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​Kaori, siguiendo el consejo de Sesshomaru, salió de compras dispuesta a renovar por completo su guardarropa. Su estilo habitual no era precisamente recatado; aunque guardaba una o dos blusas discretas, no podía pasarse la vida vistiendo solo esas prendas. Después de hacer varias compras, caminaba por el centro cargada con bolsas de ropa mucho más decente, según ella.

​Suspiró al recordar la verdadera razón de este drástico cambio. No era cuestión de sexo; en el fondo, solo se sentía profundamente sola. Tras haber sufrido abusos por parte de su padrastro a los siete años y aguantar los golpizas de su madre celosa, soportó aquel martirio hasta cumplir los doce, cuando huyó para vivir con su abuela, la única persona que la acogió con verdadero amor. Desgraciadamente, su abuela falleció cuatro años más tarde dejándola como única heredera de su fortuna, lo que provocó el rencor de toda la familia. Abrumada por la tristeza, comenzó a salir, drogarse y acostarse con cualquiera para intentar llenar ese vacío.

​Al entrar a la Universidad que su abuela había elegido para ella, conoció a Sesshomaru. Aunque sabía que él solo la utilizaba, se convirtió en su compañera de juergas; disfrutaba viviendo al límite y pensó que así sería feliz. Pero solo se engañaba a sí misma, pasando noches enteras llorando y sintiéndose incompleta. Sin embargo, aquella noche con Kohaku lo cambió todo. Por fin entendió que la vida que llevaba no era vida. Anhelaba desesperadamente ser amada. Recordaba cómo la tocaba aquel chico... Sabía que él tal vez lo hacía pensando en alguien más, pero deseó por un instante que alguien la amara con esa misma intensidad.

​Mientras caminaba, el asa de una de sus bolsas se rompió. Se agachó a recogerla en la entrada de un callejón y, al alzar la vista, algo llamó su atención: al fondo, un hombre se agasajaba apasionadamente con una mujer. Sin darle importancia, acomodó sus cosas y siguió su camino.

​Metros más adelante, se detuvo a mirar un maniquí que exhibía un vestido hermoso. Estaba a punto de entrar a la tienda cuando la atención se le desvió nuevamente: del mismo callejón vio salir a nada más y nada menos que a la novia de Inuyasha. Se acomodaba la ropa mientras salía tomada de la mano de otro hombre. Kaori pensó que tal vez ya habían terminado, así que no le dio más vueltas e ingresó al local.

​Minutos después, luciendo su nuevo vestido, se dirigió a la salida. A través del cristal de la tienda, distinguió el auto de Inuyasha aparcado en la acera; él mismo le abría la puerta a su novia para que subiera. Kaori se quedó estática, sin poder dar crédito a lo que sus ojos presenciaban. ¿Acaso ella lo estaba engañando? No quería malpensar, pero estaba segura de lo que vio: era la misma chica, con la misma ropa. No sabía si debía decírselo a Inuyasha. Como casi no hablaba con él, temía que no le creyera o no sabía cómo reaccionaría. Optó por contárselo a Sesshomaru; al ser su familia, sabría mejor qué hacer.

​Hacía varios días que Kohaku evitaba a Rin. Ella pensaba que tal vez estaba molesto por haberlo dejado solo en la fiesta, pero la realidad era otra: Kohaku se sentía miserable por emborracharse, abandonarla y, peor aún, haber pasado la noche con una desconocida creyendo que era ella. Sentía que no tenía cara para mirarla a los ojos. Se sentía frustrado al no tener el valor de confesarle sus sentimientos.

​Desde el primer día en que Rin cruzó la puerta pidiendo empleo, quedó deslumbrado por su belleza: sus hermosos ojos cafés, su cabello largo, su cintura pequeña y su presencia perfecta. Admitía que en más de una ocasión la había desnudado con la mirada, sintiéndose culpable por ello, pero ella le resultaba sencillamente irresistible.

​Al momento de cerrar el local, Rin buscó una oportunidad para acercársele antes de que se fuera. Lo siguió sigilosamente y, en cuanto él quedó solo, decidió hablar.

​—Kohaku, ¿podemos hablar?

​Él sintió un vuelco en el estómago, creyendo que venía a regañarlo.

El Destino Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora