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11. La carpeta roja.

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El trayecto es corto. Durante el camino, observo la ciudad por la ventana. Las luces de los faroles se reflejan en el cristal como manchas de luz. Washington nunca duerme por completo, pero a esta hora todo parece más tranquilo, como si la ciudad también estuviera recuperándose del caos.

Al llegar, Eric baja primero y me abre la puerta. Luego toma una pequeña maleta que ni siquiera recuerdo haber preparado. Supongo que alguien del equipo la hizo por mí.

El edificio es sencillo, discreto y moderno. Hay cámaras en las esquinas y un portero automático en la entrada. Es el tipo de lugar que pasa desapercibido, aunque en realidad forma parte de un protocolo de protección federal.

Subimos en ascensor hasta el tercer piso. Cuando las puertas se abren, avanzamos por un pasillo alfombrado hasta detenernos frente a una puerta gris. Eric pasa una tarjeta de seguridad para abrirla y luego me entrega otra igual, evitando mirarme demasiado.

—Todo está listo adentro. Hay comida en la nevera y un número de emergencia junto al teléfono. Mañana alguien pasará a verificar el protocolo contigo. Por ahora... solo descansa. —me dice con voz firme pero amable. — ¿Estarás bien?

—Sí, estaré bien. Gracias por todo. — sonrío.

—No agradezcas. Ya me iré para que puedas descansar. Te lo mereces. — sonrío y cuando se marcha, cierro la puerta con seguro.

Estoy sola.

Respiro hondo y, por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy realmente a salvo. El departamento es pequeño, pero acogedor. Tiene una sala con un sofá gris, una mesa de centro y una cocina integrada. Todo está ordenado. Voy directo a la habitación. La cama está perfectamente tendida, con sábanas blancas y un edredón que invita a descansar.

Me siento en el borde, me quito los zapatos y dejo la chaqueta sobre una silla. Luego entro al baño, me lavo el rostro y paso los dedos por mi cabello con calma. No tengo ropa para dormir, así que busco en uno de los cajones y encuentro una camiseta amplia. Me la pongo. Huele a limpio, a algo nuevo.

Cuando por fin me acuesto, el silencio es tan profundo que casi puedo sentir su peso. Cierro los ojos y dejo que el colchón sostenga todo el cansancio que llevo encima.

Me siento ligera. Agotada. Pero, sobre todo, libre.

Abro los ojos, tomo el control remoto y enciendo el televisor.

—Esta noche el departamento federal de Washington atrapó a uno de los criminales más buscados, acusado de varios delitos junto a demás asociados. Su nombre era Frank G, dueño de varias tierras y propiedades...— dice la reportera, pero la apago para no seguir escuchando.

El teléfono suena antes de que pueda pegar el ojo.

Me sobresalto. ¿Quién tendrá este número?

—¿Bueno? —contesto, con voz baja.

—¿Melanie? —reconozco esa voz al instante. —Soy yo, Jack. ¿Ya estás acostada?

Me siento en la cama de inmediato.

—No... acababa de... comer algo —miento con torpeza— ¿Por qué? ¿Sucede algo?

—No, todo está bien. Solo llamaba para... saber si llegaste bien.

—Si, llegué bien. Estoy acostumbrada al estrés. Sé manejarlo.

Silencio.

—¿Qué haces ahora? —pregunta.

—Estoy sentada en la cama... mirando el techo. La verdad es que resulta más entretenido de lo que parece.

Él suelta una risa al otro lado de la línea, y ese sonido me calienta el pecho.

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