Veinte

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Solo decir que Azael estaba ya harto de las citas era quedarse muy corto. Durante todos esos meses de búsqueda había estado con tres mujeres diferentes por día casi y todos los días prácticamente, soportando no solo comentarios que buscaban únicamente complacerlo sino que también intentos de seducción de todo tipo y algunos muy elaborados por parte de sus citas. Al menos así había sido hasta que finalmente había acabado por reducir su búsqueda a solo unas veinte candidatas de toda Syntra que parecían perfectas para el dichoso puesto.

  —¿Majestad?

Azael le cedió su atención al soldado que acababa de llegar y ahora lo reverenciaba a modo de saludo, extendiendole un montón de papeles prolijamente envueltos en un cordel.

  —De parte del general, su alteza.

  —Gracias, puedes retirarte.

Una nueva reverencia y el hombre se marchó mientras él príncipe se dedicaba a observar la pila de hojas donde estaba el pedido que le había hecho hace aproximadamente un mes al general: un informe bastante detallado de cada una de sus candidatas con información acerca de sus movimientos en sociedad, opiniones, ideología, preferencias y un montón de otros detalles que el brujo no podría haber descubierto por cuenta propia con encuentros casi hipócritas.
Así, sentado cómodamente en el escritorio de su habitación, se encargó de revisar bien todas las hojas junto con sus propias notas escritas por Hendrick acerca de las impresiones de cada muchacha para poder compararlas y decidir con la cabeza fría cual de ellas sería la elegida. Claro que él como cualquier persona tenía sus favoritismos con ciertas chicas que le habían caído mejor que otras, pero aún así trató de ser tan imparcial cómo fuera posible en su elección, llegando incluso a consultar a Hendrick y su maestro de política para estar seguro totalmente de su decisión y tener la opinión de un tercero en el tema.

Así fue que finalmente se decantó por la mejor candidata y su favorita desde el principio, Arlene Kandgree, por lo que hizo lo siguiente más importante: comunicárselo a su padre esa misma tarde.

  —¡Hijo es fantástico! —dijo el monarca animado.

Azael quería coincidir con su padre, pero como mucho pudo forzar una sonrisa en parte aliviado de acabar con la locura de las citas y en parte nervioso y entristecido por lo que eso significaba. Por fin tenía una prometida, por ende acabaría por casarse, y eso implicaba encamarse también con ella. Esa idea era la que más discordia y rechazo le generaba.

  —Supongo que tienes razón. Al fin tendré una prometida si ella acepta la propuesta, pero dudo que la rechace.

Arthur suspiró y se acercó un poco a su hijo para ponerle la mano sobre el hombre sobando con suavidad mientras lo miraba. Era obvio que para su pequeño la idea no era tan emocionante como para él o para todo el pueblo, y por eso en parte le dolía tanto tener que forzarlo a ello.

  —Hijo... para la realeza el matrimonio es un protocolo a seguir y el amor es un lujo, pero yo tuve la buena fortuna de conocer a tu madre y también de encontrar luego a tu madrastra —dijo sonriendo de forma tranquila— fui doblemente bendecido con amor en mí vida, y espero lo mismo para ti. Tal vez algún día incluso acabes amando a tu esposa del mismo modo en que amas ahora a Hendrick.

El príncipe sonrió sin decir una palabra porque dudaba que algo así fuera a pasar, porque lo que tenía con Hendrick era único y muy fuerte... Era algo que dudaba sentir por otra persona. Pero aún así, por encima de sus sentimientos estaba siempre el deber, y por ello intentaba afrontarlo todo de la mejor manera posible.

  —Estoy muy orgulloso de ti. Sé que cuando el momento llegue serás un gran gobernante, uno que sepa honrar y portar la corona.

Azael abrazó con fuerza a su padre y se quedó con la cabeza enterrada en su pecho por algunos cuántos segundos, sintiendo el abrazo del monarca. No hicieron falta más palabras para que sintiera que su padre estaría siempre con él, de su lado, apoyándolo incluso cuando su deber y lo correcto eran algo tan difícil de hacer. El abrazo se disolvió con lentitud y el brujo le sonrió con dulzura y calma antes de marcharse de allí en silencio a su propia habitación, acompañado del lobo para poder redactar la carta correspondiente y hacérsela llegar a la hija de Kandgree lo antes posible e iniciar los preparativos.

El Príncipe Bastardo [Libro 1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora