Hendrick se sentía un poco aburrido ya. Había sido extraño que Azael le prohibiera entrar a su pequeño laboratorio donde experimentaba con posiones y venenos, sin embargo la excusa que había usado tampoco le había resultado muy convincente al lobo.
-Es que trabajaré con olores muy fuertes así que para que no te moleste quédate fuera y no entres -había dicho el príncipe antes de encerrarse.
Llevaba ya un muy buen rato ahí afuera, vigilando la puerta y divagando aburrido mientras esperaba a que el chico saliera. Una parte de él sentía confianza ya que no era la primera vez que el príncipe trabajaba con lo que generalmente serían llamados ingredientes peligrosos como mandrágoras, belladona y hasta Toloache, y en parte era gracias a ese continuo trabajo y exposición que con los años había desarrollado una resistencia muy buena no solo a los venenos, sino también a sus propias creaciones mucho mayor que el que tendría cualquier brujo tan joven; ni si quiera el aliento de muerto que se generaba con los vapores de una pócima fallida era ya capaz de enfermar o afectar al príncipe, algo que significaba una enorme ventaja y a su parecer compensaba la falta de control que Azael tenía sobre la hechicería en general. Pero el lobo no podía evitar cierta preocupación... Su sensible olfato detectaba aún a esa distancia cientos de plantas e ingredientes que iban desde semillas hasta sangre de todo tipo, flores, extractos, y mucho más. Todos ellos mezclándose y a la vez separados detrás de la pesada puerta de madera de roble donde Azael trabajaba; efectivamente aquellos olores puros le acabarían causando algo de escozor dentro de la nariz de estar ahí dentro mientras el joven los empleaba, pero aun así prácticamente jamás había sido echado de ese laboratorio por cuestiones de seguridad. De hecho solía ser él quién a veces se encargaba de ayudar al brujo con sus experimentos y cuidar que no hubiera accidentes.
Y ahora le tocaba esperar al otro lado.
Podía oír el burbujeo del agua hirviendo dentro del laboratorio, pasos y voces de los sirvientes fuera de la habitación del príncipe a la que se conectaba el cuarto de trabajo del contrario, e incluso le llegaba el débil y suave tarareo de su protegido mientras sus pies iban de aquí a allá haciendo quien sabe qué.
Su mente comenzó a divagar mientras esperaba, admirando la habitación aún de pie a un lado de la puerta. El tiempo parecía haberse llevado demasiado rápido todos los peluches y juguetes de ahí. Hendrick todavía recordaba con claridad incluso, como si hubiera sido hace apenas meses y no años, estar sentado en una silla frente a la cama del joven monarca contándole cuentos y viejas leyendas para que se durmiera; Azael siempre adoraba escuchar sobre su madre y sobretodo que Hendrick le contara aquellas mismas historias que Saemira le contaba a él cuando era un niño. Casi que podía ver al pequeño príncipe bajo las colchas con sus ojos brillando admirados mientras el lobo le repetía historias del mundo que su madre adoptiva solía narrarle acerca del origen del eclipse, de los rakshas, los humanos, de las hadas, del gran continente. Aún seguían frescas en su memoria las tardes forzado a estar entre peluches o siendo peinado, escuchando cuentos que Azael le leía una y mil veces con el orgullo de un niño que ha aprendido por fin como suenan las letras al unirse incluso en las combinaciones más complejas. Tal vez el tiempo pasaba demasiado de prisa para el lobo, tal vez por eso se sentía envejecer a pesar de seguir siendo joven, pero una parte dentro suyo no podía negar que extrañaba aquellos lindos momentos con el chiquillo que vivía pegado a él como su sombra, al mismo que solía gustarle pasear encima de sus hombros y hacerlo rabiar como su travesura favorita de todos los días.
La puerta se abrió tan de golpe que poco le faltó a Hendrick para dar un salto por estar demasiado ensimismado en sus recuerdos, aunque de todas formas se las arregló para mantenerse firme y serio frente al príncipe. Pero algo más llamó su atención. Azael se veía idéntico, y sin embargo su olfato estaba tan embobado con aquella fuerte fragancia que flotaba en el aire que rodeaba al brujo que antes de darse cuenta se encontraba agachado, olfateando al jovencito del mismo modo que un perro hambriento lo haría con un plato de comida. El olor era el del príncipe sin lugar a dudas, pero algo a la vez era diferente, más fuerte, más cautivador. Algo en ese mismo aroma lo tenía embobado y una parte de él quería saltarle encima al muchacho, marcar su territorio y devorarlo hasta el último maldito bocado, hasta que no quedara más de ese olor que tentaba poderosamente a su lado más salvaje.
Necesitó de mucha fuerza de voluntad para enderezarse y apartarse varios pasos del príncipe al darse cuenta que lo había acorralado contra el muro que divina ambos cuartos y poco le faltaba a su nariz para acariciar la tersa piel del menor buscando más de esa fragancia tan hechizante.
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El Príncipe Bastardo [Libro 1]
FantasyTodo empezó con un llanto... Un llanto que sonaba débil en medio del bosque, pero que fue tan poderoso como para cambiar cientos de vidas, incluyendo a la misma realeza. Pero esta no es la historia de un llanto, es la de un príncipe bastardo. La de...
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