Epílogo

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Azael se miró en el espejo por última vez para tener un vistazo completo de su hermoso atuendo de ese día. Esa era una mañana importante, una mañana especial. La primer mañana en que no estaba usando su corona para el día a día, misma que había guardado en un cofre especial bajo llave.

  —¿Está listo majestad?

  —Eso creo lobito.

Sonrió animado mientras miraba al mayor. Arlene estaba esperando que las criadas terminaran de peinarle el cabello y acomodar su vestido mientras que él había preferido algo de privacidad en el enorme cuarto del clóset para ajustar por si mismo los detalles de su atuendo. Su esposa era conciente ya luego de dos años de matrimonio que a él no le gustaba ser vestido por las criadas, solía hacerlo el mismo con su magia y por lo general también con la ayuda de Hendrick; claro que para ella era aún algo un poco raro, un guardia no debía ni tenía porqué hacer eso, era evidentemente raro todo lo que ocurría cuando se trataba de la relación de Azael y Hendrick, pero Arlene no era quien para reprocharle nada a fin de cuentas cuando ella también tenía sus propias mañas y costumbres.

  —¿Nervios? —preguntó el lobo.

Y recibió una simple sonrisa como respuesta antes de que el príncipe se acercara a él, tomándole el rostro con sus dos manos antes de besarlo. Es cierto que Azael había crecido y estaba casado, pero sin embargo seguía siendo algo bajo y sobretodo, seguía adorando besarlo. Labios suaves como los duraznos, una lengua juguetona, un espíritu osado. Azael lo besaba apasionadamente con su esposa a pocos metros y una puerta de distancia. Lo besaba con pasión, con ganas. Lo besaba y luego se despedía de su boca con una pequeña mordida sobre el labio inferior antes de sonreírle con cierta travesura.

  —Pronto todo va a cambiar. Y estuve esperando mucho por ésto.

Hendrick no recibió más explicaciones ni nada, vió que el brujo simplemente le daba la espalda caminando hacia la puerta antes de voltear se unos pocos segundos a dedicarle una sonrisa que a todas luces significaba problemas. No sabía que tenía planeado el menor o que pretendía, Azael le había dicho que tenía grandes planes e ideas para cuando fuera gobernante, y que él estaba incluido en ellos, pero no le había dado detalles ni nada más sobre lo que pensaba hacer, eso en parte le preocupaba.
Salió por detrás del brujo y se encargó de cerrar la puerta del armario mientras Arlene alisaba la tela de su vestido.

  —¿Qué tal me veo cariño?

  —Fantástica por supuesto —respondió el príncipe con buen humor, besando la mano de su esposa en una reverencia— luces como una reina.

Arlene dejó escapar una pequeña risita y el lobo se encargó de escoltarlos junto con Maltés —el guardia de Arlene— hacia la sala del trono. La música se hacía cada vez más audible y presente a medida que avanzaba. Los pasos, juegos de niños, risas, voces, abanicos y bastones. Toda la nobleza esperaba ansiosa, los grandes mercaderes se hayaban espectantes, y el rey sentía un gran alivio y a la vez preocupación. Después de décadas se quitaría aquella pesada carga de encima para transmitírsela a su primogénito, se levantaría del trono para hacerse a un lado y dejar que la siguiente generación gobierne. Confiaba en Azael por supuesto, sabía que su hijo estaría más que listo y que Arlene sería una reina por demás competente, pero como padre y rey la preocupación seguía presente.
Se sorprendió del momento en el que el vocero real anunció con solemnidad la entrada de la pareja, y mientras que él junto a su amada Elicia y sus dos hijastros se ponían de pie, la multitud hizo una conjunta reverencia en lo que su pequeño bajaba de las escaleras tomando el brazo de su esposa.

Azael pisaba fuerte y decidido, no vacilaba, mantenía la cabeza en alto y sostenía con cuidado y firmeza el brazo de su esposa. Su pequeño se veía confiado y listo para el peso de la corona, de un gobierno, tanto que Arthur se tuvo que recordar por un momento que Azael ya no era un niño, era un hombre de veinte años y un brujo poderoso a pesar de su apariencia tan delicada e inofensiva.

El príncipe se acercó junto con su esposa y se quedó frente al rey, quien de pie, comenzó a hablar frente a todos sus invitados primeramente acerca de lo que significaba ser un rey, de las responsabilidades y deberes, del trabajo que implicaba portar la corona, del amor a su puesto y su pueblo.
El discurso le resultó casi largo por culpa de sus ansias, pero se mantuvo impasible mientras oía las palabras que su padre pronunciaba con solemnidad hasta qué, finalmente, llegó la parte que más estaba esperando.

  —Por eso como mí hijo primogénito, como sangre de mí sangre, te corresponde portar la corona y asumir todas estas responsabilidades —continuó el rey con seriedad, quitándose la corona con ambas manos— así que desde este momento y a la vista de todos los presentes como nuestros testigos, te coronó a ti Azael William Soleil, como el nuevo rey de Syntra, y dejo en tus manos la vida y el futuro de este país porque considero que la tienes la fuerza para cargar con ello.

Marido y mujer se agacharon hasta quedar de rodillas, bajando la cabeza. y mientras que Arlene sostenía con una mano su vestido, Azael permaneció con una mano en su espalda mientras su padre le colocaba la corona en la cabeza antes de que Elicia hiciera lo mismo con su esposa.

  —Acepto mis deberes como rey y prometo esforzarme por la prosperidad de mí pueblo y el bien de mí gente.

Los dos se pusieron de pie  cada cual con una nueva corona de oro sobre sus cabezas, y al instante todos los presentes se agacharon hasta quedar de rodillas con la cabeza gacha en señal de respeto y de sumisión ante sus nuevos gobernadores. Fue algo placentero ver a sus hermanastros y la antigua reina incluso reverenciarlo así, tenerlos de rodillas frente a él. Azael supo que lo que tenía planeado no solo sería prudente, sino también satisfactorio.

  —¡Larga vida al rey Azael y la reina Arlene! —clamaron todos haciendo resonar sus gritos por todo palacio— ¡Larga vida a sus majestades!

Estaba acostumbrado al poder desde que era un niño, pero aún así la sensación fue muy agradable por todo lo nuevo que significaba, su sonrisa se ensanchó y pronto, con la corona en la cabeza y todos sus invitados, sirvientes y familia ya de pie, fue que dió la orden a los músicos de iniciar nuevamente una tonada festiva en sus instrumentos y les pidió a todos volver a disfrutar de la ocasión antes de que se sirviera el almuerzo.

  —Arlene, hay algo importante que debo discutir contigo luego de la fiesta —le susurró el brujo con sutileza antes de sonreír nuevamente.

  —Claro cariño.

Azael sonrió. Era el rey, tenía poder, y ahora podía cambiar muchas cosas. Tenía grandes planes sin dudas, pero empezaría por el que sentía más importante. Empezaría por Arlene antes de hacerse cargo de su familia...

El Príncipe Bastardo [Libro 1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora