El rey no solo estaba cansado, estaba además frustrado...
El carruaje avanzaba con normalidad por uno de los pocos caminos que atravesaban el bosque y conducían al palacio. Las altas y frondosas copas de los árboles no dejaban pasar demasiados rayos del sol haciendo que el habitual clima cálido no se volviera pesado sino más bien agradable, con la brisa soplando y sonando entre ramas y hojas. Aún era temprano, el día era perfecto, sin embargo el rey se sentía incapaz de admirar la hermosura del paisaje.
Siempre que tenía que hacer estos viajes, lo que más pesado se le hacía era la vuelta.
Desde que Syntra había perdido la guerra contra el imperio Teichō, su padre, el rey Geralt Mark Soleil, no había tenido más opción para evitar la masacre de su pueblo ante los ejércitos vecinos —superiores en número— que firmar un abusivo tratado de paz. Tanto él como su difunto padre sabían que firmar aquello sería echarse una soga al cuello y empujar el banquillo, solo era cuestión de tiempo; y para evitar más pleitos y otra devastadora guerra, el rey en persona sería quién se encargaría de entregar junto a sus escoltas los debidos pagos.
Arthur soltó un largo y pesado suspiro. A pesar de que su encuentro con Quiunso Min-Hu y su estirada esposa había sido breve, se sentía exhausto. Como si en vez de intercambiar algunas cuantas palabras, hubiera corrido durante horas y horas sin descanso. Probablemente todo el cansancio era fruto no solo del largo viaje de ida y ahora de vuelta que duraba algunos días en los que dormía no tan agusto, sino también por preparar todos los pagos estipulados, supervisar que nada estuviera fuera de lugar y todo lo demás. Pero mientras se acomodaba en su mullido asiento volteo la vista a la dama que se encontraba sentada frente a él, una mujer más madura de lo que aparentaba, y se percató de que ella tenía una expresión alerta en el rostro mientras miraba por la ventana.
—Deten el carruaje —pidió de repente— dile al cochero que detenga el carruaje.
Aquella mujer no era su esposa ni mucho menos su prometida aún ya que quería impresionarla en el momento de pedirle su mano, pero de todas formas era la única que podía tutearlo con tanta libertad sin consecuencias y más a solas.
—¡Detengan el carruaje! —ordenó el monarca sin pensarlo dos veces.
La orden fue acatada. Los caballos y el vehículo frenaron mientras los soldados prontamente se acercaban para saber que era lo que ocurría, manteniéndose alertas en caso de un ataque.
—¿Qué ocurre Saemira? —inquirió el rey extrañado.
—¿Está todo en orden majestad? —preguntó uno de los hombres aún montado en su caballo y asomándose por la ventanilla.
—¿No lo escuchan? —contestó la mujer poniéndose de pie— un llanto. El llanto de un niño.
Aquello se escuchaba tan sospechoso que sonaba como una trampa caza-bobos ideada por un idiota, sin embargo a la bruja le dió igual, bajó del carruaje y avanzó entre la maleza guiada por el sonido débil que sus oídos percibían. Ella había demostrado no sólo ser una dama sino también una guerrera formidable que dominaba la magia de caos como pocos, y aunque no necesitaba de soldados resguardando su espalda, éstos de igual manera la siguieron con sus armas en mano viendo qué, efectivamente, a cada paso que daban el llanto de un pequeño se hacía cada vez más y más evidente.
Y entonces dieron con el dueño del llanto.
Habían caminado unos cuantos metros y hasta minutos entre árboles, hierva crecida y arbustos antes de verla allí tirada... El delgado cuerpo de una licántropo joven se hayaban tendida en el piso con ropas harapientas y sucias mientras que a su lado y caído boca abajo, un bebé no dejaba de retorcerse envuelto en una mugrosa manta improvisada.
—Por amor a Sivis —soltó la bruja espantada, acercándose de prisa a socorrer al pequeño.
Era más que obvio que la mujer se hayaban muerta, con una oreja cortada en la punta hace tiempo y los ojos cerrados, sin pulso ya y los labios resecos; pero el niño aún parecía hambriento y chillando por haberse desprendido del seno al aire de su madre. Saemira deseo con todas fuerzas en ese instante poder amamantarlo ella misma y ofrecerle al bebé leche de su seno, pero dado que su cuerpo jamás había engendrado vida no tenía la capacidad aún de producir tal alimento, por lo que con amor y cuidado se encargó de acercar de nuevo al niño hacia el cuerpo de su madre para que éste acabara de alimentarse de allí por última vez, y se aseguró de sostenerlo para evitar que volviera a caer.
—Pobre pequeño —dijo el rey con cierta pena al ver la escena y con cuánto amor acunaba la bruja al niño.
—Si... —le respondió ella sintiendo un par de lágrimas picar en sus ojos— y pensar que con sus últimas fuerzas ella solo pensó en alimentarlo. Solo pensó en su cría hasta el final.
La bruja se encontraba tan conmovida desde su lado maternal y humano que podría haber llorado ahí mismo. Ver a ese pequeño le hizo pensar en el futuro hijo que tanto anhelaba tener. ¿En qué se diferenciaban ese pequeño y el hijo que alguna vez ella cargaría en su vientre? ¿Unas orejas se lobo en vez de orejas humanas? ¿Un pequeño hocico que aún ni si quiera tenía colmillos en vez de una boca? ¿Garras en vez de uñas? Y sin embargo dónde ella no podía evitar ver más que lindura e inocencia pura, el general que los acompañaba y algunos de los soldados no veían más que una bestia por la que posiblemente un esclavista les pagaría bastante bien si estaba sano.
Cuando el niño por fin dió por saciado su apetito y se desprendió del pecho de su difunta madre, Saemira lo acunó al fin contra su propio cuerpo y usó parte de su caperuza para abrigarlo mejor en lo que intentaba hacerlo eructar con suaves palmaditas en la espalda, sentada sobre el pasto bajo la enternecida mirada del monarca que ya podía imaginarla en un futuro con sus hijos y herederos de la corona haciendo eso mismo, incluso correteando por los jardines del palacio o hasta leyendo cuentos sobre grandes aventureros de antaño.
—Majestad, déjeme conservar a este pequeño —suplicó levantando la vista hacia el rey.
—Por favor lady Saemira —se mofó el general ganándose una mirada de odio intensa— es sólo una bestia, apuesto a que puede conseguir unos cuantos ruphines por esa cosa con un buen comerciante.
—Me sorprende enormemente general, como es que su desmedida estupidez ha bloqueado su capacidad de compasión humana —le soltó con acidez y sin cuidado la bruja— pero me temo que no pienso deshacerme de forma tan ruin de un pequeño tan lindo e inocente. Seré además yo quien lo cuide y crie, la que lo eduque y escarmiente de ser necesario, y quién responda por él. Necesita con urgencia una madre el pobre y me encargaré de convertirme en eso y volverlo un hombre de provecho —esta vez miro al niño en sus brazos, relajando el tono y sonriendo con ternura— sé que le depara un gran futuro, no por nada Sivis lo dejo en nuestro camino.
El rey la vió con dulzura y admiración, como quien mira desde lejos a una fiera leona proteger a sus crías. No podía negarse a esa petición, no con la imagen que tenía en frente. Y si eso era lo que su enamorada tanto quería hasta poder saciar su deseo de maternidad engendrando niños propios entonces se lo concedería más que gustoso.
—Adelante, puedes cuidar de él si eso deseas —accedió el rey asintiendo con la cabeza de forma suave.
El general se tragó sus palabras. No quiso ser irrespetuoso de nuevo ni ganarse otro de los insultos de la bruja que no tenía escrúpulos en humillarlo frente a sus hombres. Así que con el pequeño en brazos y luego de elevar una plegaria a Motum para que se encargara con piedad del alma de la loba, la mujer le acomodó la ropa y la dejo en los árboles para que —según la tradición de los lobos— los animales o la naturaleza se encargaran antes de regresar todos donde la carroza los esperaba para volver a emprender el camino a palacio no muy lejos de ahí.
Y mirando a Saemira con el bebé en brazos y sonriendo tan encantada, el rey pareció abandonar de golpe toda su pesadez y cansancio atrás dejándole lugar solo a la calidez y ternura.
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El Príncipe Bastardo [Libro 1]
FantasyTodo empezó con un llanto... Un llanto que sonaba débil en medio del bosque, pero que fue tan poderoso como para cambiar cientos de vidas, incluyendo a la misma realeza. Pero esta no es la historia de un llanto, es la de un príncipe bastardo. La de...
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