"Here's to the fall
Here's to the darkess that comes for us all
Turning day into nigth..."
Era su tercer hijo.
La pareja no podía estar más emocionada. Eran una familia pobre, sí, pero sin duda saldrían adelante, por sus tres hijos. Sus tesoros más preciados.
Habían esperado este momento, el nacimiento de su pequeño, con tanto entusiasmo, y al fin el día había llegado. ¡Un buen destino esperaba para él, sin duda! Sus recursos eran limitados, pero estaban seguros de que podrían darle una buena vida y las armas necesarias para sobresalir en el mundo.
Su familia cambiaría mucho después de esto, sin duda.
Finalmente, luego de horas en trabajo de parto, la mujer pudo tener en sus brazos a su recién nacido hijo, su preciado niño, el fruto de su amor y su querida esperanza.
Su pequeño Hong'er.
Sin embargo, cuando el pequeño en sus brazos abrió los ojos no pudo evitar observar anonadada. Su esposo se acercó a ella para ver a su hijo, mostrando una mueca de desprecio al ver aquello en sus ojos. Todo rastro de amor que hubiera podido albergar se desvaneció con ese pequeño detalle que lo echó todo por la borda.
— Ese mocoso solo va a traernos desgracias— declaró sombríamente.
La mujer no lo escuchó. ¿Cómo podría ser posible que un simple ojo llame a la desgracia? Ella solo miró a su niño, sin importarle la heterocromía de su mirada, y depositó un beso en su frente. ¿Qué importaba si su ojo derecho era de un llamativo y vibrante color rojo?
Hong'er era su hijo, y lo amaría sin importar nada.
ººººº
Hong'er tenía cuatro años cuando su madre murió.
Por lo general, era difícil que los niños a esa edad fueran capaces de recordar nada en especial, pero él sin duda recordaría todo por siempre: recordaría las veces que ella lo tenía en sus brazos, cuando acariciaba su cabello, las noches en las que le cantaba una canción para dormir. Todas esas vivencias permanecerían en su joven memoria por siempre, serían sus memorias más preciadas.
Lo que más recordaría, sin embargo, sería las formas cariñosas en la que siempre le llamaba.
— San Lang, San Lang, ven aquí.
Su padre siempre lo miraba con disgusto y sus hermanos lo ignoraban, pero ella siempre estaba ahí para él, y el pequeño corría hacia ella con una sonrisa. Y siempre, cuando estaba a su lado, ella siempre apartaba su cabello para observar su rostro completo, admirando la hermosa heterocromía de su pequeño, mirando alternativamente su ojo derecho rojo y su ojo izquierdo negro. Ella era la única que lo apreciaba realmente.
— Nunca te sientas menos que nadie, mi pequeño Hong Hong'er— decía—. Tú eres especial, muy especial.
Sus pocos momentos de felicidad estaban relacionados con su madre, y ahora ella ya no estaba. El corazón del niño estaba roto, él se encontraba devastado. No podía dejar de llorar por su pérdida, la única persona que lo amaba se había ido y lo había dejado. ¿Por qué la vida era tan injusta y le quitó a su querida madre? ¿Por qué ella? Había muchas otras personas en el reino, ¿por qué la muerte tuvo que llevarse a su mamá?
— Mamá...— sollozó el pequeño de pie frente a su modesta tumba.
De repente, sintió un fuerte tirón en sus cabellos y gritó por el dolor sujetando aquella mano que lo tenía sujeto, Hong'er fue volteado violentamente solo para recibir una cachetada en la mejilla derecha.
— ¿Ya estás satisfecho?— increpó su padre con furia—. ¡Esto es por causa tuya!
— ¡No es cierto!— gritó el niño, sollozando.
— Te tomó cuatro años pero finalmente lograste matar a tu madre.
El hombre arrojó al menor de sus hijos al suelo, frente a sus hermanos mayores, y lo señaló con un dedo de fuego, diciendo con tono acusatorio:
— Tú serás la ruina de esta familia en algún momento. ¡Ni siquiera debiste nacer!
Y esa frase, esa sencilla frase, fue el inicio de su calvario.
ººººº
Para cuando fue consciente del tiempo transcurrido, habían pasado seis años.
Seis años de lenta y tortuosa agonía, de maltratos seguidos, de golpes y descuidos. Su único consuelo era poder visitar la tumba de su madre para dejarle algunas flores, así lo hiciera de noche. El pequeño Hong'er solía cubrir su rostro con vendas debido a los golpes recibidos de parte de su padre y sus hermanos, pero más que nada su objetivo era cubrir su ojo derecho, ese ojo rojo que su madre solía admirar y que se había vuelto la razón de su desgracia.
— Eres un monstruo— solía decir su padre—. ¿Quién se molestaría en cuidar de una aberración como tú? Podrías morirte y a nadie le importaría.
Hong'er lloraba silenciosamente acurrucado en el rincón al que había sido confinado para que durmiera, sin siquiera tener una manta pensando en las últimas palabras de su padre. Lo más descorazonador de todo era que tenía razón: si él moría a nadie le importaría, ni a su padre ni a sus hermanos, ni a los demás niños que solo lo veían como un saco de boxeo. Nadie lloraría por él, nadie lo extrañaría... pero estaría al lado de su madre. Podría sentir de nuevo la calidez de sus brazos y la escucharía de nuevo llamarle con cariño y cantarle para ir a dormir.
La perspectiva de la muerte le hizo sonreír ampliamente y se puso de pie, saliendo de su hogar, dispuesto a buscar su muerte para no sufrir más.
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La estrella de la soledad
Fiksi PenggemarMuchas cosas se dicen sobre el rey demonio Lluvia Sangrienta que busca la flor. Existen cientos de leyendas y rumores alrededor de su figura, siendo una cosa algo constante e innegable: el reino celestial le teme, el reino mortal lo adora y el reino...
