2.- The Day We'll Be Gone

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"Cold, the hand of fate
Cruel, falls down relentless the curtain on passing flesh
Death, the close of existence"

Había una gran cantidad de gente reunida. Conforme Hong'er avanzaba se encontraba con una multitud cada vez más grande, pero él se mantenía en la periferia sin llamar su atención. Tenía miedo de que alguien lo viera y lo echaran de allí a patadas, si más gente lo veía más gente lo golpearía y... no deseaba morir así.

Ya había sufrido en su corta vida, deseaba una muerte tranquila.

La muchedumbre comenzó a inquietar al niño, que veía cómo las personas se apiñaban unas sobre otras para ver mejor lo que sucedía en la calle central. Hong'er, con el fatalismo propio de quien aprecia sus últimos segundos de vida y no se distrae en nada más, ignoró el bullicio completamente mientras avanzaba con la cabeza gacha hasta que escuchó algo que le hizo detenerse.

— ¡San Lang!

Hong'er volteó bruscamente solo para ver a un niño pequeño correr a los brazos de su madre. El niño reía mientras su madre lo regañaba suavemente por separarse de su lado.

— San Lang, no vuelvas a asustar así a mamá— dijo la mujer—. Podrías perderte entre la gente.

— Lo siento, madre— dijo el niño abrazando a la mujer, ocultando el rostro en su pecho.

Aquella escena bastó para hacer añicos la tranquilidad de Hong'er. Sus ojos se llenaron de lágrimas y dio media vuelta echando a correr hasta llegar a una torre, la cual subió apresuradamente sin prestar atención a nada y sin que nadie lo viera. Su padre dijo que a nadie le importaría si moría... ¿pero si lo hacía tampoco lo vería nadie? Su vida no sería nada más que un sucio secreto que no vería la luz, sus familiares se olvidarían de él y seguirían adelante... y él estaría con su madre.

La muerte... ¿Es así de solitaria?

Hong'er llegó a lo alto de aquella torre saltando sin meditación alguna. Su único deseo era morir, dejar la vida miserable que le había tocado para buscar a su madre en el inframundo e ir con ella, seguirla a donde quiera que fuera para no separarse nunca más. Sin embargo, mientras caía, notó la gran cantidad de gente que se había reunido, vio el desfile que se llevaba a cabo a poca distancia de allí y vio lo lejos que se encontraba el suelo. ¿Y si llegar hasta él dolía? El pánico se apoderó de Hong'er mientras se dirigía inexorablemente hacía el vacío a una dolorosa y agonizante muerte...

Y gritó. Gritó con todas sus fuerzas mientras cerraba los ojos, esperando el impacto que apagaría su existencia, aguardando por el sufrimiento final que pondría fin a su miseria.

Pero eso no pasó. ¡Alguien había saltado en el aire solo para atraparlo! Hong'er se aferró a esa persona, volteando para mirarlo... y se quedó anonadado: era la persona más hermosa que había visto.

Una figura de negro se acercó apuntando su arma al pequeño, y su salvador lo evitó con una espada. Sujetando con fuerza al niño, aquella persona susurró una frase con voz dulce para apaciguar su zozobra, asegurándole que estaba a salvo:

— ¡No tengas miedo!

°°°°°

— Su Alteza, ¿qué hace trayendo a ese niño aquí dentro?

Hong'er seguía aferrado a aquellas ropas blancas como si su vida dependiera de ello, sin atreverse a mirar más allá de aquel rostro, de aquella persona que lo sostenía con suavidad y no lo había rechazado como todos los demás, sin estar dispuesto a dejarlo ir. De repente, aquellas palabras entraron a su mente y su ojo negro se abrió con sorpresa: ¡Su Alteza Real, el Príncipe Heredero de Xian Le, era la persona que lo sostenía en ese momento! Quiso llorar, esta vez por la alegría, pero se encontraba demasiado conmocionado como para responder incluso a las preguntas que Su Alteza le dirigía, simplemente se limitaba a mirarlo.

De repente se sintió indigno de estar entre los brazos de tal persona.

— Su Alteza, el niño probablemente no se atreve a hablar, obviamente está asustado.

No lo estaba. Pero...

Pero...

— Tontito. Feng Xin, busca a alguien que lo saque por las puertas laterales cuando haya una oportunidad. Mira si está herido, su cabeza está envuelta en vendas.

— Está bien, démelo.

¡No! ¡Aún no me quiero ir!

Hong'er se aferró aún más a las ropas blancas del Príncipe Heredero. Era un monstruo tan indigno de tal honor... pero no quería que aquel privilegio terminara. Su acción, su negativa a soltarlo, provocaron un coro de risas provenientes de las personas allí reunidas, incluso de él. La risa del Príncipe Heredero bastó para iluminar su pequeña mente.

— Tengo mis propias cosas que hacer. Ve a casa, pequeño niño.

"Ve a casa"

Con algo de desgana, Hong'er finalmente aflojó su agarre siendo cargado por aquel sujeto, Feng Xin. Claro, era de esperarse: era el príncipe de su nación, seguro tenía cosas más importantes que hacer que preocuparse por él, una pequeña molestia que solo ocupaba espacio a donde quiera que fuera. Que tonto había sido al aferrarse de ese modo.

— Ven aquí, déjame ver— indicó Feng Xin.

— ¡Ah!

Hong'er pateó a aquel sujeto y salió huyendo antes de que pudiera retirar los vendajes de su cabeza, antes de que pudiera ver los golpes... y su ojo, ese ojo que le había valido el odio de quienes lo habían visto. Ya tenía suficiente con el desprecio de su padre y sus hermanos, no quería recibir también el desprecio de un funcionario del gobierno, así que solo huyó, lejos del palacio, volviendo a la miseria de la que había pretendido escapar.

La estrella de la soledadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora