Mientras la vida de Rin comenzaba lentamente a reconstruirse… hubo alguien cuyo destino quedó suspendido en el mismo instante del accidente.
Alguien que desapareció entre la multitud antes de que llegaran las sirenas.
Alguien que nunca miró atrás.
Kagura.
El aire todavía olía a humo y metal caliente cuando abrió la puerta del automóvil con manos temblorosas. El mundo giraba. No sabía si por el golpe o por el pánico que le comprimía el pecho hasta dejarla sin aire.
A su alrededor empezaban a escucharse gritos, pasos apresurados, teléfonos marcando emergencias. La gente corría hacia el vehículo destrozado sin prestarle atención a ella… y ese detalle fue lo único que necesitó.
Nadie la estaba mirando.
Nadie sabía que había sido ella.
El sonido distante de una sirena atravesó el caos y su corazón reaccionó antes que su mente.
Corrió.
No sabía hacia dónde. No sabía cuánto tiempo. Solo corría con la sensación de que, si se detenía, el mundo entero caería sobre sus hombros.
Las calles se volvieron borrosas. Las luces demasiado brillantes. Las voces incomprensibles. Sentía un zumbido constante dentro de la cabeza, como si el golpe hubiera desordenado todos sus pensamientos.
Debía ir al hospital.
Sabía que debía hacerlo.
Pero el miedo era más fuerte que la lógica.
“Si me encuentran… todo habrá terminado.”
Su respiración comenzó a romperse en pequeños sollozos mientras avanzaba sin rumbo, alejándose cada vez más de la ciudad, de la gente, del accidente… de la realidad.
El camino se volvió solitario.
Silencioso.
Demasiado silencioso.
No notó cuándo el asfalto se convirtió en grava.
No notó cuándo las luces desaparecieron.
No notó el sonido lejano que vibraba bajo sus pies.
El pitido del tren llegó primero como un eco distante… demasiado lejano para parecer real.
Kagura levantó la vista, desorientada, como si despertara de un sueño.
Y entonces lo vio.
Las luces.
El ruido.
La velocidad imposible acercándose directo hacia ella.
Por primera vez desde el accidente, su mente quedó completamente en blanco.
No hubo gritos.
No hubo tiempo para correr.
No hubo pensamientos.
Solo una comprensión brutal y silenciosa que la atravesó como el viento helado de la noche:
No podía escapar de lo que había hecho.
...
Tras el regresó de Sesshomaru a la ciudad su vida fue silenciosa. Vacía. Como si el mundo hubiera perdido color desde aquella mañana en la que Rin no apareció.
Durante días evitó todo lo relacionado con el accidente. Era una herida demasiado reciente, demasiado abierta. Para él, aquel capítulo había terminado en el momento en que Rin eligió quedarse lejos.
Pero la realidad no tarda en alcanzar incluso a quienes intentan ignorarla.
Fue su asistente quien dejó el periódico sobre su escritorio una mañana cualquiera, sin imaginar el peso que llevaba esa simple hoja doblada.
—Señor… pensé que debía verlo.
Sesshomaru no respondió de inmediato. Apenas deslizó el periódico hacia sí con indiferencia… hasta que una pequeña fotografía llamó su atención.
Un accidente ferroviario.
Una mujer no identificada.
Un vehículo abandonado relacionado con el accidente.
Su mirada se detuvo en la imagen del automóvil destrozado.
El mundo pareció comprimirse en un punto.
Ese coche.
Lo conocía.
El artículo era breve. Decía que la mujer probablemente había estado desorientada tras otro accidente ocurrido horas antes en la ciudad. Nadie había reclamado el cuerpo durante días. Nadie había reportado su desaparición. Nadie la estaba buscando.
Todo encajaba.
Kagura había desaparecido del mundo exactamente igual que había vivido sus últimos momentos: huyendo.
Sesshomaru cerró los ojos un instante.
No hubo alivio.
No hubo satisfacción.
Solo una comprensión fría y pesada.
Ese era el coche que había atropellado a Rin.
El destino había cerrado el círculo sin pedir permiso.
Dejó el periódico sobre el escritorio y durante mucho tiempo no dijo nada. No había palabras para describir lo que sentía. No era justicia. No era venganza. No era paz.
Solo era… el final inevitable de una tragedia que había destruido demasiadas vidas.
Y entonces comprendió algo más.
Nada quedaba ya de la vida que había construido con Rin.
La casa era un museo de recuerdos. Cada habitación tenía su risa atrapada en las paredes. Cada objeto sus manos. Cada rincón la promesa de una vida que ya no existía.
No podía seguir viviendo allí.
La mansión se puso en venta pocas semanas después.
El edificio corporativo también dejó de existir. La empresa creció, se expandió… y se mudó a una nueva torre en otra zona de la ciudad. Más grande. Más moderna. Más fría.
Un nuevo comienzo que no se sentía como un comienzo.
