Cuando finalmente regresaron a palacio, algunos cuántos soldados se encontraban mucho más cansados que el resto.
Azael en efecto había recorrido el enorme tramo de tiendas visitando todas y cada una de ellas por lo que pronto varios soldados más y algunos sirvientes tuvieron que acudir para ayudarlo a cargar todo lo que él soberano recibía y también con sus caprichos. Había comprado telas que le habían encantado, dulces, comidas, se había interesado un poco en algún que otro puesto de armería y por supuesto que había desembolsado una buena cantidad de ruphines de su faltriquera en puestos de otros brujos para comprar ingredientes escasos y otros nuevos, libros, piedras y un sinfín de cosas más hasta que finalmente fue hora de volver. El chico claramente se lo había pasado muy bien ya que eran contadas las ocasiones en que visitaban el pueblo y aún más en que salía de palacio, sin embargo Hendrick se había concentrado en su labor de guardia más que nunca, manteniéndose atento ahora que estaban más expuestos que nunca a cualquier posible ataque. Sabía que no todos estaban a favor del príncipe como futuro rey, y rodeados de tanta gente no había dudado en dejar ver su verdadera apariencia como modo de advertencia para cualquiera que se planeara acercarse con malas intenciones, pero no por eso Azael había perdido la gran familiaridad que le tenía siempre y no le molestaba mostrar ante otros. Aquello mismo era lo que había hecho que ganaran cientos de miradas más. Muchos nobles desaprobaban esa actitud por tratarse él de una bestia, otros se asombraban de gran manera no solo de verlo ahí como un escolta sino que también con tan buen trato; pero sobretodo podía sentir la mirada de muchos de los suyos. Un licántropo que era libre, que estaba en la guardia real en uno de los puestos más altos que se le podía conceder a un soldado... Cientos de ojos estaban en él, con envidia, con admiración, con asombro. Hendrick todavía recordaba perfectamente el momento en que dos jóvenes con las orejas al aire y el hocico pequeño se habían armado de coraje para saludar al príncipe como todos, y antes de que los soldados tuvieran la oportunidad de echarlos por las vestiduras viejas a pesar de haber sido lavadas y el collar de magia y hierro que claramente marcaba su posición, el príncipe los había saludado como a muchos otros en ese día teniendo incluso el total descaro para tocarles las orejas y frotarlas un poco entre el índice y el pulgar causando risitas en ambos chiquillos que no se esperaban tan buen recibimiento, pero lo disfrutaban a pasar de las cosquillas que les hacía el soberano con su curiosidad.
—No sabía que eran tan suaves —habia dicho el príncipe riendo e incluso con algo de ternura.
Luego de eso les había ofrecido algunos dulces como lo había hecho con otros varios niños y siguió con su camino entre tiendas. Eso había animado a otros cientos de esclavos a acercarse también a ofrecer sus buenos deseos y saludos, aunque la gran mayoría debía agacharse bastante dada su enorme estatura por genética y lo bajito del soberano, algunos incluso teniendo que ceder su cola u orejas a la curiosidad del príncipe antes de apartarse para dejar paso a los demás. Cierto que eso había causado miradas de asco, murmullos y chismes por gran parte de los nobles y otros aldeanos, pero al príncipe no parecía importarle demasiado, solo estaba concentrado en disfrutar de su día y ser amable con todos como Hendrick le había enseñado siempre.
Y por supuesto que no hacía falta tener los sentidos de un lobo para darse cuenta de que la reina se había quedado bastante molesta por aquello. Cierto que le había advertido a su hijastro un millar de veces o hasta más que no debería dar de que hablar a las malas lenguas, ya bastante eran las condiciones de su nacimiento o la familiaridad del trato con el lobo como un igual para que además causará revuelo también en el pueblo a la vista de todos por juguetear y hablar tan bien con esclavos... Y nuevamente Azael había pasado por alto sus consejos.
Elicia conocía ya perfectamente lo que era estar en las malas lenguas constantemente, de lo que eran capaces los rumores, y eso era exactamente lo que no quería para su familia, pero ese maldito niño no hacía más que causar habladurías.
Ya bastante se había dicho de ella en su momento. Sobre que era otra de las tantas cazafortunas que intentaron seducir al rey, que buscaba aún más dinero, que deseaba poder, que era una víbora codiciosa y que había engatuzando al monarca con sus dotes femeninos. Desde joven Elicia había estado acostumbrada a los lujos gracias a que su padre ostentaba el puesto de gobernador de la ciudad de Lestra, pero los problemas en su vida habían empezado cuando a los dieciséis años fue casado con un general que le llevaba más de una década de edad. Es cierto que aquel hombre la había bendecido dos veces al darle a Lucius y tiempo después a Cruzio, a quienes consideraba su razón de vivir y lo más preciado que poseía. El único problema de su esposo era que incluso si no estaba seguido en casa, dejándola sola con sus hijos y los sirvientes y a pesar de que ella lo apreciaba al menos un poco, no hacía más que generar con sus acciones chismes sobre que ella era una pobre ignorante de los amoríos de su marido con todo tipo de mujeres. Chismes y habladurías que volaban al punto en que incluso sus hijos llegaban a oír de ellos, y como si eso no fuera ya suficiente castigo, su marido acabó muriendo por una enfermedad... Y las habladurías empeoraron. Decían que ella había matado al hombre, que era una venganza por tantas infidelidades, que lo había hecho para deshacerse de él, que incluso lo había envenenado para sacarlo del camino y así estar libre para casarse con el rey. Por muchos años, estando incluso casada, había sido víctimas de todo ese palabrerío venoso de viejas chusmas, nobles aburridos y de envidiosos.
Siendo ya una mujer adulta y con algunas canas, por supuesto que había aprendido a manejar esos asuntos mucho mejor que en aquel entonces, sin embargo lo último que deseaba era malas habladurías para su familia... Pero con su maldito hijastro saludando y hablando con los esclavos al igual que con los nobles parecía imposible alejar la mala atención de ellos.
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El Príncipe Bastardo [Libro 1]
FantasyTodo empezó con un llanto... Un llanto que sonaba débil en medio del bosque, pero que fue tan poderoso como para cambiar cientos de vidas, incluyendo a la misma realeza. Pero esta no es la historia de un llanto, es la de un príncipe bastardo. La de...
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