Cita frustada

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Han pasado cuatro días desde su cita con Sesshomaru y Rin se siente profundamente desconcertada. Pensó que él iría a buscar su chaqueta al día siguiente para así tener la oportunidad de verse de nuevo. Realmente había disfrutado salir con él; no solo era increíblemente atractivo, sino un auténtico caballero. Deseaba tanto conocerlo más... Sin embargo, la falta de noticias la tenía decaída, pensativa y con el corazón enloquecido de dudas.

​Era jueves, el día en que la cafetería recibía los insumos. Los empleados se turnaban semanalmente para hacer el inventario y acomodar la carga. Esta vez era el turno de Rin y Sango; pero al ir hacia la parte trasera donde se encontraba la bodega, fue a Kohaku a quien encontró.

​—Kohaku, ¿y Sango? (preguntó Rin extrañada.)

—Me pidió que la supliera, parece que se le presentó un imprevisto (mintió Kohaku.)

(Antes de eso, Kohaku le había rogado a Sango que le permitiera recibir la carga con Rin. Sango, al intuir de inmediato lo que él tramaba por sus acciones pasadas, accedió sin hacer preguntas).

​Recibieron la carga y acomodaron las cosas en cuestión de cuarenta minutos. Una vez terminado el inventario, Kohaku se armó de valor para hablar.

​—Oye, Rin...

—¿Sí?

—Este... ya no ha andado rondando por aquí ese tipo, ¿verdad? (Nervioso)

— Ni me lo menciones. (Molesta)

—Creí que te agradaba.

—Eso mismo creí yo, pero me equivoqué... Malditos hombres, todos son iguales.

​Rin apretó los puños. Pensaba en Sesshomaru; al no haberla buscado, había perdido las esperanzas. Quizá él solo quería otra cosa de ella. Kohaku notó de inmediato la sombra de tristeza que cruzó por el rostro de Rin. Tal vez no debió tocar el tema, pero no hallaba otra forma de iniciar conversación.

​—Oye... ¿tienes planes para este sábado?

—No, nada en especial. ¿Por qué?

—Me invitaron a una fiesta y me dijeron que podía llevar a alguien. Me gustaría mucho que fueras conmigo.

—¿Y por qué no vas con Sango?

—Bueno... (Kohaku pensó rápido qué decir)
—Te he notado algo triste y creí que te haría bien distraerte un rato.

—Mmm... Bueno.

—¿En serio? (dijo él con una chispa de felicidad en los ojos.)

—Tienes razón. Tal vez debería salir más, conocer gente nueva y no estar pensando solo en trabajar y sobrevivir.

​Terminaron de acomodar, cerraron la bodega y, antes de despedirse, Kohaku añadió:

​—Me parece genial que hayas aceptado. Mañana nos ponemos de acuerdo; apenas me avisarán la hora exacta. Voy a seguir atendiendo las mesas.

—Está bien.

​Al día siguiente se pusieron de acuerdo: la fiesta empezaría a las cinco de la tarde, así que quedarían de verse a las 4:30 para llegar a tiempo.

​Llegó el sábado. Kohaku pasó por Rin y se dirigieron al lugar. Al llegar, se dieron cuenta de que se trataba de una residencia privada. Fuera de la imponente mansión había decenas de autos de lujo aparcados; la fiesta ya estaba en su punto máximo. Mientras esperaban en la entrada, Kohaku hizo una llamada. A los pocos minutos, alguien le hizo una señal para que se acercaran.

​—¡Pásenle! Mira, Kohaku, te voy a presentar al anfitrión (dijo Riku, su amigo.)

​Casi al entrar se encontraron con Inuyasha recibiendo a los invitados, sosteniendo en su regazo a su novia Kikyo. Riku los presentó, pero Rin apenas podía articular palabra. La sorpresa la dejó helada: ese chico tenía un parecido asombroso con él... Sabía que no era Sesshomaru; aunque compartían el tono de ojos y el cabello, este muchacho era más bajo, de tez algo más morena y sumamente expresivo, a diferencia del temperamento frío y reservado de Sesshomaru. Kohaku notó cómo Rin no despegaba la mirada del anfitrión y, carcomido por los celos, la apartó rápidamente de ahí.

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