41. Deseos imposibles.

6.7K 717 134
                                        

Perder a Lena me hacía ver todo de manera diferente.

Esa última conversación que habíamos tenido el día anterior, lo que compartimos, su insistencia en cuanto a hacer lo correcto...
Apenas se había ido, yo había corrido hacia la biblioteca de la ciudad y desde ahí no me había movido.

Y la única que estaba allí era yo. Todos los demás ángeles seguían preparándose, entrenando, empleando nuevas tácticas de combate. Pero yo estaba en la biblioteca con miles y miles de libros en busca de una solución que nos sacara a Lena y a mí del desastre que significaría la guerra.

Una parte muy grande gritaba que era una perdida de tiempo, que no valía la pena albergar esperanzas y creer que existía una salida. Pero mi optimismo estaba más inquebrantable que nunca y todo lo que pensaba era que dentro de alguno de esos gruesos tomos existía una respuesta.

Pasé leyendo durante medio día todas las estanterías que hablaban de las armas, angelicales y demoníacas. Libros llenos de polvo que no explicaban en ninguna parte cómo encontrar una réplica a una espada poderosa, igual en cada detalle, pero que no asesinara seres del infierno.

Nada. Ninguna alusión siquiera al arma que era actualmente de mi propiedad.

Estuve horas leyendo páginas que estaba segura ya había memorizado hasta que, dando por sentado que en ese lado no hallaría nada, decidí seguir con otra sección; historia de la magia negra.

Desconocía la razón por la cual libros como esos estaban en Hybrion, una ciudad angelical y fundada en base a la luz. Los serafines tendrían que haber prohibido lecturas así hace ya siglos. Pero no ocurría. En la estantería más alejada del centro de tan enorme laberinto había un muy pequeño espacio con libros en estados que dejaban bastante que desear. Como si alguien hubiera tomado cada uno, lo destrozara y volviera a ponerlo sin interés en el mismo sitio.

Ojear los pocos pergaminos colocados a la fuerza entre el espacio de aquellos libros, solo por si acaso no dejar escapar algo importante, no me tomó demasiado. En media hora ya había leído viejas transcripciones de hechizos que ni siquiera clasificaban como magia negra.

Hasta que comencé a leer los libros en cuestión.

Sabía que estarían buscándome, que tenía que asistir al entrenamiento, era mi obligación. Pero bastó con abrir el primero de esos volúmenes para reconocer que no me iría a ningún lado.

Me pasé un rato considerable estudiando cada libro y desechando después los textos llenos de polvo sobre una pila. Pero seguía sin haber nada que me sirviera en lo más mínimo, nada con suficiente sentido. Casi estaba decepcionada de no hallar ningún valor en la tan descuidada sección.

Pero entonces, al tiempo que entendía que en ese lugar no existía nada lo suficientemente bueno para salvar a Lena, descubrí algo totalmente diferente.

El libro en la base de la estantería estaba oculto por hojas rotas y manchadas por el tiempo, muy al fondo e imposible de encontrar de no haber sido porque un desconocido instinto me hizo mirar en esa dirección. No era nada grande en comparación a los otros, más bien llegaría a pasar por uno de bolsillo. Pero llamaba a leerlo, a tocar sus páginas amarillentas y rugosas como si hubiera esperado siglos y siglos en ese rincón. Quizás así era. Y lo tomé.

Inconscientemente acaricié el relieve negro de la primer hoja; un círculo perfecto justo a la mitad y una media luna a cada lado. Las tres formas unidas me recordaban a algo que en algún momento había visto, tal vez hace siglos atrás.

Dejé atrás la ilustración y empecé a leer.

Los primeros capítulos detallaban a la perfección como se creaban hechizos curativos o simples brebajes con ingredientes sacados de la naturaleza. Me comenzaba a preguntar qué tenía que ver la magia negra con ese tipo de cosas cuando llegué al sexto capítulo.

Prohibido Tocarte; Supercorp.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora