Capítulo 24

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— Hay personas que no están listas para ti y por eso debes dejarlas ir.

—¿Y si no quiero?

— Cambia la perspectiva. — Me sugirió.

— ¿Como? — Pregunté confundida.

— Ámalos. — me sugirió acomodándose las gafas—. Pero con un nivel de compresión diferente. Dejar de insistir en conversaciones difíciles con personas que no saben cómo amarte, personas indiferentes a tu presencia, que no valoran. Dejar de gastar tu energía por intentar de convencerlos, es un impulso del ser humano que se debe corregir porque solo logra descastar tu mente.

— Entiendo...

Pero dentro de mí no estaba segura si lo podría lograr todo eso con facilidad.

— Kaitlyn. — llamó mi atención—. No digo que debas cambiar tu comportamiento, solo te aconsejo en tomar la decisión de apartarte cuando es necesario.

— ¿Por qué es así?

— Porque tú no eres para todos y todos no son para ti.

— Pero es mi madre...

El Dr. Fisher me miro de forma comprensiva, pero sabía que me diría lo que tenía que escuchar y no lo que esperaba.

— No has pensado en lo especial que eres porque gracias a todo lo que has pasado llegaste a conocer personas increíbles y que te valoran tal como eres. — en mi mente las imágenes de ellos aparecieron por unos segundos—. Amistades genuinas y amores sinceros porque ya has experimentado lo que no fue.

— A veces pienso que necesito hablar con ella, pero siento que ya me olvidó. — Confesé.

— Entonces esa relación solo estaba sostenida por una sola persona y no era correcto. — me explico con sinceridad—. Debes entender que no eres responsable de salvar a nadie. Tú único trabajo es cuidar de tu energía, de saber manejarla con las personas que en realidad se la merecen.

— Y la culpa...

— ¿Por qué debe haber culpa? Una persona que dio todo no debe estar preguntándose qué hizo mal.

En cada sesión me quedaba procesando palabra por palabra y en esta me había sentido tan vulnerable que no tenía sentido común para responder y tampoco tenía razones para negar que tenía la razón.

— Gracias. — Fue lo único que logre responder.

El anciano miró su reloj y volvió a mirar la pantalla de la laptop.

— Aún te quedan veinte minutos ¿quieres hablar de otra cosa?

Había un tema que en verdad necesitaba su opinión.

— Creo... bueno es solo una suposición.

— Vamos, dilo. — Me alentó.

— Que me enamoré. — Lo solté con prisa para que nadie me escuchara.

La risa del anciano recorrió cada rincón de mi habitación mientras yo le mi cara convertía su expresión en seriedad.

— Va en serio. — Le asegure.

Y no paraba de reír. Unas cuantas risas más y volvió a la normalidad.

— ¿Es el correcto?

— Eso creo. — Balbuceé.

— Para ser sincero. — no me gustaban esas palabras—. No me lo esperaba.

— Si tengo corazón ¿vale? Hay una prueba médica que lo afirma.

Lejos de míDonde viven las historias. Descúbrelo ahora