(EN PAUSA)
Kara y Lena no podrían odiarse más. Siendo la primera un ángel y la segunda un demonio, la naturaleza de cada una les hace aborrecerse y vivir en un constante estado de mutua destrucción.
Pasaron años desde que no cruzan caminos. Pero un...
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El hogar del señor del infierno había cambiado desde mi última visita. Ni túneles, ni puertas extrañas ni oscuridad. El lugar en donde había aparecido parecía una casa común y corriente, aunque extravagante, de esas en el mundo mortal, con piscina en el jardín trasero y césped recién cortado. Las ventanas estaban abiertas y en el balcón una planta alcanzaba un buen metro.
Solo para asegurarme miré el cielo escarlata lleno de nubes cargadas como si de sangre se tratase. Al menos seguía en el infierno, pensé.
Di los pasos necesarios hacia la puerta, a través del camino con flores rojas y azules. Esta se abrió sola, cosa que no me sorprendió ni me hizo retroceder. Seguí el aroma extraño, uno que existía en alguna parte de mi memoria pero que no podía clasificar, y entré a su hogar.
Ni bien estuve en su interior vi al mismísimo Lucifer. Estaba sentado en un sofá de cuero negro frente a un televisor gigante, mirando un reality de cocina. Frente a él tenía una mesa rectangular baja, donde diferentes bebidas rodeaban un plato de galletas de chocolate.
—Le pedí a una pastelera de por aquí que recreara sus mejores postres y no pude resistirme a estas cositas tan deliciosas —dijo de pronto tomando entre sus dedos elegantes una galleta del tamaño de su palma. Yo no hice ningún sonido y seguí parada en mi lugar, incluso cuando me miró de una buena vez seguí inmóvil. Su sonrisa se agrandó y se fue poniendo de pie—. Pero si es mi reina favorita, ¿a qué debo el honor de tu visita?
No se me escapó lo delicado que sonó ese título en su voz. No lo escuchaba ni asumía hace ya tiempo. No era una mentira que ser reina ya no me importaba.
—Creía que eras el único ser aquí que sabría con certeza la respuesta —contesté con una tosquedad que no fue intencionada. El señor del infierno se mostró igual de imperturbable en tanto se metía una mano en el bolsillo del oscuro pantalón. —Yo sé muchas cosas y a la vez ninguna. Por ejemplo... Sé que debes de estar muy ocupada estos días, con la guerra y eso —la palabra destacada y terrible que significaba mi propio final la dijo como si hablara del clima. Se tomó su tiempo en volver a hablar, saboreando la galleta—. Sé que tu poder hará que muchos ángeles estén muertos en un pestañeo, como también sé que las alas angelicales aniquilarán a una gran porción de las legiones ni bien las desplieguen. Pero lo que no logro entender es qué lleva a alguien como tú a mostrarse tan molesta por la declaración de una guerra. —Una guerra que nadie nos quiso explicar —le espeté. El desafío que vibraba en mí no lo podía controlar, se liberaba por su cuenta sin importar quién estaba a tres pasos de distancia—. Una guerra que por cierto nadie comprende de dónde llegó.
La sonrisa de Lucifer se ensanchó un poco más. Dio otro paso hacia mí, la galleta por la mitad desapareció de su mano como si nunca hubiera estado allí.
—No he tenido noticias de tu plan con tu amiga de los cielos. ¿Kara, cierto? ¿Cómo sigue todo? —No creo que eso importe ahora —repuse sin romper el contacto visual. Su risa llenó mis oídos y pronto el acento inglés jugó con mi autocontrol. —No me digas que te has encariñado con un ángel.