Desiré**
Tras más de tres semanas en este lugar, más cómodo y protegido, me doy cuenta de que es mi cumpleaños. Es la primera vez que no recibiré una llamada de Brady o Cas. Aunque solo Cas está muerta, sé que no volveré a ver a ninguno de los dos.
La cabaña tiene una sola habitación con dos camas; una es matrimonial, como si hubieran imaginado que una pareja feliz terminaría compartiéndola. Termino de lavar los trastes y salgo a la playa, dejándolo a él leyendo un libro en el único sillón del lugar.
—¿Segura que no quiere que la revise? —pregunta, señalando el vendaje en mi pierna—. Sé que es enfermera, pero, aunque no ejerzo, soy internista.
—Y su hermano cardiólogo, lo sé, ya me lo dijo —lo interrumpo. Sonríe—. Es solo superficial —añado. Deja el libro a un lado y mira mi pierna.
—Se ve feo, cariño. Ven...
—No, usted solo quiere manosear —me quejo. Niega, sonriendo—. Buen intento, ¡pervertido!
Todo este lugar parece un maldito juego. Una sola habitación, una sola cama grande, todo diseñado para ser compartido. Para alguien enamorado, podría ser romántico, pero no para mí. No cuando mi compañero es un morboso que solo me ve como la cocinera sexy con la que puede desahogar su libido.
Lo único que me detiene de golpearlo es Brady; él tendría problemas si lo hago. Voy en busca de ramas secas y las apilo en un lugar. Repito el proceso varias veces y, cuando tengo suficientes, entro a la cabaña, busco el encendedor bajo su atenta mirada, la del "dueño del universo".
Mi herida se está inflamando. He buscado medicinas, pero no hay nada de primeros auxilios. Me quito la medalla del cuello y la observo. La señora Julia decía que me daría suerte. ¿Qué me habría pasado si no la tuviera?
Enciendo una rama pequeña y la coloco en el montón. La llama amarilla con destellos azules crece lentamente. Empiezo a tararear *Las Mañanitas* en español, una tradición que Brady y yo compartíamos, pero hoy la canto con lágrimas en los ojos.
*Qué linda está la mañana
en que vengo a saludarte,
venimos todos con gusto
y placer a felicitarte.
El día en que tú naciste
nacieron todas las flores,
y en la pila del bautismo
cantaron los ruiseñores.*
—Feliz cumpleaños, Des. Ya verás, el próximo año estaremos mejor —digo en voz alta, sentada junto a la fogata, abrazando mis rodillas—. Tendrás un empleo fijo, te irás de esa casa que mamá compró con el dinero que le dieron por vender a tu hermano. No tendrás que respirar el aire viciado de un lugar pagado con el sufrimiento de un inocente.
Lloro sin control. He sido fuerte demasiado tiempo, y no puedo más. Un par de brazos me rodean. Correspondo al abrazo sin saber por qué; supongo que, en momentos de crisis, cualquier refugio es bienvenido.
—No tienes que controlar tu llanto —dice, su voz suave—. Es bueno sacar el dolor de vez en cuando, Des. —Pasa una mano por mi espalda mientras el calor del fuego nos envuelve.
—Normalmente no soy así... —respondo, con la voz entrecortada, limpiando mis lágrimas con brusquedad.
—Es una situación atípica. Es normal sentirse ahogada —continúa, acariciando mi espalda y entregándome una botella de whisky.
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Un Frederick en Apuros
RomanceLibro I Saga Frederick Él vive en la zona más exclusiva de New York y es uno de los herederos del imperio Frederick. Ella en el Bronx, en la peor casa de la zona. Él ha crecido en medio de lujos, viajes, cócteles y mujeres, pero tiene un vacío que n...
