NARRADOR
Jedrek cuelga el móvil y escucha de nuevo los gritos y maldiciones de la mujer, nítidos, en contraste con la voz del médico y la enfermera que le piden pujar cada cierto tiempo. Ambos hombres habían adecuado la parte superior del club para el parto en tiempo récord. De vez en cuando, el trigueño observa el reloj; tiene cuarenta y cinco minutos para que dé a luz y llevarse a la esposa del ejecutivo.
Su hermano menor, que luce relajado con un vaso de su vodka preferido encima de la barra que, en años anteriores, solía estar repleta, lo mira de vez en cuando. Sus ojos claros y fríos, tan parecidos a los de su padre, observan a su hermano de crianza, preocupado por su tranquilidad. Jedrek, por su parte, toma el móvil de la mujer, que en estos momentos lanza improperios contra quienes la ayudan a dar a luz a sus hijos, y vuelve a leer los mensajes enviados por su esposo.
Es difícil de creerlo; sin embargo, sabe que es verdad, porque Gregory no le mentiría a su esposa. A Des no le mentiría, ni a ninguno de quienes quiere, en realidad, por lo que da por cierto lo que ha leído.
—¿Has pensado qué hacer con ella? —pregunta Wladimir, rompiendo el silencio—. Su hermano no te dejará hacerle daño.
Lo sabe, como también sabe que podría matarlo, sin importarle lo que pueda sucederle, por haberlo usado, mentido y dañado a su esposa. Wladimir toma la botella y vuelve a llenar su vaso; sentado encima de la barra, con la más absoluta calma, a Jedrek se le dificulta creer que fuera capaz de hacerle daño. El mensaje que Gregory le envía a su esposa dice que está en San Juan, que visitó a la familia Rubio Burgos y supo que la verdadera muerte de Salomé fue a manos de Wladimir. Ella misma dejó su foto, en la que señalaba que, si algo le pasaba, él era el culpable.
La nota es escueta; dice que le explicará al llegar, pero narra lo suficiente para empezar a atar cabos. El miedo de Salomé a estar a solas con él, las visitas que le hacía a horas extrañas que ella odiaba, la renuencia a viajar a Moscú cuando ya le había dicho que sí, feliz. Su esposa le dio miles de señales que él ignoró, porque, en el fondo, creyó que para Sergey era un hijo.
Y quizás lo era; sin embargo, cuando tuvo que cuidar a su hijo, no dudó en inclinar la balanza del lado de su sangre. Lo que detesta en todo esto es que pudieron simplemente dejarlo ir y hacer como si nunca hubiera existido...
Pero se negaron...
—De momento, lo único que sé es que tenemos media hora —dice, señalando el reloj. En respuesta, su hermano lo mira, intrigado—. Gregory no tardará en dar con nosotros...
—¿Por qué estás tan seguro? Nadie conoce este lugar —aclara, bajándose de la barra de un salto—. Está sin funcionar desde que Alexis murió.
—Es el primer lugar al que vendrá... Estoy...
—¿Por qué no lloran? —los alerta a ambos los gritos—. ¿Qué les hicieron a mis bebés?
Los nuevos gritos de la mujer, acompañados de la voz del médico, que, en tono nervioso, dice que está perdiendo mucha sangre y que las niñas no tienen pulso, hacen que ambos dejen sus bebidas y estén por subir las escaleras cuando son interceptados por uno de sus soldados.
—Están a quince minutos, señor —comenta.
Ambos se miran; segundos después, observan al doctor, que, nervioso, les dice que las niñas nacieron muertas y que su madre las acompañará en minutos.
—No vale la pena el riesgo de llevarla con ustedes; atrasaría el viaje.
—¡Salgamos! —ordena Jedrek y mira al doctor, que se quita los guantes en ese momento—. ¿Tienes cómo salir de aquí?
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Un Frederick en Apuros
RomanceLibro I Saga Frederick Él vive en la zona más exclusiva de New York y es uno de los herederos del imperio Frederick. Ella en el Bronx, en la peor casa de la zona. Él ha crecido en medio de lujos, viajes, cócteles y mujeres, pero tiene un vacío que n...