Sesshomaru reconstruyó su vida como quien reconstruye una ciudad después de un incendio: levantando estructuras firmes sobre cenizas que nadie debía volver a mirar.
La empresa prosperó.
Su nombre siguió creciendo.
Y, sin embargo, su mundo seguía detenido en el momento exacto en que Rin había decidido no volver.
Para todos los demás, Sesshomaru había seguido adelante.
Pero en su interior, la historia había terminado aquel día.
. . .
En cuanto Rin recuperó sus recuerdos aquel día, el mundo dejó de sentirse incompleto… y comenzó a doler de verdad.
Recordó su vida.
Recordó su hogar.
Recordó al hombre que la había esperado hasta el último momento… y al que ella no llegó.
Y recordó algo más.
La noticia que había llenado su vida de luz.
El pequeño latido que había cambiado todo.
El bebé que había esperado con él.
El aire abandonó sus pulmones cuando ese recuerdo volvió completo, cruel y definitivo. La felicidad que había sentido al descubrirlo, la forma en que él la había mirado… y después el hospital, el dolor, el vacío.
Se llevó las manos al vientre de forma instintiva, como si su cuerpo todavía buscara aquello que ya no estaba.
Ese día lloró frente al mar hasta que se hizo noche y quedarse sin fuerzas. Lloró por su memoria perdida, por el tiempo que no podía recuperar… por Sesshomaru… y por el hijo que jamás conocerían.
Entre el sonido de las olas tomó una decisión que le devolvió el pulso al corazón.
Volvería.
Recuperaría su vida.
Y recuperaría al hombre que amaba.
No fue inmediato. El tiempo en el pueblo había sido humilde y sencillo. Trabajó cada día, ahorró cada moneda y sostuvo ese objetivo como una promesa silenciosa que no podía romper. Cada noche imaginaba el momento de tocar la puerta de su casa. Cada día se repetía que aún no era tarde.
Hasta que por fin lo fue.
La ciudad apareció ante ella enorme, ruidosa y distante, como si hubiera pasado una vida entera desde la última vez que la vio. Apretó la pequeña maleta entre sus manos mientras el corazón le golpeaba el pecho con una mezcla de nervios y esperanza.
Estaba regresando a casa.
El taxi se detuvo frente a la mansión y Rin apenas tuvo tiempo de pagar antes de bajar con el corazón acelerado. Dio unos pasos hacia la reja… y se detuvo.
Un letrero colgaba del metal.
SE VENDE.
El mundo pareció inclinarse ligeramente bajo sus pies.
Se acercó despacio, como si el letrero pudiera desaparecer si no lo miraba directamente. La casa estaba vacía. Sin luces. Sin movimiento. Sin vida. El jardín, antes cuidado con esmero, ahora crecía libre y desordenado, como si nadie lo hubiera tocado en meses.
Sus dedos temblaron al sujetar la reja.
—No… (susurró apenas)
— No, no, no…
Retrocedió un paso. Luego otro. Su mente buscaba desesperadamente otra explicación.
Tal vez estaba de viaje.
Tal vez se había mudado cerca.
Tal vez…
La empresa.
Si no estaba en casa, estaría trabajando.
Tomó otro taxi con manos temblorosas. Durante el trayecto apretó el asiento como si así pudiera sostener su esperanza.
Pero cuando el vehículo se detuvo, el aire abandonó sus pulmones.
Donde antes se alzaba el edificio corporativo ahora había maquinaria, estructuras metálicas y enormes anuncios de construcción. Un centro comercial en proceso. Ruido. Polvo. Obreros caminando de un lado a otro.
El edificio había desaparecido.
Rin bajó del taxi sin escuchar siquiera lo que el conductor decía. Caminó unos pasos torpes hacia la valla metálica que rodeaba la obra, mirando el vacío donde antes estaba una parte fundamental de su vida.
Ya no quedaba nada.
Ni la casa.
Ni el trabajo.
Ni una dirección.
Ni un rastro.
La realidad cayó sobre ella con un peso insoportable.
Lo había perdido.
Lo había perdido de verdad.
Caminó sin rumbo durante horas hasta que el sonido del mar apareció como un recuerdo familiar. Cuando se dio cuenta, estaba otra vez frente al océano.
El atardecer teñía el cielo de tonos dorados y anaranjados, igual que aquella vez en la que había recuperado la memoria.
Sus rodillas cedieron sobre la arena.
Las manos volvieron a su vientre antes de que pudiera evitarlo.
—Lo perdimos… (susurró entre sollozos)
—Lo perdimos… y yo te perdí a ti…
El llanto la sacudió por completo.
—Llegué tarde…
El viento se llevó sus palabras mar adentro.
Y entonces, detrás de ella, una voz profunda rompió el sonido de las olas.
—¿Rin?...
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El Destino
Fanfictionsesshomaru es un joven popular y millonario que estudia en una universidad privada se divierte y anda con muchas mujeres esta comprometido por conveniencia pues a él no le interesa él amor solo él dinero y él poder, rin es una joven que trabaja y s...
