DESIRÉ**
Los días que siguieron fueron de una calma regular; intenté cuidarme en casa y no tentar a mi suerte. El jardín de la azotea ya estaba terminado; un sitio tan frío se había convertido en el mejor lugar para estar. Ocupó una tercera parte del inmenso espacio para ello, y que él hiciera eso por mí hizo que me gustara aún más. Porque sí, era una verdad que ya no podía ocultar: quería al pitufo gruñón, y todo indicaba que era correspondida.
Una mujer sabe cuándo es amada; hay detalles que te llevan a darte cuenta de ello, y aunque algunas veces necesitamos oírlo, en mi caso, podía esperar a que él se sintiera cómodo. Lo conocí antes y vi su comportamiento hacia los demás, el trato a su familia y hasta a sus amigos. Hacia mí, el comportamiento era distinto últimamente, y en todo momento me hacía sentir especial.
Siento el peso en la cama y el olor a su colonia de afeitar; sonrío al sentir una de sus manos cubrir mi espalda mientras la otra entrelaza la que tengo encima de mi cabeza.
—Llegas tarde hoy —le alcanzo a decir, adormilada, y sus labios van directo a mi mejilla.
—Tuve que esperar a Jedrek —me responde, y lo que sigue es un silencio extraño.
Soy consciente de que Brady ha metido a los Frederick en problemas, pero también de que mi hermano entró a ese mundo por matar al hombre que intentó dañarme.
—Disculpa por todo lo que mi hermano y yo hemos ocasionado —hablo al fin y giro para buscar su rostro, encontrándolo observándome serio—. He causado muchos prob... —apoya su dedo índice en mis labios y el pulgar en la parte inferior, presionando para que guarde silencio; acto seguido, sonríe.
—No es tu culpa, linda; nada lo es —apoya una de sus manos para mantener su cabeza en alto.
Se incorpora de la cama y me obliga a hacerlo; sonríe mientras me ve mirarlo con sospecha y me lleva a la terraza de su habitación. Desconozco si el sitio del apartamento del dueño fue ubicado a propósito o si todo fue una serie de coincidencias, pero desde ese lugar se podía ver el puente de Brooklyn.
Había que admitir que, a cualquier hora del día, la vista era hermosa, pero en la noche superaba todas las expectativas. Imaginaba a su dueño en pie, observando el mundo a sus pies y viendo lo diminutas que son las personas desde esa torre tan alta. No llegué a conocer a Epson Frederick, pero, si algo aprendí sobre él, era su buen gusto y su ego.
—Espero, por tu propio bien, que sea importante... —hablo, girando una vez que me deja en la terraza, y las palabras quedan atascadas en mi garganta.
Veo todo tan irreal y en cámara lenta que debo sacudir la cabeza para verificar que no sea un sueño. Su rodilla se dobla lentamente, mientras en sus dos manos sostiene un estuche con un anillo de matrimonio.
—Caden Desiré Duffy León —empieza a hablar, y apoyo mis manos en los labios, soltando un sollozo al darme cuenta de lo que está sucediendo—. Sé que estamos pasando tiempos difíciles y que, quizás, en algún momento, alguno de los dos, o ambos, queramos rendirnos. Te garantizo que haré todo para no ser yo el que tire la toalla, y volveré a conquistarte todos los días para garantizar que no seas tú quien lo haga. ¿Te gustaría ser mi esposa?
—¿Eres consciente de que es para toda la vida? —le recuerdo, y mira a un lado y a otro, para sonreír después y asentir.
¿Qué cojones se dice en estos casos? Tengo a un hombre, y no cualquier hombre, al gran Gregory Frederick, de rodillas, mostrándome esa sonrisa que solo le brinda a su familia y que hoy es para mí. Casi al borde del desmayo, afirmo sin dejar de llorar y reír; soy un cúmulo de sentimientos contradictorios que no logro controlar.
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Un Frederick en Apuros
RomanceLibro I Saga Frederick Él vive en la zona más exclusiva de New York y es uno de los herederos del imperio Frederick. Ella en el Bronx, en la peor casa de la zona. Él ha crecido en medio de lujos, viajes, cócteles y mujeres, pero tiene un vacío que n...
