consumirlo.
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Gefängnis.. Kailu
FanfictionLuhan es un jovencito de apenas 18 años, todo en su vida es relativamente perfecto: estudiante modelo, gentil, adorable y simpático, pero tras una serie de circunstancias desafortunadas, injustamente, cae en prisión por homicidio; la prisión más pel...