Capítulo 6

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Desiré

Dos días después, me trasladan a una habitación con trato especial, tanto de médicos como de enfermeras. Parece que los Duffy estamos destinados a repetir el patrón malsano de mi madre. Aquí estoy, en una cama de hospital, llevando en mi vientre a unos bebés producto de una noche de copas. La única diferencia con mamá y Cas es que a mí no me pagaron por ello; todo lo demás es idéntico.

Ahora mismo, tengo al padre de mis hijos frente a mí. En sus manos sostiene mi registro médico y una orden que no admite negativas: nadie debe saber de mi embarazo, y si se sabe, no puede asociarse a él como el padre.

—¿Por qué no deja de visitarme? Así no tendrá que avergonzarse de decir al mundo que tuvo sexo con una mujer humilde y latina —mi comentario hace que frunza el ceño, molesto—. Lo último que quiero es que se sepa que tuve tan mal gusto al acostarme con usted.

Su rostro se tensa, aprieta la mandíbula, los puños cerrados y los hombros rígidos. No le gusta que lo rechacen o lo rebajen, pero es una de sus especialidades: ofender a los demás sin importar sus sentimientos.

—No es por lo que crees —dice, inspirando con fuerza, e intenta tomar mis manos. Las retiro rápido—. Nena, lo que has pasado es porque sospecharon que el niño es mío. ¿Tienes idea de lo que te harán si saben que son dos y tienen la certeza de que soy el padre? —cuestiona. Me encojo de hombros.

—Una razón más para que no venga —insisto. Bufa—. Sus visitas me tensan, y el médico dice que no debo estresarme.

—Des, cielo, no quiero que sufras —dice, pero no le creo.

Brady dice que un hombre millonario hará y dirá cualquier cosa para evitar la vergüenza o que su dinero caiga en malas manos. Gregory Frederick me ha demostrado ser un hombre ruin, capaz de comprar una esposa para no ser desheredado. Mis hijos son su boleto para quedarse con las empresas de su padre, y yo solo soy el medio para lograrlo.

—Déjeme sola, señor Frederick. Si nadie puede visitarme, usted tampoco —digo, girándome en la cama para darle la espalda.

Estoy incomunicada. No sé dónde quedó mi móvil. Solo los padres de Gregory vienen todos los días y se quedan durante el horario de visitas. El padre de mis hijos aparece por las noches, una hora o algunos minutos, tiempo que dedica a hablar por teléfono de negocios. Qué enternecedor. Hoy hizo una excepción y llegó temprano, solo para decirme que, al salir, no puedo revelar quién es el padre de mis hijos.

Desgraciado. Mala leche. Tipos como él deberían casarse con la peor de las mujeres. Cree que ser humilde o de ascendencia latina, mientras ellos son americanos con dinero, le da derecho a tratarnos como basura. La clase alta no tendría dinero sin la media o baja; nos necesitan para subsistir. Estoy tan alterada que ignoro al hombre en la entrada de la habitación.

—¿Se puede? —Gonzalo asoma la cabeza. Sonrío al ver a alguien diferente.

—¿Dime que camuflaste comida? —pregunto al verlo acercarse con las manos detrás de la espalda.

—Eres astuta —muestra un paquete de panadería—. Tu hermano dijo que eran tus favoritos.

Dejo la bolsa a un lado; nada es más importante que saber de Brady. Asiente, saca su móvil y lo pone en mis manos.

—Llamará en unos minutos —dice. Con manos temblorosas, espero una llamada que nunca creí que llegaría.

Descuelgo al primer timbre, ante la mirada de Gonzalo. Lo primero que escucho es lo que Brady siempre decía cuando se ausentaba por trabajo, pero hoy duele más que nunca.

—Te extraño...

—Brady...

—No llores, bebé. Todo saldrá bien —intenta calmarme, pero lloro más—. Cuando nazcan, estaremos allí, lo prometo.

Un Frederick en ApurosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora