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4. La casa de seguridad.

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Tengo la cabeza recostada en el ventanal de la puerta del coche, observando el paisaje. Las luces intermitentes de los vehículos que nos escoltan se reflejan en el cristal junto a mi rostro, recordándome que no estamos solos. Pensé que sí. Solo Connor y yo. Pero no. Cuatro agentes nos siguen, distribuidos en dos vehículos negros idénticos que mantienen una distancia precisa detrás de nosotros. Es por seguridad, pero en el fondo también es una advertencia de que el peligro aún no ha terminado.

Dentro del coche reina el silencio. Solo el ronroneo del motor. Connor sostiene el volante con firmeza, parece enfocado en la carretera, pero siento que está alerta de todo. Como si pudiera ver más allá de lo visible, escuchar lo que yo no oigo, anticiparse a lo que yo aún ni imagino. Aun así, no se ve tenso esta vez. Parece... acostumbrado.

Giro la cabeza hacia él. Lleva una camisa azul oscuro y encima una gabardina azul también. Yo, en cambio, apenas tengo un suéter blanco, la gabardina azul y unos jeans ajustados que ya empiezan a incomodarme.

—¿Tienes frío? —pregunta, sin apartar la mirada del camino.

Su voz me toma por sorpresa. No sé por qué me extraña que me hable, que se preocupe por algo tan simple.

—Sí —admito— Pero esto me abriga lo suficiente. Estaré bien.

Él asiente apenas con la cabeza. No sé si lo hace por cortesía, porque forma parte de su trabajo o porque realmente le importa. La duda se queda rondando en mi mente mientras vuelvo la vista hacia la ventana. Afuera, todo parece tranquilo. Los autos pasan con normalidad, la gente sigue con su rutina y, por un momento, casi puedo creer que nada malo está ocurriendo.

Hasta que la radio cobra vida.

—Agente Connor, tenemos una camioneta sin identificación acercándose. Manténgase alerta.

Un escalofrío me recorre la espalda. Instintivamente me giro para mirar por el cristal trasero. Y entonces comienzan los disparos. El estruendo revienta en mis oídos. Me agacho de inmediato y me cubro la cabeza con los brazos mientras Connor pisa el acelerador. El vehículo se sacude bajo nosotros y me aferro al cinturón de seguridad con todas mis fuerzas.

Por suerte, todos los vehículos están blindados. Si no fuera así, probablemente ya estaríamos muertos.

—Otra furgoneta se dirige hacia usted señor. — avisan otra vez por la radio. Oigo el crujido de los neumáticos cuando los otros vehículos se desvían para interceptar al primer grupo. Ahora, estamos solos. Completamente solos.

Connor revisa los retrovisores una y otra vez. Los deja acercarse y no se aleja. No hace nada por evitarlos.

—¿Qué hace? —le pregunto. Él no contesta. 

De repente su mano se mueve como un rayo, baja la ventana con un solo toque, saca su arma y dispara. Una sola vez. El disparo impacta directo en el tanque de gasolina y en cuestión de segundos una enorme explosión consume el vehículo enemigo y el fuego se eleva.

La onda de calor nos golpea con tal fuerza que por un instante siento que el aire se me escapa del cuerpo. Me cubro el rostro mientras el coche se sumerge entre llamas y humo.

—Agente Connor, responda. ¿Cuál es su estado? Agente Connor, responda.

Las voces suenan una tras otra por la radio. Connor mantiene el control del volante. No responde de inmediato. Primero atraviesa la cortina de humo y luego acelera hasta dejar atrás las llamas. Hasta que salimos del fuego.

Cuando finalmente recuperamos la visibilidad, toma el micrófono.

—Aquí Connor. Estamos bien. Continúen con el protocolo y aseguren el perímetro.

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