Abrí los ojos cuando mis pies tocaron suelo duro.
Mi vista tardó en acostumbrarse a la penumbra pero, al ser finalmente consciente de que ya no estaba en el cielo, me vino a la memoria lo que hace apenas segundos había pasado.
Contemplé mi mano a través de la falta de luz y caí en cuenta de que el corte hecho hace menos de un minuto ya no estaba. Luego toqué mi propia piel; ni rastro de la sangre o siquiera cicatriz.
Alcé la cabeza en dirección a la única fuente de luz. Un pequeño candelabro con una sola vela descansaba en la mesita junto a una cama. Tragué con fuerza, percibiendo un ligero sentimiento de familiaridad en la boca del estómago. La magnitud de ese cuarto, la mesa de noche, y hasta la forma de la ventana que daba a una noche estrellada sobre largas extensiones de campo. Las manos me temblaron al igual que las piernas cuando me acerqué varios pasos al candelabro. Ignoré la cama, no la miré ni una vez, y muy despacio encendí la otra vela. Fue como si mi mente gritase que había repetido ese movimiento cientos de veces hace mucho mucho tiempo.
La habitación terminó de iluminarse y ahogué un grito de sorpresa. Los cuadros estaban donde se suponía que debían, la estantería permanecía en su inamovible sitio, un vestido extravagante de épocas pasadas colgaba solemne en un perchero junto a la puerta y, en la cama, yo dormía. Mi conmoción era tan grande que mis alas se extendieron por sí solas, dejando salir toda la luz que en ese momento pensé que no poseía, dejando el cuarto tal y como si fuese plena mañana.
Por más que traté de obligarlas a regresar a su lugar no me hicieron ningún caso. Estaban tan extrañadas como yo.
No moví ni un músculo al ver la figura en la cama revolverse, soltar un gruñido y girar la cabeza exactamente en mi dirección, abriendo los ojos. No podía ser verdad. No podía estar viéndome a mí misma y... Ella tampoco podía verme a mí. No a un ángel en todo su esplendor. Debía tratarse de un sueño, uno muy perturbador.
—¿Quién eres tú? —murmuró mi voz, ella, más débil e insegura. Entonces sí me estaba viendo. ¿Pero cómo no me reconocía?
—¿No sabes quién soy?
—¿Qué haces en mi habitación? ¿Por qué hay tanta luz? —reparé en el espejo a metros de mí. Mi rostro seguía siendo el mismo, más allá del detalle angelical y los rasgos algo marcados. Era la misma, no podía no reconocerme. Reprimí mi propia confusión y por el bien de lo que ocurría intenté ir despacio.
—¿Cuál es tu nombre?
Ella miró tras de mí a la puerta que yo obstruía, probablemente contando sus salidas de escape. Volvió a mi rostro... me observó con miedo. Era increíble que el brillo que liberaban mis alas no le hiciera nada. Ya no estuve segura si podía verlas.
—Kara —susurró incorporándose en la cama. Un collar se balanceó en su cuello y recordé el momento justo en el que Lena me lo había regalado cuatrocientos siglos atrás. Un año antes de que el destino nos pusiera en caminos distintos—. ¿Quién... quién eres?
—Soy... alguien que no conoces todavía.
—No entiendo. ¿Cómo entraste aquí?
—Ojalá lo supiera —repliqué con el peso del cielo entero sobre mi cuerpo—. ¿Puedes decirme qué día es hoy?
—Veintidós de noviembre.
—¿De qué siglo? —frunció más el ceño y por como me miró creí que no respondería. Sin embargo, y pese a la duda reflejada en su cara, me contestó.
—Dieciocho.
Darme cuenta de que en no más de tres meses esa versión de mí ya no existiría me hizo doler el pecho. Pero pensar en que no muchos kilómetros lejos de allí alguien por completo inocente tendría un futuro todavía más terrible depositó en mi cuerpo una pena intolerable.
—Te noto confundida —me escuché decir desde la cama. No percibí nada de miedo, pero tampoco reconocimiento. Miré el espejo una vez más solo para comprobar que seguía siendo la misma. La Kara humana habló de nuevo—. ¿Estás perdida?
—No. No lo sé.
—¿De dónde eres?
—No de por aquí —ella asintió, observó la habitación y suspiró resignada.
—Esperaba tener un sueño más interesante.
—¿Un sueño?
—Sí, bueno, he tenido pesadillas últimamente. A no ser que te vuelvas una araña gigante no veo como este se convertirá en uno más emocionante.
—¿Sueñas con... arañas gigantes? —pregunté desconcertada. Ella puso los ojos en blanco y negó.
—Con lugares extraños más que nada. Cementerios... casas abandonadas en las que nunca he estado. Cosas así.
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Prohibido Tocarte; Supercorp.
Fanfiction(EN PAUSA) Kara y Lena no podrían odiarse más. Siendo la primera un ángel y la segunda un demonio, la naturaleza de cada una les hace aborrecerse y vivir en un constante estado de mutua destrucción. Pasaron años desde que no cruzan caminos. Pero un...
