𝕻𝖗𝖔́𝖑𝖔𝖌𝖔

760 125 50
                                    

Una historia que comienza con otra historia es lo que esto es.

La reina Larentia se encontraba rezándole a la diosa de la sanación, Sanra, mientras estaba en el hospital militar colocando sus manos sobre los heridos para intentar salvarles la vida, por más que los ciudadanos consideraran fuerte a su soberana, ella aun no terminaba de adquirir su máximo poder.

La guerra que su esposo estaba peleando allá afuera era más peligrosa de lo que se llegó a imaginar. Su habilidad no le permitía ayudar a más de una persona a la vez, lo cual daba como resultado algo catastrófico.

— Diosa, Sanra, apiádate de estos pobres muchachos, ayúdame.— repetía Su Majestad una y otra vez.

Así como ella, había más personas trabajando en distintos cuerpos, pero aun así, la montaña de cadáveres crecía más rápido cada minuto, el personal distaba de ser suficiente. La reina maldecía en voz baja a su esposo por querer adquirir más tierras, el reino de Kinbane ya era demasiado grande, si perdían esta batalla lo perderían todo, las personas de la Corte Real cortarían sus cabezas por aquello.

Sin embargo, el rey supo como librar la batalla, adquiriendo para el reino una tierra más, a este paso serían el más grande de todos.

—¡Deja de regodearte y ayúdame, Harold!— Harold VII Emeraldstone, rey de Kinbane. Ese era el título a emplear en todos lados y un verdadero trabalenguas.

El rey se acercó a su adorada esposa, restándole importancia a su falta de educación, ella podía llamarlo como quisiera, a él no le importaba en absoluto, aunque sintió un poco de vergüenza por el publico que lo observaba. Dejó caer las piezas de metal de su armadura al suelo con un ruido estrepitoso; aunque el rey no tenía habilidades sanadoras, intentó hacer lo posible por ayudarla, una gota gorda de sudor caía por la frente de la reina mientras intentaba detener una hemorragia creciente en el abdomen de un soldado.

Esto era así, ser una Healty implicaba estar la mayoría del tiempo contra el reloj, un movimiento en falso, una pequeña distracción y la vida de una persona podría correr peligro.

Ya llevaba treinta y dos vidas salvadas, de todos los sanadores, ella era la más talentosa y practica, pues claro, era lo que todos esperaban de ella, la eficacia y el poder. Su marido no dejaba de hablar acerca de la gran victoria que habían obtenido, eso hizo que la reina enfureciera.

— ¿Acaso no ves lo que tu batalla provocó?
— ¡Pero ganamos!— exclamó el rey, sin entender en absoluto el enojo de su cónyuge.

La reina ya no quería escucharlo, muchas vidas se habían perdido a causa de su petulancia.
Todo esto fue solo para demostrar el gran poder y la fuerza que tenían los soldados de Kinbane, sobre todos su rey. El único beneficio era la nueva tierra adquirida, la cual no tenía nada gratificante, ¡era una adquisición inútil!
Todo en ese pedazo de terreno era árido, no había nada de vegetación y según las fuentes confiables del palacio, tendrían que pasar por lo menos quince años o más para que se pudiera producir algo ahi, los habitantes tendrían que trabajar demasiado para lograr que la tierra se volviera fértil o para que alguien pudiera habitarla.

Al volver al palacio ella tuvo que fingir una sonrisa ante todos los presentes, sin embargo, no podía ocultar sus pensamientos de la amante de su marido, lady Azuzena; ella era capaz de leer la mente, su dios era igual o mas poderoso que el de la reina, según los libros de historia creados en la antigüedad. Aunque la reina podría pararle el corazón con ponerle un solo dedo encima, pero eso iba en contra de las normas establecidas hace cientos de años y ella ya no quería causar desastres. Intentó alejarse de ella lo más que pudo durante la ceremonia, tropezaba con su vestido en repetidas ocasiones, lo que provocaba las risillas de Azuzena, quien era la culpable de ello.

Prisionera de la CoronaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora