Un Encuentro Inesperado

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​Han transcurrido casi tres semanas desde la última vez que Sesshomaru la vio alejarse con aquel muchacho en la motocicleta. Desde aquel fatídico instante, no ha tenido el valor de volver a buscarla. Se dedica a vagar sin rumbo fijo por las calles, dando vueltas en círculos simplemente para matar el tiempo y ahogar la frustración.

​A su paso, las mujeres lo observan e intentan llamar su atención; muchas se le aproximan atrevidas para pedirle su número telefónico, pero él las ignora por completo, pasando de largo sin siquiera darles una mirada. Le resulta imposible borrar de su mente aquella imagen. Se siente ridículo, estúpido... No puede asimilar que algo así lo esté afectando de una manera tan profunda. Es solo que la sola evocación de esa joven de sonrisa genuina, mirada luminosa y belleza deslumbrante lo conduce al borde de la locura.

​Son las seis de la tarde y la penumbra del anochecer comienza a apoderarse de la ciudad. Absorto, Sesshomaru no se ha percatado del paso de las horas. Su teléfono móvil comienza a vibrar insistente en su bolsillo, pero él no responde; permanece sumergido en un silencio lapidario. Sumido en la espiral de sus propios pensamientos, ha olvidado por completo el compromiso crucial que tenía programado para ese día. Exhausto y abrumado, cierra los ojos y se queda profundamente dormido al instante, perdiendo toda noción del tiempo. Había salido de casa sabiendo que debía ir al aeropuerto a cumplir con una cita impostergable, pero su mente errante terminó traicionándolo.

​Mientras tanto, en el Aeropuerto Internacional de Tokio, un lujoso avión privado toca tierra. De la aeronave desciende una hermosa joven de cabellera plateada, ataviada con prendas sumamente finas y elegantes, escoltada muy de cerca por cinco guardias de seguridad. La joven sube a la limusina que la aguarda en la pista y marca de inmediato al teléfono de su hermano, pero nadie responde al otro lado.

​Molesta por la falta de atenciones, exige a su escolta que la lleven a tomar algo de beber, desoyendo las objeciones de los guardias sobre la seguridad del trayecto. Es así como la limusina se detiene frente a una cafetería cercana a la ruta.

​Enojada porque su tonto hermano la ha dejado plantada, entra al establecimiento acompañada únicamente por uno de sus escoltas. Toma asiento en una mesa discreta. Una mesera se aproxima con amabilidad para tomar su orden, pero la joven, visiblemente de mal humor, le pide con brusquedad un té de azares.

​—No puedo creer que me haya dejado plantada... (masculla Kanna con el ceño fruncido.)

​—Señorita, tal vez se le presentó alguna emergencia (sugiere el guardia con tono respetuoso.)

​—No. Él no es así. De seguro lo hizo a propósito... Se está vengando por las burlas que le he hecho últimamente.

​—No creo que haya razón para que el joven amo se moleste por algo así.

​Kanna guarda silencio, aunque por dentro cavila con amargura: «No... El problema es que, lejos de ser una simple broma, presiento que es verdad. Y precisamente a eso vine: a comprobarlo con mis propios ojos».

​En ese preciso momento, Sesshomaru despierta sobresaltado y mira el reloj. Al percatarse del abismal retraso, corre frenéticamente hacia su automóvil y acelera rumbo al aeropuerto. Al llegar a la terminal se da cuenta de que la pista está vacía; vuelve a marcar por teléfono, pero nadie contesta. Desesperado, abre una aplicación de rastreo en su celular y detecta que la señal del dispositivo no se encuentra muy lejos de allí.

​Pocos minutos después, llega a las inmediaciones del lugar indicado. Al bajar de su vehículo, la sorpresa lo deja helado: a unos cuantos metros, la figura de la joven que no ha salido de sus pensamientos la que le robó el sueño y la calma se encuentra allí mismo. Ha salido un momento a depositar la basura en el contenedor exterior. Pero al mismo tiempo, a espaldas de ella, divisa a su hermana Kanna abordando la limusina.

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