Capítulo 35

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Olympia caminaba con prisas, tenía la mente hecha un lío y después de que Zabdiel le confesara sus sentimientos estaba más enredada. Su temor desde el principio de aquella relación que se alejaba de ser guardaespaldas-princesa estaba ocurriendo. No solo ella se enamoró de él sino que también lo hizo él de ella, por primera vez en mucho tiempo no supo gestionar sus sentimientos.

Por suerte o por desgracia el amor no se elige, más bien es él quien elige a las personas.

Pero llega en momentos tan poco deseados que no se sabe cómo gestionarlo.

Ese es el caso de Olympia, que ya está lo suficiente jodida por dentro y que siente que si lo toma de la mano lo arrastrará consigo a ese pozo donde todo es oscuridad.

Un caos constante de sufrimiento donde tiene que admitir que no está bien. Pero que difícil es admitir que una no está bien, ¿verdad? Es complicado aceptar que realmente hay un problema, uno que no estás sabiendo gestionar y que poco a poco se te está yendo de las manos. El dolor en la garganta es cada vez más intenso y las manos tiemblan, le llaman estrés.
El mar está de fondo, pero las olas te arrastran con él, no puedes salir a gritar por ayuda... Y por un momento piensas que quizá es lo mejor; no pedir ayuda, ahogarte.

Así se sentía ella. No podía con todo pero sentía que no le podía pedir a nadie que la ayudase a sostener su mundo cuando se caía. Sería egoísta de su parte, al menos eso era lo que ella tenía en mente. Si quería salvarse tenía que hacerlo solita, la vida no era un cuento y ningún príncipe llegaría a salvarla. Aquí los besos no salvan, todo lo contrario, a veces matan. 

—Veo que has venido y además sola —el mismo chico que le entregó el papel estaba allí, con una sonrisa en los labios.

—¿Cómo es que estás aquí si...?

—Verás, linda, los contactos de la mafia valen más que los de la realeza —admitió, consiguiendo que con tan solo unas palabras se le pusieran los vellos de punta—. Sabía que vendrías así que solté a tu hermanita hace nada.

—¿Cómo puedes asegurarme eso?

—Te doy mi palabra, no te quedará más remedio que creerme —sonrió, mirándola de arriba a abajo—. Ella no tenía nada que nos interesase, no era hija de tu padre, así que él no se molestaría en venir a buscarla. Tú, para ser de la realeza, eres bastante normalita, ¿no? No te lo tienes tan creído como tus familiares.

—Queda feo eso de hacer comparaciones —respondió, sintiéndose temblar. Si a su hermana no le había hecho nada por no ser de la realeza significaba que a ella si se lo harían. Intentó retroceder un par de pasos, pero en cuanto lo hizo se acercaron dos hombres para agarrarla cada uno por un brazo.

—Tranquilos, chicos, es invitada de honor —sonrió socarrón y señaló la puerta con la mirada—. Papá pidió que a ti no se te hiciera nada porque quiere conocerte, considérate privilegiada.

—¿Que a mi no se me hiciera nada? ¿Qué quieres decir con eso? —preguntó atemorizada, intentaba no ser tan obvia, después de las películas de miedo que había visto llegó a la conclusión de que los miedosos siempre mueren antes. Y ella por mucho que bromease con morir no tenía ganas de hacerlo todavía—. Por favor...

Él no respondió, se limitó a guiarlos por el pasillo hasta llegar a una de las habitaciones. Parecía una casa normal y corriente, aunque más fría y vacía de lo habitual, se notaba que nadie residía allí, que estaba simplemente por estar.

Tragó saliva cuando le aprisionaron las manos con una fina cuerda de color negro delante de su cuerpo. Él apretó el nudo solo para ver como su rostro se contraía haciendo una mueca de dolor.

—Basta —pronunció la áspera voz de su padre desde la puerta—, esfúmate, quiero conversar a solas con la princesa.

—Pero... Pensé que podría estar presente.

—No cuestiones mis órdenes —chasqueó sus dedos para obligarlo a irse. Él lo hizo, a regañadientes, no sin antes darle una última mirada a Olympia para después cruzar la puerta y cerrar esta tras su cuerpo. Dejándola a solas con su padre en aquella habitación.

Sintió como su cuerpo empezaba a sudar en frío, apenas podía respirar y eso se convertiría pronto en un problema de gravedad.

—Siéntate, Olly —indicó, señalando con la mirada los sofás individuales que había allí preparados para la ocasión. Le sostuvo la mirada, solo una persona la llamaba así, que él también lo hiciera era más que un peligro.

—No sé que quieres de mi —admitió, removiéndose en el sofá nada más sentarse.

—Quiero saber cosas de ti, algo de interesante tienes que tener para que se fijen en ti... —la evaluó con la mirada y después negó con la cabeza—. Aunque si me permites, déjame decirte que eres bastante sencillita si se te mira a detalle. Todo lo demás es superficial...

—Tú eres bastante capullo y nadie te dice nada.

Le escapó la risa al escucharla. Ella se arrepintió de inmediato, no debería de tener la lengua tan suelta en ocasiones como esa, pero le fue inevitable. ¿Quién se creía ese hombre para meterse con ella de semejante forma?

—Eres muy graciosa, si —tomó su rostro con una de sus manos, encargándose de que sus dedos quedasen marcados en su blanca piel—. Pero escúchame bien, tú no eres nadie aquí dentro y menos lo serás fuera. Quería ser bueno contigo, al fin y al cabo formas parte de la familia ahora, pero viéndolo bien no te lo mereces.

La soltó para estampar la palma de su mano en su mejilla, haciéndola jadear de la impresión, el sonido fue limpio y el golpe preciso. No era la primera que daba, por la táctica no le fue difícil intuir que había dado bastantes a lo largo de su vida. No fue un golpe para hacerle daño porque no se lo hizo, solo para espabilarla y demostrarle que el que tenía el control era él.

Una princesa idealDonde viven las historias. Descúbrelo ahora