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2. El refugio.

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Los guardias de la entrada me observan con cierta desconfianza, pero ninguno intenta detenerme. Uno de ellos me recorre de arriba abajo con la mirada, como si estuviera tratando de averiguar si realmente pertenezco a este lugar o si me equivoqué de dirección. No digo nada. Mantengo la cabeza en alto y sigo caminando como si supiera exactamente a dónde voy. Al parecer, eso es suficiente para ellos.

En cuanto atravieso la cortina negra de terciopelo, una explosión de luces neón y música electrónica me golpea de lleno. Los bajos retumban en mi pecho y hacen vibrar mis costillas. El aire está cargado de humo dulce, perfume barato y el calor de demasiados cuerpos reunidos en un mismo lugar.

Las mujeres se mueven entre las luces con una confianza que me resulta imposible ignorar. Algunas bailan juntas, otras se dejan llevar por la música mientras conversan con los clientes. Todo ocurre con una naturalidad que me hace sentir fuera de lugar. El ambiente es intenso, sofocante. La temperatura parece subir a cada paso que doy y, por un momento, siento que me falta el aire.

No encajo aquí.

Sigo avanzando entre la multitud, esquivando personas y pidiendo permiso que nadie parece escuchar. Todos están demasiado concentrados en lo suyo. Algunos me observan de reojo, otros ni siquiera notan que estoy ahí. La música, las luces y el movimiento constante convierten el lugar en un mundo aparte, uno que parece funcionar bajo sus propias reglas.

Intento concentrarme en la razón por la que vine.

Entonces veo a una chica junto a la barra. Está apoyada contra el mostrador, observando el salón con aparente tranquilidad. Lleva unos ajustados pantalones de vinilo negro que reflejan las luces de colores. Su piel brilla bajo el neón mientras sostiene una bebida entre los dedos, completamente cómoda en medio del caos que me rodea.

—¡Hola, disculpe! —le grito, alzando la voz para competir con la música ensordecedora—¡Quiero saber si... Judith está aquí! ¡Necesito hablar con ella urgentemente!

Ella me observa con una mezcla de curiosidad y fastidio, como si no supiera si reírse o llamarme loca.

—¿Quién la busca? —me pregunta, alzando una ceja con coquetería. Su voz apenas se oye, pero leo sus labios. Me esfuerzo en no desviar la mirada hacia su pecho.

—Melanie... Melanie Cross. —me aclaro la garganta y retrocedo un poco, incómoda.

Ella asiente lentamente y me indica con una de sus largas uñas rojas que espere donde estoy. No dice nada más. Simplemente se da la vuelta y desaparece entre la multitud. Supongo que fue a buscarla. Me quedo sola, sintiéndome completamente fuera de lugar. Como un pez fuera del agua. El cuerpo me duele cada vez más. El golpe en la frente palpita con fuerza, como si se negara a dejarme olvidar todo lo que ha pasado esta noche. Todo lo que me ha traído hasta aquí.

Llevo una mano a la herida con cuidado. Suelto una pequeña mueca al apartar los dedos y descubro una fina mancha de sangre. Empiezo a temblar sin poder evitarlo. No sé si es por el dolor, por el miedo o por el agotamiento que llevo arrastrando desde hace horas. Quizás sea una mezcla de todo. Siento las piernas pesadas, como si en cualquier momento fueran a dejar de sostenerme.

Miro a mi alrededor buscando algo a lo que aferrarme, aunque no sé exactamente qué. Nadie me presta atención. La música sigue retumbando, las luces continúan parpadeando y las conversaciones se mezclan con las risas. 

Aquí nadie parece notar las heridas de los demás. Solo buscan olvidarse de las propias.

— ¡Acompáñame! — me indica la chica saliendo de repente.

La sigo.

Caminamos en silencio por un pasillo largo. Con cada paso, la música queda más atrás hasta convertirse en un murmullo lejano, como si perteneciera a otro mundo. Cuando atravesamos una enorme puerta negra, siento que he cruzado una frontera invisible. El ruido desaparece. Ya no hay luces de neón parpadeando ni una multitud moviéndose al ritmo de la música. Tampoco hay calor sofocante ni ese ambiente cargado que dominaba el salón principal.

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