El trastorno de identidad disociativo comúnmente llamado personalidad múltiple es como si varias personas conviviesen dentro de un mismo cuerpo.
Aquí narro mi día a día en este cuerpo relatado en historias cortas. Demostramos que no somos lo que el...
¿Es así como debería ser? Poco a poco me acostumbro a esta vida.
Pasaban los días tras la ruptura y todo parecía mejorar en muchos aspectos. Poco a poco íbamos confiando más y más el uno en el otro y aprendimos a cambiarnos el control del cuerpo a voluntad aunque es difícil explicar exactamente que se siente al hacerlo.
Tomábamos largos paseos hasta la playa y volvíamos a casa lo cual nos llevaba unas 4 horas y durante todo el camino hablábamos sobre todas las cosas que nos ocurrían o de lo que íbamos o queríamos hacer.
Poco a poco aquello se convirtió en una sana rutina que haría que estuviésemos más unidos de lo que nunca lo habíamos estado y la situación empezaba a ser del todo favorable para nuestro bienestar.
Creamos unas listas de música para Óscar y otra para mí con los temas que más nos gustaban aunque las listas no distaban mucho de ser prácticamente similares ya que la música que yo había escuchado era claramente la que él me había estado ofreciendo. Descubrí en la música clásica una variedad de sonidos y melodías que me gustaba escuchar y me hacían adentrarme en mis pensamientos mas profundos. Aquellos paisajes bañados por las olas resultaban extremadamente relajantes y el aire puro llenaba nuestros pulmones con mucha paz.
También compartíamos momentos mas cotidianos como hacer la compra o limpiar la casa que poco a poco se convertían en mis costumbres diarias y que marcarían mi personalidad.
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Y así iban pasando los días sin mayores problemas, al fin entendí que la soledad (si es que puede llamarse así) no era tan mala después de todo y nos hacía más fuertes y fieles con respecto a los problemas que surgían del día a día. También poco a poco Óscar iba dejándome cada vez más a menudo al control del cuerpo cuando se trataba de estar en nuestra vida laboral, aquella fábrica que a pesar de no ser el lugar más cómodo del mundo nos ofrecía una estabilidad económica para afrontar el mantenimiento del cuerpo y el hogar que tanto adoraba.
Todo parecía funcionar con la precisión de un reloj y prácticamente empezamos a funcionar como si yo hubiese estado toda su vida metido en este cuerpo ya que sin darme cuenta pasaba casi todo el día controlando el cuerpo y dejándole descansar de todas las tareas que ya había aprendido a hacer sin su ayuda.
Ya habían pasado casi 2 meses desde que yo tomé conciencia de mi mismo en este cuerpo y pensaba que las cosas nunca iban a cambiar pero eso no era exactamente lo que estaba a punto de ocurrir y aún pensando que todo se complicaría estaba a punto de aparecer un fenómeno en nosotros que me marcaría para siempre.