Capítulo 34: Fugaces como las estrellas parte 1.

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Shelley.

Horas antes:

—Shelley, vete.

Volvió a decir mamá luego de que por quinta vez le robara un poco de queso del que tenía sobre la encimera de la cocina para hacer lo que sea que iba a preparar de cena.

Robert sonrió con complicidad mientras pasaba por su lado y me metía un poco más de queso a la boca mientras mi madre se ponía modo chef regañona.

Salí de la cocina para sentarme en un sofá antes de que la bomba nuclear con nombre de mi madre estallara; esta noche había empezado muy bien. Mamá llegó un poco más temprano del trabajo mientras yo estaba encerrada en mi habitación viendo un programa. Nos animó a que la ayudáramos a preparar una cena, pero como ven, yo salí despedida por no poder dejar mis manos y boca quietas.

En mi defensa, amo comer.

—¡Shelley!

—¡Está vez no me robé nada de la cocina mamá!

Me giré para quedar de frente a ella y enseñé mis manos en un gesto inocente.

—¿Estás segura? Creo haberla oído llevarse un paquete de papas fritas. —Comentó Robert con una sonrisa y lo miré mal.

Traidor.

¡No hice eso! Me está incriminando.

—Lo sé, pero esta vez no te estoy acusando de nada, en realidad necesito pasta de tomates para la pizza, se me ha ocurrido hacer eso para cenar.

—¿No ibas a hacer ravioli?

—Cambio de planes, Robert quiere pizza.

No puede ser.

—Pero, no tengo pasta de tomates.—Volvió a decir.

—No te parece irónico que seas una cocinera en un restaurante italiano, hagas pizzas y pastas a diario ¿y no tengas pasta de tomates?

Robert se río.

—Oh vamos, necesito que vayas a comprar mientras preparo la masa.

—Mamá. Mira el cielo, está que llueve a cántaros.

—Pues ponte un suéter, total, dentro del auto estás segura.

—No lo puedo creer ¿quién eres y que hiciste con mi madre? El año pasado casi me dejas sorda por gritarme que no querías que saliera en medio de la lluvia.– dije indignada.

— Las cosas han cambiado. Sí sales ahora capaz llegas antes de que llueva.

Robert siguió sonriendo, esto era su culpa.

Dios mío, lo que hace uno por amor.

—Está bien.

— Excelente. Cerca de tu facultad hay una tienda que vende justo la pasta de tomates que usamos en el restaurante. Compra allí.

Hice lo que mi querida madre me pidió, me puse un suéter y subí al coche en medio de lo que pronto podría ser una lluvia torrencial.

¿Y si somos fugaces como estrellas?Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora