II

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Durante todo el interrogatorio en el centro de detención, estuvo con la mirada pérdida y la mente ida, completamente vacía. Los responsables de llevar el caso le habían dicho una y otra vez que era mejor confesar. La legislación del estado lo beneficiaría si lo hacía, caso contrario, tendría que contratar a un abogado. Sería costoso y agregarían sumas adicionales sin llegar a nada. Ya tenían su ADN de todas formas.

Al comienzo Naruto se mostró reacio a decir nada, pues su mente naufragaba en períodos de intermitente inconsciencia a causa del estrés y el trauma al recordar la escena. Cuando la persuasión no funcionó, fue golpeado, maltratado y casi ultrajado para forzarle a decir la verdad.

Hubo gritos, pataleos y ruegos de su parte, luego de nuevo nada.

Lo dejaron en una habitación oscura por doce horas, sometido a toda suerte de presión psicológica, encerrado con sus agobiantes recuerdos hasta que no pudo más.

Entonces si firmó la confesión. Lo hizo porque ya no soportaba, porque necesitaba que lo dejaran en paz.

Los días siguientes, se le mantuvo bajo estricto régimen de incomunicación. Había perdido casi automáticamente todos sus derechos legales y ahora era oficialmente un recluso por lo que lo trasladarían a prisión en espera del dictamen de la fecha de su ejecución.

Naruto intentó apelar a todos los medios posibles para que se le permitiera hacer una llamada, solo una a su abuela, pero le fue negada de inmediato. Lo hicieron vestir un sobrio uniforme gris y cuando las esposas le fueron colocadas, el peso de la situación amenazó con asfixiarlo. Mientras hiperventilaba, lo condujeron a su celda temporal.

Iba a morir. Se aferró por dos días enteros al vago alivio de reencontrarse con Sasuke. Todo era un error, y no entendía cómo es que había llegado a esos extremos. Había explicado infinidad de veces lo que ocurrió, cómo ocurrió, en qué condiciones y bajo qué circunstancias, pero aún así, no fue suficiente.

No comprendía bajo qué directrices habían guiado la sentencia en el juicio. Cuáles eran las pruebas, además de las muestras de ADN.

Lloró noches enteras, aferrado a los barrotes, golpeando los muros y recordando.

A Sasuke.

A sus padres.

Antes de que terminara la segunda semana, un miembro del tribunal se presentó para ofrecerse a anular la sentencia solo en caso de que aceptara dos condiciones. La primera era someterse al arresto domiciliario por un período de cinco meses, la segunda no la dijo, pero le extendió entre los barrotes un contrato que debía firmar sin demora si deseaba salvar su propia vida.

Con trazos temblorosos, sin detenerse a leer nada, Naruto adjuntó su segunda firma.

El indulto se le concedió al reevaluar puntos de relevancia que habían sido omitidos en el juicio, tales como la motivación del crimen, la forma en qué fue llevada a cabo, el resultado del crimen, y los antecedentes penales del acusado (inexistentes en su caso).

Luego de la apelación final de proceso a la corte, los registros de todo el juicio se enviaron a la oficina de la fiscalía junto al informe detallado con las causas de muerte. A la espera del proceso de aprobación, se le concedió la libertad condicional bajo las pautas establecidas en el contrato y se le puso un brazalete electrónico en el tobillo para monitorearlo.

Cuando Naruto abandonó la prisión, afuera le esperaban cientos de reflectores. Había intentado llamar a su abuela Tsunade, pero fue inútil. Uno de los guardias lo custodió hasta el interior de un lujoso Mercedez negro que Naruto no reconoció enseguida. Una vez dentro, el aire que había estado acumulando se vertió de golpe junto al lastimero llanto que le había asediado día y noche desde la muerte de Sasuke.

El conductor activó los seguros y solo entonces Naruto se enjugó las lágrimas.

Fugaku Uchiha le dirigió una mirada de hielo al enfocarlo con el espejo retrovisor. A Naruto le faltó el aire para hablar.

¿Qué hacía allí Fugaku?

¿Por qué había ido por él?

¿Hacía donde lo llevaba?

Entonces recordó el contrato que había firmado. Su mente empezó a atar cabos lentamente. Fue hasta entonces que supo, que su pesadilla no había hecho más que empezar.

Cicatrices.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora