Problemas amorosos

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Eran las tres de la mañana. Todos los invitados se habían marchado; solo quedaban Sesshomaru y el anfitrión en medio del silencio que dominaba la residencia.

​—Bien, yo me voy (comunicó Sesshomaru, dirigiéndose a la salida)
—Nos vemos después, y suerte con tu chica.

​—Sí, gracias... (respondió Kirinmaru.)

​Dando por concluida la fiesta, Kirinmaru se dirigió a su habitación para descansar. No obstante, apenas pudo dormir un par de horas antes de que la alarma sonara. Se levantó, tomó una ducha rápida, se vistió y se aplicó un toque de loción. Mientras bajaba a su automóvil, dejó instrucciones claras a sus sirvientes para que limpiaran el desorden causado por la reunión.

​De camino, se detuvo en una farmacia para comprar varios sueros y suplementos vitamínicos. Posteriormente, pasó por un establecimiento de comida rápida para llevarle algo de comer.

​En su pequeño departamento, Rin despertaba de golpe. Su cuerpo le exigía alimento; tras no haber probado bocado el día anterior, la sensación de hambre era abrumadora. Llevaba puesto un vestido de pijama hecho de un poliéster muy delgado y vaporoso. Se encaminó a la cocina y abrió el refrigerador, pero no encontró absolutamente nada. Aunque ya no tenía fiebre ni calentura, aún se sentía débil y sin ánimos para salir. Regresó a su habitación con la intención de cambiarse cuando el tono de su celular rompió el silencio.

​—¿Sí? Hola...

​—Hola, Rin. Estoy abajo, ¿puedes salir? (escuchó la voz de Kirinmaru al otro lado de la línea.)

​Rin se miró en el espejo y contuvo el aliento: estaba hecha un desastre. Salir así era imposible, y arreglarse le tomaría por lo menos quince o veinte minutos.

​—Estoy un poco indispuesta... ¿Podrías venir más tarde?

​—No, Rin. Traigo algunas cosas para ti y una de ellas podría enfriarse o echarse a perder. Dime el número de tu departamento y te lo llevo hasta arriba.

​—Está bien...

​Le dio el número del departamento y él colgó de inmediato. En ese instante, Rin cayó en cuenta de que había hablado sin pensar: no tendría tiempo ni de vestirse adecuadamente antes de que él llamara a la puerta. A toda prisa, tomó su bata de baño y se la colocó encima. Apenas terminó de ajustarla, escuchó el toque firme en la entrada. Descalza con sus pantuflas y con el cabello desordenado, abrió la puerta.

​—Hola...

​—Hola. Vine a traerte esto (dijo Kirinmaru, extendiéndole una bolsa grande.)

​—¿Qué es?

​—Bueno... algunas cosas que pensé que te servirían y un plato de sopa caliente. Yo... (murmuró sonrojándose levemente)
— pensé que tendrías hambre.

​—Mmm... no debiste molestarte (respondió ella apenada)
—pero muchas gracias. Mmm... ¿gustas pasar?

​Kirinmaru aceptó y tomó asiento cerca del comedor. Un silencio incómodo se instaló entre los dos durante varios segundos, hasta que Rin decidió romper la tensión.

​—¿Te ofrezco algo de tomar? Solo tengo jugo de uva y agua natural.

​—Agua natural está bien, gracias.

​Rin tomó la jarra, sirvió un vaso y se sentó a la mesa. Destapó el recipiente de la sopa, que todavía humeaba, y tras dar las gracias, comenzó a comer. Se sentía algo avergonzada por encontrarse en esa facha frente a él, sabiendo que la observaba.

​Al terminar su plato, Rin se puso de pie. Sin que lo notara, el nudo de la bata comenzó a ceder, dejando al descubierto la transparencia del delgado tejido de su pijama. Rin no se percató del percance, pero Kirinmaru sí lo vio. Negándose a tomar ventaja de la situación, decidió comportarse como un caballero y retirarse.

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