—Tengo frío —murmuré tocando mis brazos. Mis dedos eran como pedacitos de hielo acariciando mis antebrazos. No reconocía como natural esa sensación. La enfermera dejó la esponja y se irguió.
—Subiré la calefacción.
Me estaba bañando, o intentaba. Mi pecho al descubierto escocía y no permitía mucho movimiento. Suficiente esfuerzo había hecho al levantarme y me temía que de mi herida surgiera un mar sangriento con cada respiración pesada. La había visto cuando me cambiaron el vendaje la noche anterior: una línea perfectamente recta de diez centímetros envuelta por una sombra carmesí tan oscura como un pozo. Los puntos de sutura hacían de mi pecho un lienzo grotesco.
La enfermera regresó con un par de toallas y empezó a secarme el cabello. Era bonita, pero singular, nada de sus facciones se identificaban del todo, ni sus movimientos al caminar eran normales. Un mechón negruzco escapaba de su apretado rodete mientras me habló.
—El dolor pasará, lo prometo —se me antojó reírme pero mi cuerpo me detuvo. Respiré a duras penas.
—¿Dónde me dijiste que estoy?
—En el Hospital General de Boston.
—Con que Boston —¿y eso dónde está? Más dudas se generaron—. ¿Quién se supone que paga mis cuidados?
Me secó la espalda, los brazos y las piernas. Me ayudó a ponerme de pie y miré el espejo alto a mi derecha, la marca en mi pecho tan nefasta que me molestaba más por no recordar su origen que por el dolor. De inmediato me arrepentí de pensar eso a la hora de volver a vendar mi pecho.
—¿Entonces mis cuidados? —volví a insistir. Tan solo para distraerme de la presión que ejercía el vendaje en mi torso. Me acosté demasiado agradecida.
—No son cosas de las que tienes que preocuparte en este momento, Lena.
—De acuerdo, me preocuparé sobre no saber si ese es mi nombre real. Oh, me encantarán las deudas a futuro. Tengo que idear un pasatiempo que me aleje de la depresión económica que seguro manejo, quizás haré... —fruncí el ceño—. ¿Qué pasatiempos existen?
La enfermera permaneció serena. Aguardó un momento.
—No es nada que importe ahora. Cuando te recuperes y regrese tu memoria todo caerá en su lugar.
—Tienes los dedos manchados —advertí. Manchas negras muy oscuras cubrían partes de los alargados dedos. No se alarmó, más allá de vacilar al mirarme, e inhalar consecuentemente, lo manejó con normalidad.
—Habrá sido un químico. Será mejor que tú descanses antes de la cena. Hay filete.
—Filete, ah, encantador. No recuerdo a qué sabe el filete.
Mis mejores esperanzas de un día mejor las tenía un pedazo de carne.
***
Después de una semana podía sentarme a la mesa de los estropeados y aspirar el puro aroma a enfermedad. Gran variedad de personas de género, edad y complexión compartían veinte minutos de desoladora charla haciéndome sentir como si fuera la de mejor salud en la habitación, Por lejos tal vez lo era. Yo no apretaba los dientes al momento de asearme y cambiar mis ropas y vendas. Por mucho podía respirar mejor.
Pensaba en esa gente y sus distintas penas cuando alguien puso la mano en mi hombro.
—Lena. Pensaba que no te gustaba almorzar cerca de extraños —era mi doctora. Sus rizos pelirrojos enmarcaban su sosegado rostro. ¿Treinta y cinco, casi cuarenta años? Leía su tableta electrónica.
—Ese comentario surgió de un mal momento.
De hecho la semana pasada había tenido días intensamente furiosos y todo me generaba un desagrado extremo a la hora de interactuar con los enfermeros y médicos. Ella lo había denominado algo normal. Una reacción al estrés. Fue mejor eso que aceptar que tenía más problemas de los que creía.
—Claro que sí —sonrió satisfecha, bajando la tableta—. Si terminaste tu comida me gustaría que me acompañaras a mi oficina. Quiero conversar contigo.
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Prohibido Tocarte; Supercorp.
Fanfiction(EN PAUSA) Kara y Lena no podrían odiarse más. Siendo la primera un ángel y la segunda un demonio, la naturaleza de cada una les hace aborrecerse y vivir en un constante estado de mutua destrucción. Pasaron años desde que no cruzan caminos. Pero un...
