Olympia rio como una niña pequeña y salpicó de agua a su guardaespaldas, que a pesar de no esperarse esa acción no dudó en devolvérsela. Ambos estaban divirtiéndose como críos, haciendo sonreír a algunos adultos que los miraban, mientras que otros los miraban anonadados por su actitud.
Por ejemplo, los chicos que no dejaban de mirar a la princesa y que ya antes la habían invitado a jugar con ellos, estaban babeando por ella pero sintiendo celos poco sanos de él. Al menos hasta que Zabdiel se cansó de fingir que no le importaba.
—Son niños, déjalos estar —pidió, llevando sus manos a sus hombros—. Préstame a mi atención.
—Es difícil prestarte atención cuando unos niñatos babean por ti a tan solo metros de nosotros, ¿es que acaso no saben lo que es el respeto?
—Relájate —sugirió, deslizando sus manos por sus brazos, acariciándole esos músculos que tanto le gustaban—. ¿O tengo que relajarte yo?
Él la miró a los ojos, aún sintiendo su tacto ardiéndole en la piel, pero por mucho que le quemara le apetecía seguir ardiendo. Quiso decirle que ya iba siendo hora de volver a escaparse crema solar o se quemarían vivos, pero se calló en cuanto sus manos dejaron sus brazos para posarse ahora sobre su pecho. Instintivamente él llevó las suyas hasta su diminuta cintura y la pegó a su cuerpo. Acto que a Olympia le gustó más de lo que iba a admitir.
—Volvemos al hotel, nos pegamos una ducha y nos olvidamos de ellos, ¿va? —propuso, mirándole ahora los labios.
Zabdiel se remojó los suyos y se inclinó, pues eran pocos los centímetros que los separaban, hasta que sus frentes quedaron pegadas.
—Olympia, volver al hotel ahora es una mala idea.
La rubia soltó una risita alzando una de sus piernas para dejarla a la altura de la cintura de su guardaespaldas, fue entonces cuando notó cómo se le marcaba el bañador. Estaba empalmado. Empalmado por su tacto, por haberla mirado más de lo que debería, por tener pensamientos ilícitos con ella. Por ella.
—Olly... —advirtió él en cuanto supo que ella se había dado de cuenta de su pequeño problema.
—No pasa nada, es algo natural —murmuró, dándole una sonrisa de labios pegados—. Déjame que te ayude.
—De eso nada, señorita. Olvídate de lo que sea que estés pensando porque no sería para nada correcto, tengo que recordarte que soy tu guardaespaldas y...
Olympia posó sus labios en los suyos, callándolo al instante, saboreando su boca como si fuera la última que probaría en su vida. Primero chupando su labio inferior, luego succionando el superior y ya para terminar dejó que su lengua se adentrase en su cavidad bucal como si estuviera hecha para eso. Él, incapaz de creerse que está pasando, no la detiene... Todo contrario, lleva su mano hasta su mejilla para concederle todavía más. Su otra mano se desliza de sus caderas hasta que sus dedos rozan la tela de su bikini, haciendo que a la rubia se le escape un jadeo sobre su boca.
—Te desnudaría del todo en este maldito instante y te follaría frente a todos —gruñó, deleitándose con el roce de sus cuerpos.
Y Olympia arde de excitación. Sabía que ese hombre de correcto no tenía ni un pelo desde el primer momento que lo vio, pero ahora al escucharlo solo lo estaba confirmando. Era de esos que le gustaban y no iba a desaprovecharlo.
—Sin embargo, vas a llevarme de vuelta al hotel y lo harás allí —le dijo ella, deslizando su mano hasta su prominente erección para apretarle el paquete sin necesidad de disimularlo, arrancándole un gemido que trepó desde el fondo de su garganta.
—Si —siseó, manteniéndose a duras penas de pie—, eso haré.
La tomó de la mano, como si no acabara de darle un apretón que casi lo deja tieso del todo, para sacarla del agua y arrastrarla hasta donde tenían sus cosas. Olympia se mordió los labios para no reír y volvió a vestir la parte superior de su bikini, finalmente enrolló una toalla en su cuerpo sin siquiera molestarse en secarse. Zabdiel si se secó y después, a regañadientes, volvió a ponerse aquella camisa hawaiana que todavía le parecía lo más ridículo del día.
Caminaron hacia el hotel de vuelta, uno con más ansias que el otro, subieron hasta su habitación y cerraron la puerta dando a entender que a partir de ese momento todo sería puro fuego.
—¿En tu cama o en la mía? —pregunta Olympia con tanto descaro que la polla de Zabdiel vuelve a crisparse en apenas segundos.
—En la que esté más cerca.
Que es la suya, pero no pareció tener demasiada importancia porque volvieron a unir sus bocas con frenesí, dejando que fueran sus manos las que tomaran vida propia y se arrancaran las prendas del cuerpo antes de llegar a la habitación. Cerró la puerta con su pie, negándose a apartar sus manos de su cuerpo.
Una vez que la había tocado le iba a ser muy difícil mantener sus manos apartadas de su cuerpo... Sobre todo al ver que ella recibía tan bien sus caricias.
—Olvídate de que somos princesa y guardaespaldas —susurró sobre su boca—. A partir de ahora sólo somos dos personas normales y corrientes disfrutando de la pasión en esta isla, no dejes que el fuego se apague.
No iba a hacerlo, lo único que tenía en mente era hacer la llama más y más grande.
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Una princesa ideal
RomanceOlympia era una hija ideal. Una hermana ideal. Una princesa ideal. Al menos hasta que se cansó de serlo.
