Capítulo 25

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GREGORY

Acudir a la reunión con Harris y el exagente no fue fácil, no cuando Des entraba a la clínica al día siguiente. Aún había muchas cosas por hacer: el cuarto de los niños estaba a medio terminar, ella estaba cada vez más incómoda y con contracciones esporádicas. Sin embargo, Harris prometió que no se demoraría; de todas maneras, yo debía viajar a Puerto Rico esta tarde y volvería en unas horas.

Detengo el auto en el aeropuerto y voy en busca de Harris; para ahorrar tiempo, les pedí vernos en ese lugar. No tenía mucha fe en las investigaciones de ese hombre, por lo que había decidido ver a los Rubio Burgos, los padres de Salomé; ese dato sí lo tenía Harris.

Están en una cafetería, con una taza de café. Tras los saludos cordiales y negarme a tomar algo con ellos, les pido ir directo al grano. La idea de dejar a Des no me gusta, no cuando tiene todas las señales de que su parto se va a adelantar. Agradezco estar sentado y no haber comido nada cuando escucho lo que tienen que decirme.

El famoso James Parker, de quien Harris hablaba tanto, era un hombre de unos sesenta años, un poco más. Cabellos en tonos negros y grisáceos, desaliñados, al igual que su barba. Me dice lo increíble: Salomé era casada, y su esposo era Jedrek Levenev; el matrimonio se había efectuado una semana antes de morir.

—Sé que no esperabas esto, hermano, pero Parker no tiene dudas —dice Harris, y asiento, mirando el documento que ambos hombres me entregan.

—Aquí está la dirección de la familia Rubio Burgos —me hace entrega de un papel que tomo sin leer, y me doy cuenta de que no ha terminado—. Si hay alguien que desee vengarse de tu familia, es él —abro el contenido del papel, leo la dirección y noto que ha resaltado la ciudad—. Estoy seguro de que conoce una verdad sesgada a la que se ha aferrado, o quizás su padre le ha contado una historia distinta.

—Conozco a Jedrek y a su padre —le digo, leyendo la dirección a la que debo estar en una hora—. El ruso suele ser manipulador, y Jedrek... no sé; hasta donde tengo entendido, no se llevan bien.

El investigador sonríe con suficiencia mientras me dice que la pérdida de un ser querido suele ser irreparable. Jedrek se aferró a lo único que le queda, los Levenev, quienes, imagino, se aprovecharon de este momento para que él se acercara.

Quizás fueron ellos mismos quienes lo crearon con ese fin.

—Lo más sensato es ir con ellos antes de enfrentar a Jedrek —digo, y ambos asienten—. Ya no trabaja para nosotros; salió del país hace una semana y no ha regresado.

—No te quitamos más tiempo. Gracias por sacar el tuyo para ir a juicio —me agradece, extendiendo su mano hacia mí—. Sé que estos días han sido de locura.

—Me hubiera gustado hacer más —confieso—. Pero estoy feliz de saber que volverás a lo tuyo, y señor Parker... gracias.

Me alejo de ellos y voy directo a la pista donde se encuentra el jet privado, propiedad de la compañía, sumergido en mis pensamientos. Conocer el nombre del esposo de Salomé me hizo sentir agobiado. Lejos de señalar a Jedrek por ocultarlo e incluso por querer venganza, lo entendí. El hombre, decidido a iniciar una nueva vida, encontró el amor y tendría hijos; su vida era perfecta, y todo se vino abajo por el exceso de copas de un millonario irresponsable. Aparentemente, era así; legalmente, yo la maté ante la justicia y a sus ojos.

Pero no todo estaba claro...

Mi viaje a San Juan, Puerto Rico, era con la esperanza de encontrar a la chica viva. El misterio de su cuerpo incinerado, que fue entregado a sus padres, me hizo creerlo. Tengo que sincerarme: una parte de mí veía absurda esa teoría. Mi mal manejo del idioma español y tocar las puertas de los padres de la mujer que, ante todos, yo había asesinado era, quizás, mi mayor complicación.

Un Frederick en ApurosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora