7. Una promesa que se incumpliría

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Nada más salir vi a Lexie dirigiéndose hacia su habitación de nuevo, así que la seguí, sentándome a su lado en su cama.

La vi acercándose al botiquín a su otro lado y abriéndolo, buscando alguna cosa en concreto, así que dejé la toalla a un lado y me quedé en ropa interior.

Sacó una especie de algodón y un rodillo de venda, junto con una botella de yodo, dejándolos desperdigados por la cama.

—Mira hacia allí.— me señaló hacía una pared a mi izquierda— Y ahora, necesito que me cuentes porque ahora mismo estás aquí conmigo y no siendo devorada por monstruos en esa casa.

—En esa casa no hay ningún monstruo, Lexie.— le respondí, casi con gracia— A ver, yo solo empecé a correr y entonces...

Le iba contando todo, con detalles incluidos, mientras ella aplicaba el yodo y me hacía soltar ruidos de vez en cuando por el escozor de este.

No podía verle la cara, pero sabía que tenía el ceño fruncido y se estaba mordiendo el labio, como siempre lo hacía cuando estaba concentrada.

—Y luego le dije al maldito panadero que...

—¡Ya está!— me cortó abruptamente— ¡Mira que bonita has quedado, pareces un regalo!

No entendí lo que decía hasta que me levanté para ir al baño a mirarme en el espejo y vi que tenía un gran trozo de venda atado en la frente en forma de lazo, para aguantar el algodón de atrás de mi cabeza.

Sí que parezco un maldito regalo.

¡Voy a matarte!— grité volviendo a la habitación—¡Estoy horrible!— antes de que me abalanzara sobre ella, habló.

—¡Ni que alguien te fuera a ver así!

Esas palabras me dejaron pensando, congelada en mi sitio. ¿Qué haría ahora? Dudaba mucho que me dejaran escapar así como así.

—¿Qué pasó con la última persona que consiguió escapar?— pregunté sentándome de nuevo en la cama.

Ella se arrodilló en frente mío, examinando mi rodilla y empezando a curarla.

—Hará unos once años de eso, yo era muy pequeña, tenía unos cinco, si no me equivoco, pero lo contaban siempre en mi clase, prácticamente cada año de la primaria, así que me enteré más tarde.— yo le prestaba suma atención— Un hombre consiguió escapar de los que lo perseguían y esconderse en algún lugar, y nadie lo encontró durante un día entero.

»Pero al día siguiente los uniformados aparecieron por todos lados, registrando la isla de arriba a abajo, casa por casa, y piedra por piedra, hasta que lo encontraron subido en un árbol. Las hojas eran tan abundantes que nadie lo había visto allí arriba.

»Se lo llevaron entre cuatro uniformados sujetándole muy fuerte, e incluso golpeándole si daba algún indicio de querer escapar. Supongo que a partir de ahí la gente tuvo miedo de todos esos hombres, así que nadie volvió a intentar escapar si eran atrapados, hasta ahora.— finalizó levantando la vista durante un momento— ¿Sabes siquiera en el lío en el que te has metido? Quiero decir, estoy feliz de que estés aquí, pero no quiero que esos hombres vengan a por ti.—parecía que iba a empezar a llorar otra vez.

—No vendrán a por mí porque soy la mejor escapando.— le dije guiñandole un ojo.

Lo cierto es que estaba aterrada, pero prefería no demostrarlo delante de ella, necesitaba protegerla, al menos todo el tiempo que estuviera allí.

Se levantó, dando por acabado su trabajo en mi rodilla, dejándola vendada al igual que la nuca. Me aplicó una crema en la marca de la mandíbula y me prestó un pijama rosa con corazones blancos.

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