Peligrosamente adictivo

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Desde aquella noche en el yate nada volvió a ser igual.
No hubo anuncio público, pero tampoco fue necesario.
Sesshomaru comenzó a buscarla abiertamente.
Ya no como encuentros "casuales".
Ya no como coincidencias.
La llevaba a cenar.
La esperaba con una puntualidad casi impecable.
Rin, que antes dudaba incluso en mirarlo demasiado tiempo, ahora sostenía su mirada con una seguridad nueva.
Eran pareja.
No lo gritaban.
Lo encarnaban.
Y la atracción entre ellos... lejos de apagarse, se intensificaba.
Había algo distinto cuando caminaban juntos.
Una tensión suave pero constante.
Como si ambos recordaran perfectamente lo que eran capaces de provocarse.

Desde que formalizaron, Sesshomaru empezó a descubrir algo que jamás había experimentado.
Impaciencia.
No era propio de él.
No era parte de su carácter.
Pero ahora, cada vez que dejaba a Rin en la puerta de su departamento, sentía que algo quedaba incompleto.
Las noches se le hacían largas.
El silencio de su casa... demasiado amplio.
Y el deseo no ayudaba.
No era solo físico aunque lo era intensamente.

Era la necesidad de tenerla cerca. De escucharla caminar por la sala. De verla leyendo en el sofá. De saber que, si extendía la mano... ella estaría ahí.

Una noche, después de cenar en su casa, Rin estaba de pie frente al ventanal.
Sesshomaru la observaba desde atrás.
La ropa que llevaba marcaba la curva de su espalda. Su cabello caía suelto, brillante bajo la luz tenue.
Se acercó.
Deslizó sus manos por su cintura con naturalidad, apoyando el mentón cerca de su hombro.

Toco sus pechos lento. Exploratorio. Como si midiera la reacción de ella.
Rin respondió sin dudar.
Se giro, lo beso.
Suave pero intenso,
Entonces sus manos descendieron, atrayéndola con firmeza. Ella sintió la intensidad en ese abrazo: no era brusco... pero sí decidido.
Como si temiera que desapareciera si no la sostenía.
Los dedos de Rin se deslizaron por el cuello de él, por su cabello, por esa piel que parecía siempre fría... pero que ahora ardía bajo su tacto.
El aire comenzó a hacerse escaso.
La tensión creció despacio, como una cuerda que se estira hasta el límite.
Él la condujo hacia la habitación sin dejar de besarla, como si el mundo se hubiera reducido al espacio entre sus cuerpos.

Las sombras cubrieron la habitación.
Las prendas fueron cayendo al suelo sin dramatismo, sin palabras innecesarias. Solo respiraciones entrecortadas, manos que descubrían, piel que se reconocía.
Sesshōmaru la recostó con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de su mirada.
La observó un segundo.
Un segundo que lo traicionaba.
Porque en sus ojos no había solo deseo.
Había algo más profundo.
Rin pasó los dedos por su pecho, atrayéndolo hacia ella.
Y entonces ya no hubo espacio para pensar.

El contacto fue ardiente, lento, profundo. No fue un arrebato impulsivo... fue una conexión que se construyó en cada caricia, en cada suspiro compartido.
Rin lo sintió temblar apenas cuando lo abrazó con más fuerza.
Él enterró el rostro en su cuello.
Como si necesitara ese refugio.
Como si ella fuera el único lugar donde podía permitirse desarmarse.
El mundo desapareció.
Solo quedaron el ritmo compartido... el calor... la respiración sincronizada hasta que el silencio volvió a caer sobre la habitación.

Tiempo después...
Rin salió primero de la cama. Buscó su ropa con una sonrisa tímida, todavía con el cuerpo encendido.
Se colocó la camisa despacio.
Sesshōmaru seguía recostado, apoyado en un codo, observándola sin decir nada.
La forma en que la miraba no era casual.
Era intensa.
Demasiado.
Rin sintió su mirada recorrerla incluso cuando ya estaba vestida.

-¿Qué pasa? (preguntó, abotonándose.)

Él no respondió de inmediato.

Se levantó y caminó hacia ella.
Sus manos se apoyaron en su cintura, deteniendo el último botón.

-Te vas en una hora (murmuró.)

No era pregunta. Era reproche contenido.
Rin sonrió apenas.

- mañana es la graduación y también tengo que trabajar.

-no vayas.

El silencio que siguió estuvo cargado.

Ella giró un poco, mirándolo con curiosidad.

-¿como dices?

No era común que Sesshomaru hablara tan directo.
Sus dedos se movieron por la cintura de ella, trazando un recorrido lento, posesivo pero respetuoso.

-Cada vez que te vas... la casa vuelve a sentirse vacía.

Rin sintió el cambio en su tono.

-Sesshomaru...

Él la miró con esa intensidad que siempre la hacía perder el equilibrio.

-Quiero que te mudes conmigo.

La ciudad parecía haberse detenido.
No fue impulsivo.
No fue capricho.
Fue necesidad admitida.

-No quiero tener que esperar para verte (continuó, acercándola más)
- No quiero contenerme cada vez que te tengo frente a mí.

Su voz bajó apenas.

-Te deseo, Rin. Pero más que eso... te quiero conmigo.

Ella sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho.
No era solo pasión.
Era decisión.

-Además conmigo no te ara falta nada.

-¿Estás seguro? (preguntó en voz baja.)

-Nunca he estado más seguro de algo.

Sus labios rozaron la sien de ella. Luego su mejilla. Luego la comisura de sus labios, lento, como si le estuviera dando tiempo de retroceder.
Pero Rin no retrocedió.
Apoyó las manos en su pecho.

-Si me mudo contigo... no habrá vuelta atrás.

Una leve sonrisa apareció en él.

-No la quiero.

El beso que siguió.
Fue profundo.
Seguro.
Como un pacto sellado en silencio.
Y esa noche, antes de que ella se fuera, ambos supieron que su relación había cruzado otra frontera.
No solo se deseaban.
Se estaban eligiendo.

La mudanza fue más sencilla de lo que esperaba. No tenía demasiadas cosas. Una maleta grande. Algunos libros. Ropa. Pequeños recuerdos.
Pero cuando cruzó la puerta de la casa de Sesshōmaru con su maleta en la mano... sintió que estaba cruzando algo más que un umbral.
Estaba dejando atrás la versión de ella que vivía sola.
Él no dijo nada mientras ella acomodaba sus cosas.
Solo la observaba.
Como si estuviera memorizando cada movimiento.
Como si aún no creyera que ella realmente se quedaría.
La primera noche no fue salvaje.
Fue lenta.
Silenciosa.
Rin salió del baño con el cabello húmedo, usando una de sus camisas.
Sesshōmaru la miró desde el sillón.
No dijo nada.
Pero su mirada bajó.
Y volvió a subir.
Y ese silencio estaba más cargado que cualquier palabra.

-¿Qué? (preguntó ella, fingiendo inocencia.)

-Nada.

Pero se levantó.
Se acercó.
Y apoyó su frente contra la de ella.
No hubo prisa.
No hubo urgencia.
Solo esa sensación peligrosa de pertenencia.
Como si el mundo afuera dejara de existir.

Los días siguientes fueron distintos.
Desayunar juntos. Rin caminando por la casa descalza. Él trabajando mientras ella se sentaba cerca. Pequeños roces en la cocina. Miradas que se sostenían más de lo necesario.
Y lo más importante:
Rin empezó a dejar cosas suyas por todos lados.
Un suéter en el sillón. Una taza en la mesa. Su risa en los pasillos.
La casa ya no se sentía fría.

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