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7. Apoyo anónimo.

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Connor estaciona el coche frente al hotel y apaga el motor. Durante unos segundos, el único sonido que escucho es el de mi propia respiración. Él baja primero, rodea el vehículo con calma y abre mi puerta sin decir una sola palabra. Simplemente me tiende la mano.

¿Por qué quiere tomarme de la mano?

Su mano es firme y segura, como si solo estuviera siguiendo un protocolo para mantenerme cerca. Su piel está tibia, pero en su expresión no hay rastro de ternura. Solo la seriedad de alguien que no quiere correr ningún riesgo. Aun así, tomo su mano.

Caminamos hacia la entrada del hotel sin soltarnos. Con cada paso me siento más expuesta, como si alguien pudiera estar observándonos. Desde lejos, el edificio parece un hotel cualquiera. Pero al acercarnos, algo no se siente bien. Mi mirada se desvía hacia la esquina opuesta de la calle. Hay tres hombres de pie junto a un poste sin luz. Solo están ahí, observándonos con demasiada atención.

Uno lleva chaqueta y otro mantiene una mano dentro del bolsillo sin sacarla en ningún momento. Aprieto la mano de Connor casi sin darme cuenta. Creo que él también los vio.

—No te apartes de mí —me susurra sin mirarme. 

Acelera el paso, y yo voy con él, los dedos de ambos ahora entrelazados con más fuerza. Sus ojos van de la entrada a los hombres, y luego de nuevo a la entrada. El hotel está a apenas unos metros, pero se siente a kilómetros.

De pronto, la puerta principal del hotel se abre bruscamente. Un hombre alto, de barba y gorra negra, sale con un arma en la mano. 

—¡Abajo! —grita Connor.

No pienso, solo obedezco.

En un segundo, me empuja detrás de una fuente de piedra que hay en el centro de la pequeña plaza frente al hotel. El agua que cae apenas amortigua el zumbido de las balas. El primer disparo suena y rompe una de las ventanas del vestíbulo.

Me cubro la cabeza con las manos. Connor se asoma con rapidez, dispara dos veces y se vuelve a cubrir.

—¡Uno en la entrada! ¡Dos en la izquierda! —grita por su auricular.

—¿Quiénes son? —pregunto con la voz temblorosa.

—No lo sé, pero no están aquí para presentarse.

Otra bala silba sobre nuestras cabezas y se estrella contra el borde de la fuente. Connor me protege con su cuerpo, cubriéndome por completo.

—¿Estás herida? —me pregunta, mirándome rápido a los ojos.

—No. Creo que no. — me toco la cara. Hay un rasguño, pero no es nada serio.

Él asiente, con la respiración agitada.

—Corre hasta el coche, ahora. 

—¡No! No puedes quedarte tú solo. — le tomo del brazo, desesperada.

—No hay tiempo para discutir. Haz lo que te digo.

Y entonces otro disparo, más cercano. Pero ahora no tengo miedo solo por mí. Tengo miedo por él. Corro con el corazón latiendo a mil. Siento los pies torpes, pero no me detengo. Cuando por fin alcanzo la Cherokee y me encierro, algo no me deja respirar, así que extiendo la mano temblorosa hacia la manilla... pero no abre.

—¿Qué...? — susurro.

Desde la distancia, Connor ha activado el seguro. Me deja encerrada, sin posibilidad de huir. Sabe perfectamente lo que haría si pudiera abrir esa puerta. Sabe que cuando el miedo me invade, tiendo a correr. Y esta vez, no va a dejar que lo haga.

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