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34. El ascenso.

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Jack Connor.

Después de tomarme un delicioso chocolate preparado por mi madre, salgo de casa con la mente despejada y el cuerpo algo más ligero, listo para enfrentar un nuevo día de trabajo. El trayecto hacia el departamento se siente rutinario, pero también cargado de cierta expectativa que no sé de dónde viene. Al llegar, el edificio está más animado de lo habitual: compañeros moviéndose de un lado a otro y voces intercambiando saludos apresurados. Camino por el pasillo devolviendo los buenos días casi de manera automática, sin detenerme demasiado en los rostros que me sonríen al pasar.

Cuando llego a mi oficina, el espacio está vacío. Me quedo en la entrada, paralizado por un instante, intentando procesar lo que veo. Las paredes desnudas, los estantes sin mis carpetas, la mesa sin ningún rastro de mi presencia habitual. Incluso la pequeña planta que solía adornar la esquina ya no está. 

Avanzo un par de pasos, observando cada rincón vacío con desconcierto y Eric aparece apoyado en el marco de la puerta con esa sonrisa que le caracteriza, cruzándose de brazos mientras me observa. 

—Creo que esta ya no es tu oficina —dice, como si fuera lo más normal del mundo— El ministro te está esperando en la oficina del director. Parece que quiere entregarte el ascenso personalmente.

Lo miro por un segundo, procesando sus palabras.

—Vaya, esto sí que me sorprende. Creí que me despedirían —respondo, esforzándome por mantener la compostura, aunque por dentro ruedo los ojos. La verdad es que me importa una mierda. Ni siquiera quería esto. 

Todo este teatro me parece absurdo, pero camino hacia la nueva oficina con la expresión neutra.

—Señor ministro. Qué placer tenerlo por aquí. — estrecho su mano.

—El placer es mío, agente Connor. Como ya ha de suponer, Simmons fue destituido de este edificio y quise venir a conocerlo personalmente. Muchas personas dicen cosas buenas de usted y quería saber a quién le estoy entregando la dirección de este tan importante departamento para la ciudad.

Me observa con detenimiento, como si tratara de descifrar algo más allá del traje, algo que no aparece en los informes. A su alrededor, un par de asistentes lo acompañan. La oficina huele a poder institucional, y por un momento me siento como si estuviera atrapado en una escena que no pedí protagonizar.

—Lo comprendo, señor. — ya sabía que esto pasaría y que Simmons regresaría África para terminar lo que empezó.

—Creo que ya sabe que este puesto conlleva una gran responsabilidad, desde entrenar a sus pasantes, disciplinar a sus agentes, tomar las mayores decisiones, enfrentar los casos más complejos y saber usar la alta tecnología que le estamos proporcionando.

—Estoy consciente de ello. Nada de eso sería un problema para mí. Estoy acostumbrado a sobrellevarlo mucho antes de recibir este ascenso.

—Excelente. De vez en cuando mandaré a mis supervisores, no solo para valorar tu trabajo, sino para llevar un control. Sé que no tendré problemas con usted, conozco toda su historia y es uno de los mejores en su área. Sé que podrá con esto y todo lo que se le presente. De todas formas, aquí tiene mi tarjeta. Cualquier cosa que necesite, estaré disponible. — extiende la mano con la tarjeta impecablemente presentada.

La tomo sintiendo el relieve de las letras plateadas sobre el cartón grueso. Su mirada sigue fija en la mía, esperando algún tipo de respuesta o confirmación, pero mantengo la expresión controlada. Todo su discurso suena ensayado, una formalidad más en el engranaje burocrático que ahora me toca liderar. 

Asiento lentamente, guardando la tarjeta en el bolsillo de mi chaqueta, sin mucha intención real de usarla.

—Gracias nuevamente, señor.

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