40. Adiós, de nuevo.

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Lena tenía los ojos llenos de lágrimas cuando me miró.

Un nudo se atoró en mi garganta al afrontarme a tal escena. Porque resulta, y eso lo sabía yo muy bien, que los demonios nunca lloran. No pueden, no tienen porqué, no los crean para ser vulnerables o mostrarse siquiera medianamente débiles. Por lo tanto nadie jamás podría decir que el llanto de un ser del infierno causaría tanto dolor en el corazón que la sola visión sería insoportable.

La sangre demoníaca todavía se removía en mis venas, podía sentirla, pero nada de eso me importaba en aquel instante. Nada más allá de una Lena desolada y completamente indefensa a centímetros de mí. Así que me acerqué más. Me acerqué a ella y despacio la estreché entre mis brazos. No sé resistió, no emitió ninguna queja o se molestó cuando el ardor, por el momento leve, quemó donde nuestra piel se tocaba.

Terminó apoyando la cabeza en el hueco de mi cuello, sollozando muy bajo. Enterré mis dedos en su cabello, tan oscurecido que mi mano contrastaba, y la acaricié. Su respiración irregular chocando contra mi clavícula estaba comenzando a arder pero no hice caso.

Lena habló cuando yo tenía la vista fija en la espada en el suelo a metros nuestro. Brillaba con más intensidad, la luz de la hoja me hacía pensar en la clase de esplendor que tenían mis alas, un fulgor igual de hostil.

—Comienzas a quemar —dijo hundiendo más su rostro en mí—, la sangre demoníaca debe estar desapareciendo.
—No importa.
—Kara.
—Dime.
—Tengo el terrible presentimiento de que luego de hoy no volveremos a vernos. No de este modo.

Una pausa. Silencio. Sí, lo había pensado un momento después de que Lena comenzara a llorar. Había tenido la pésima sensación de que el momento que habíamos compartido había sido demasiado perfecto como para repetirse, dadas las circunstancias.

Fue entonces, en aquel instante en el que todo se nos iba demasiado rápido, que tomó mi mano libre y la sujetó con fuerza. Solo era un cosquilleo de calor, aún no alcanzaba a doler, pero no quitaba que el pecho lo sintiera como si me hubieran perforado un centenar de espadas al tiempo. Así que hice lo mismo. Apreté su mano y observé la espada, la habitación que ya no estaba en llamas, incluso nuestros cuerpos que seguían desnudos.

Pensé en todas las cosas que podrían haber salido de otra manera de haber tomado una mínima, muy pequeña, decisión diferente. Me pregunté si estaba realmente en mis manos el destino de tantos mortales. Si, de llegar a ser egoísta, la culpa caería en mí por no cumplir mi deber. No veía cuál era el problema en rendirme, en solo ignorar mi destino. No veía la conexión entre no matar a Lena y destruir toda la humanidad. ¿Qué sería lo peor que podía suceder de dejarla vivir?

Como si estuviera perfectamente al tanto de cada uno de mis pensamientos ella volvió a hablar.

—Debes hacerlo —su voz ya no estaba quebrada, su tono era el más seco cuando se reincorporó. Extrañé al instante su cercanía pero su mirada me hizo querer tragarme los sentimientos—. Cuando llegue el momento, hazlo.
—Dudo que entiendas lo difícil que es aceptar algo como eso.
—El infierno no puede ganar la guerra y tú lo sabes. Los mortales...
—¿Qué te hace creer que todo acabará cuando mueras? —le interrumpí, incrédula ante la facilidad con la que hablaba de su propia no tan lejana muerte—. ¿De verdad piensas que tus demonios se van a retirar cuando yo te... ? Lena, no... No creo ser capaz.

Hubo otra pausa, más larga que la anterior, más llena de tensión. Al alzar la vista sentí un ligero mareo, una punzada en un costado de mi cabeza. La sangre demoníaca que me había ayudado a recuperarme de tal estado exhaustivo ya casi desaparecía. Volvía a sentirme un poco más débil, algo más torpe.

Lena exhaló, seguramente no le había pasado desapercibida mi mueca.

—Mis legiones están unidas a mí por un juramento de sangre. Sentirán que el poder que los une a mí se diluye, sentirán que toda protección que su líder puede darles se extingue. Y, más allá de la incertidumbre que sientan al perder un arma tan poderosa, estarán destruidos. Son leales a sus superiores. Son leales a mí, demonios o no, tienen un honor. Mientras estén atados a mí sabrán cuando muera, y cuando lo hagan... Vale, pueden suceder dos cosas; o pelean en señal de venganza o simplemente se van.
—¿Y tú no estás rompiendo alguna tétrica regla haciendo esto? ¿Acaso ese juramento no te fuerza a seguir las normas? Quiero decir, estás... Bueno, no precisame de mi lado, pero... —fruncí el entrecejo demasiado aturdida como para pensar. Todo era ya muy complicado y ni siquiera había empezado. Para mi suerte, Lena habló nuevamente.
—El juramento solo actúa en las legiones, no en mí. Ellos están obligados por sangre y lealtad a cumplir mis órdenes. Por mi parte solo cuentan con mi palabra y eso es algo que vale mucho. O al menos valía meses atrás. ¿Sabes, Kara? Puedes usar la palabra. Puedes decir en voz alta que cometí traición contra mi propia naturaleza porque me enamoré de un ángel. Ya no es algo que me afecte de todas formas.

Prohibido Tocarte; Supercorp.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora