Capítulo 21

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Papá se había quedado boquiabierto.

-¡Es tan romántico, querido Peter! -suspiró mami Olga mientras le tomaba del brazo.

La expresión de él cambió, y a continuación le acari­ció suavemente la barbilla y dijo:

-Si a ti te gusta, querida, mi vida... -Se quedó un momento perplejo-. Mi amor...

Olive se levantó de su asiento proclamando:

-¡Un hada de verdad! -Y se dirigió a donde estaba Lucinda.

Varios de los invitados rodeaban a papá y a Madame Olga, pero ninguno había sido tan temerario como Oli­ve. El hada pronto empezaría a mirar a su alrededor, así que abandoné la sala.

Afuera hacía demasiado frío para esconderse, por lo que decidí subir por las escaleras. La baranda formaba una espiral abierta, ideal para bajar por ella. Resistí el lo­co impulso de deslizarme hasta... ¡Los brazos de Lucin­da, sin duda! Oí su voz y subí corriendo las escaleras que quedaban, y cuando llegué arriba abrí una puerta y entré en un oscuro pasillo. Cerré la puerta tras de mí, me dejé caer y apoyé la espalda en ella, con las piernas estiradas sobre las baldosas de mármol.

¿Sería más feliz papá ahora, después del hechizo? ¿Habría Lucinda otorgado por fin un don que benefi­ciara a quienes lo recibían? Intenté imaginar aquel ma­trimonio. ¿Haría el amor que papá pasara por alto los defectos de Madame Olga?

Ensimismada como estaba, no oí unos pasos que se acercaban. La puerta contra la que me apoyaba se abrió y me arrastró con ella. Miré hacia arriba... ¡Era Char!

-¿Estás bien? -preguntó preocupado mientras se arrodillaba a mi lado.

Me incorporé, le agarré de la manga, le arrastré con­migo al interior del pasillo y volví a cerrar la puerta.

-Sí, estoy bien -dije.

-Bueno -respondió, poniéndose de pie.

No estaba segura de si sonreía o si tenía el ceño frun­cido. El pasillo estaba demasiado oscuro como para saberlo a ciencia cierta. ¿Cómo podría explicarle mi comportamiento? ¿De qué creería él que me estaba es­condiendo?

-Pensé que todavía estarías defendiendo las fronte­ras. No te vi en la boda.

-Volvimos esta mañana. Llegué justo cuando subías corriendo las escaleras. -Hizo una pausa, esperando quizá que yo me explicara. No lo hice, pero él era tan amable que no me preguntó nada al respecto-. Mi pa­dre pasó aquí su infancia, antes de que se construyera el nuevo palacio. Solía explicarme que había un pasadizo secreto en esta planta.

-¿Y dónde desemboca?

-Se supone que tiene la salida en un túnel que hay bajo el foso. Papá solía buscar ese pasadizo, pero nunca lo encontró.

-¿Qué te parece si lo intentamos nosotros?

-¿Te apetecería? -preguntó con entusiasmo-. Si no te importa perderte el baile...

-Me encantaría perderme el baile -respondí mien­tras abría una de las puertas del pasillo.

La luz inundó la estancia, y entonces me di cuenta de que Char no podía haber tenido el ceño fruncido, pues sonreía tanto que me recordó a Manzana.

Estábamos en una habitación en la que había un ar­mario vacío y dos ventanales. Golpeamos las paredes en busca de algún sonido hueco, buscamos ¡untas ocultas y revisamos las tablas del suelo, preguntándonos quién habría usado el pasadizo y para qué.

-Para avisar a Frell del peligro -sugirió Char.

-Para escapar de un hada loca.

-Para huir de un castigo.

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