Marcelo
Explicar a terceros los motivos que me llevaron a meter a Des en problemas sería imposible. No entenderían cómo, amando a alguien, puedes hacerle daño de esta manera. Pero ella me hizo enojar con ese mensaje.
No tuve opción. Esa sería la excusa más sencilla de un cobarde desesperado. Mi adicción al juego y a las drogas tocó fondo hace unas noches, cuando perdí todas las manos en el casino y pedí un préstamo. Como era de esperarse, me lo negaron. Estaba seguro de que ganaría la siguiente mano; siempre era así: tras una mala racha, llegaba la ganadora.
Mi propuesta fue descabellada. Nunca, ni en mis peores pesadillas, imaginé lo que ocurriría. Puse a Des como aval, diciendo que era una buena trabajadora y que estaba desempleada. Por rabia, porque no quería perdonarme ni hablar conmigo, quise rebajarla en mi mente. Me dieron el maldito préstamo, incluso lo triplicaron, y perdí toda esa noche: mi mujer, mi dinero y mi dignidad.
Me dieron un plazo de veinticuatro horas, que venció hace cinco días, para llevar a Des a ese club nocturno. El resultado fue una paliza y una amenaza de muerte por parte de Vasilé Cebotari si no cumplía. Des no iba a trabajar como mesera; sería la zorra de Vasilé. Su hija, Madison, me lo advirtió, y no le creí.
Suspiro pesadamente al detener el auto frente a la casa de Des y me pregunto cómo la llevaré a ese club. La ausencia de Brad ayuda; si estuviera aquí, jamás me atrevería a aparecer frente a esta casa. Repito en mi mente lo que me he dicho estos días: Ella te va a dejar, y si no es tuya, que se la goce Vasilé.
Convencido, abro la puerta del auto y salgo. Observo la casa: los rosales están secos, las ventanas cerradas y varios sobres acumulados en el buzón. No hay señales de Des ni indicios de que haya estado aquí en días.
—No está —dice una voz. Giro y veo a la señora Julia Gómez, la vecina del frente, avanzar hacia mí—. Hace una semana salió a buscar empleo y no ha vuelto —continúa, con el rostro preocupado.
—Con los Frederick —recuerdo, porque desde su último mensaje, que mencionaba un hidroavión, me apagó el celular.
—Deberías hacer algo, muchacho. Está sola; su hermano se fue —asiento, sin dejar de mirar la casa, y suspiro.
En su último mensaje, Des decía que iba en un hidroavión, que había conseguido un empleo directo con el heredero de la empresa y que, si no dejaba de acosarla, enviaría a los guardaespaldas a darme una paliza. Fue justo cuando jugaba mi partida, y eso me hizo perder. Por eso hice lo que hice.
—Iré hasta allá —le digo a la anciana—. Si tengo noticias, se lo haré saber.
—Te lo agradezco. —Me alejo, entro al auto y piso el acelerador.
El móvil suena insistentemente. Una mirada me confirma que es Vasilé. Lo ignoro y sigo avanzando. Detengo el auto frente al imponente edificio de Industrias Frederick y suspiro, molesto. Dudo que me dejen entrar sin cita previa, y mi apariencia no es la adecuada para este lugar. Entonces veo al dueño de la empresa bajar de una limusina, rodeado de siete hombres. Busco una foto de Desiré en mi cartera y me acerco con mi mejor actuación de novio preocupado.
—Disculpe, señor Frederick —llamo al hombre mayor, que se detiene, pero sus guardaespaldas me impiden acercarme—. Soy Marcelo Williams, y mi novia está desaparecida.
—¿Has ido a la policía? —pregunta uno de los guardaespaldas. El anciano rubio alza una ceja, intrigado.
—¿Sabes leer? Allí dice Frederick...
—Sé leer —lo interrumpo, mordiéndome la lengua para no golpear o ser golpeado por esos matones—. Pero el último mensaje que me envió dijo que iba en un hidroavión con el futuro dueño de esto.
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Un Frederick en Apuros
RomanceLibro I Saga Frederick Él vive en la zona más exclusiva de New York y es uno de los herederos del imperio Frederick. Ella en el Bronx, en la peor casa de la zona. Él ha crecido en medio de lujos, viajes, cócteles y mujeres, pero tiene un vacío que n...
