23. Parte de mí

224 8 1
                                    

El cielo es el límite Capítulo 23: Parte de mí

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

El cielo es el límite Capítulo 23: Parte de mí

Sam pisó el acelerador mientras las manos de Cormac se cerraban en su cuello. La camioneta empezó zigzaguear, pero él estaba decidido a no frenar; intentó enfocar la vista para ver por dónde iba. Mantuvo las manos firmes sobre el volante y el pie en el acelerador.

-¡Frena, Pratt! ¡Frena, es una orden! - Con la mano que tenía libre, Sam intentó liberarse.

-¡Suel...ta...me! - Por la fuerza, giró el volante. La camioneta, se subió a la vereda, esquivó un árbol y volvió a la calle.- ¡Hijo de...!

-¡Frena, o te juro que morirás! - Sam aceleró más y esquivó por pocos centímetros a un coche. El conductor lanzó un improperio y le tocó la bocina.- ¡Nos vamos a matar! - Involuntariamente, Cormac aflojó la tensión de sus manos.

-¡Si tengo que sacrificar mi vida para que te mueras lo haré con gusto, McLaggen! - él le apuntó con un arma en la sien.

-¡Llegó tu fin, Sam, me pagarás todas las que me hiciste!

-¡Dispara, cabrón! ¡Estoy listo! - gritó, fuera de sí.

-¡Pagarás haberme hecho la vida imposible cuando salía con Nathalie, le hablabas mal de mí, maldito hijo de puta!- no dejaba de sujetarlo cruzando un brazo en su cuello. Sam jadeaba pero aceleró más, iban a ochenta kilómetros. Afortunadamente no había mucho tránsito.- ¡Clava los frenos, bastardo! Tu arma está en la guantera, no podrás hacer nada.

-¡Si me matas morirás tú también, te lo aseguro! -exclamó Sam.

-¡Fue muy fácil dejar fuera de juego a tu jefe de seguridad!

-¿Mataste a Eric, hijo de puta?

-¡A esta altura debe estar haciéndole compañía a tus padres!

-¡Hasta aquí llegaste! - aceleró, furioso.

Cada vez iban más rápido, pasaron semáforos en rojo y la policía comenzó a perseguirlos. Las sirenas, el ruido del motor, las luces fugaces de la madrugada pasaban por la mente de Sam como un torbellino de colores mezclados, inconclusos. Parecía una pesadilla lúcida. No había tiempo, no podía frenar. Le hubiera gustado apresarlo, pero su arma de emergencia estaba fuera de su alcance. Un descuido imperdonable.

-¡Dispara de una vez, hijo de puta! -lo provocó, envalentonado -¡No te acobardes querido McLaggen! - Él apretó más el cuello con rabia.

-¡El freno de mano te hará cambiar de opinión, Pratt! - Sam giró a la derecha y salió de la zona urbana.

-¡Voy a cien por hora, saldrás despedido, inútil! - se soltó del agarre, y puso la marcha en quinta. La camioneta aceleró, iba a ciento veinte kilómetros por horas, en una carretera desértica.

El cielo es el límiteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora