Oscuro secreto

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Y así, casi sin darse cuenta, comenzaron a salir.
No fue nada formal.
No hubo declaraciones ni acuerdos.
Solo coincidencias que se repetían con demasiada frecuencia para ser casualidad.
Un café después de clases.
Una caminata más larga de lo necesario.
Risas que se quedaban suspendidas en el aire.
Inuyasha empezó a sentirse mejor cuando estaba con ella.
Más liviano.
Menos irritado con el mundo.
Kagome, por su parte, no escondía su entusiasmo. No preguntaba demasiado, no presionaba. Simplemente estaba ahí… con esa calidez que parecía envolverlo sin esfuerzo.
Y fue precisamente esa naturalidad la que los llevó, inevitablemente, a un momento que cambió el rumbo de todo.
Una tarde cualquiera.
Demasiado cerca.
Demasiado silencio.

Aquella tarde no tenía nada de especial.
El cielo estaba nublado, el aire ligeramente frío, y Kagome había reído por algo que ya ni siquiera recordaba. Inuyasha la miraba distinto últimamente… como si estuviera luchando contra algo que él mismo no entendía.
Habían dejado de hablar.
No porque faltaran palabras.
Sino porque el silencio se volvió demasiado consciente.
Kagome lo notó primero.
La forma en que él la observaba.
La manera en que su mirada descendía apenas a sus labios antes de regresar a sus ojos.
La tensión en su mandíbula, como si estuviera conteniéndose.

—¿Qué? (susurró ella, casi retándolo.)

Él dio un paso más cerca.
Demasiado cerca.

—Nada.

Pero no era verdad.
El espacio entre ellos desapareció lentamente. No hubo prisa. No hubo torpeza. Solo una atracción que había estado creciendo en silencio desde el primer día.
Fue Kagome quien cerró la distancia final.
El beso no fue suave.
Fue contenido durante semanas.
Inuyasha la sostuvo por la cintura, firme, casi con desesperación. Ella sintió cómo sus dedos se aferraban a su ropa, cómo su respiración cambiaba. El beso se volvió más profundo, más urgente… como si ambos quisieran comprobar que aquello era real.
Kagome no dudó.
Respondió.
Sus manos subieron por el pecho de él, sintiendo el latido acelerado bajo sus palmas. El mundo alrededor dejó de existir. Solo estaban ellos… el calor… el impulso.
Él la empujó suavemente contra la pared más cercana, sin violencia, pero con decisión. Sus labios bajaron por su mejilla, rozaron su cuello. Kagome soltó un suspiro que terminó de romper cualquier intento de autocontrol.
Todo indicaba que iban a cruzar el límite.
Que esta vez no habría marcha atrás.
Y entonces…
Como un golpe seco en medio del deseo…
Un pensamiento.
Un nombre.
Kikyo.
La culpa llegó sin avisar.
Inuyasha se quedó inmóvil.
Su respiración seguía agitada, pero algo en su expresión cambió. Como si despertara. Como si recordara que había una parte de su vida que no podía ignorar.
Se apartó.
No bruscamente. Pero sí con firmeza.
Kagome tardó unos segundos en entender que el calor se había convertido en distancia.

—Inuyasha… (susurró, confundida.)

Él pasó una mano por su cabello, frustrado consigo mismo.

—Perdóname.

Esa palabra cayó más fuerte que cualquier otra.
Ella sintió un vacío en el estómago.

—No deberíamos seguir viéndonos… (continuó él, sin mirarla directamente)
—Es lo mejor.

No explicó más.
No dijo por qué.
Y Kagome, sin contexto, solo pudo asumir lo peor.
Hice algo mal.
Se abrazó a sí misma, intentando mantener la dignidad.

—Entiendo (mintió.)

Pero no entendía nada.
Él necesitaba ordenar sus pensamientos. Necesitaba aclarar lo que sentía. Necesitaba enfrentarse a la verdad que había estado evitando.
Y se fue.

Los días siguientes fueron distintos.
Inuyasha estaba más callado. Más irritable. Más ausente.
Y alguien lo notó.
Sesshomaru.
Su primo no era hombre de muchas palabras, pero sí de mucha observación.

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