Capítulo 40 (Final)

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El mafioso sacó la segunda pistola que llevaba guardada y en un limpio movimiento le quitó el seguro y disparó.

Un.

Dos.

Tres tiros limpios que impactaron en el pecho de Olympia cuando Zabdiel estaba agachado tomando la pistola con la que lo había distraído.

—Un mafioso no anda solo con un arma, todavía tienes mucho que aprender —murmuró, mirando como el cuerpo de la joven caía al suelo, luchando por la vida.

En esos segundos le dio para pensar en todo. En su vida desde el momento que había nacido, su infancia, su adolescencia... En los niños de primaria que le caían mal, en las niñas que le decían siempre lo bonita que iba vestida. En todas aquellas dietas que su madre le empezó a exigir de adolescente. En los consejos de su padre. Pensó en sus hermanos pequeños, en todas las veces que los cuidó, las otras tantas que los regañó para enseñarle como debían de ser las cosas...

Pero sobre todo pensó en él. En sus últimos días a su lado. En el momento que lo vio por primera vez y supo de inmediato que sería un problema para su vida, pero era un riesgo que estaba dispuesta a tomar porque le atraía. Volvió a escucharlo reír como la primera vez. Recordó todas esas veces que la vacilaba con elegancia, haciéndole quedar mal pero dando lugar a sonrisas de labios pegados que no se olvidarían pronto. Pensó en su tacto, sus manos recorriéndole el cuerpo y sus labios repartiendo besos por su piel. Escuchó su voz, su llanto y el gemido lastimero que le dolió en el alma.

—Olly... —susurró, arrodillándose a su lado, buscando la manera de detener la hemorragia.

Sin embargo, era demasiado tarde, los ojos miraban un punto fijo en el techo y sus labios parecían querer moverse, pero no lo hacían. Zabdiel sintió como le arrancaban el corazón del pecho. La había matado allí, frente él y la estaba dejando morir solo por un capricho suyo.

Si, él no cambiaría más.

Le había arrebatado a su madre, a su mejor amigo y ahora a la mujer de su vida.

Pero por primera vez en mucho tiempo sintió todo el coraje junto para poder matarlo. Aunque él no se merecía morir, se merecía algo mucho peor que eso.

Se levantó con las lágrimas recorriendo sus mejillas, con los ojos más vacíos que nunca, debía de ser verdad eso de que los ojos eran el reflejo del alma y que cuando esta se va ya nada vuelve a verse de la misma manera.

—He ganado —susurró.

—Has ganado un lugar en el cementerio —escupió, golpeando en su rostro con fuerza. Tenía una pistola ¿pero de que le servía cuando le estaban temblando las manos de tal manera?

La fuerza bruta siempre era la última opción y, en este caso, la que él elegiría. Tantos años de entreno serían más que suficientes para matarlo aunque solo fuera a golpes. Su rodilla impactó en su estómago, haciéndolo doblegarse, aprovechó el momento para arrancarle la pistola de las manos y tirarla lejos. Iban a solucionar eso en su lengua paterna.

—¿Vas a pegarme?

—Voy a matarte —anunció, agarrándolo del cuello para llevarlo hasta la pared e inmovilizarlo allí. Sus manos fueron directas a su brazo para impedir la asfixia, pero Zabdiel tenía más fuerza y no se lo permitió—. Un mafioso puede andar con más de un arma, pero alguien que viene dispuesto a matar también.

Buscó en su bolsillo la navaja que llevaba siempre consigo y más en ocasiones como esa, una pistola era poco disimulada, ¿pero una navaja? Era de lo más normal del mundo y nadie se espantaba.

La clavó en su muñeca y la deslizó por esta, arrancándole un grito de dolor al ver que lo estaba haciendo con bastante profundidad. Imitó la acción con la contraria, sin molestarse en quitar los ojos de su acción. Estaba haciendo sufrir al hijo de puta que tantas veces lo había hecho sufrir a él, no sentía pena ninguna. No le molestaba macharse de su sangre.

—¿No ves que con esto me demuestras que eres igual a mi? —gruñó dolorido—. Te estás metiendo en un mundo peligroso, Zabdiel... Uno del que no podrás salir.

—De todo se sale menos del cementerio, que es para donde tú vas, así que el que necesita suerte eres tú y no yo.

Le clavó la navaja en el cuello y se encargó de dibujar en este una corona en honor a quien no la llevaba.

Agonizó de dolor en el suelo y no sintió absolutamente nada al verlo así. Deseó no tener piedad, dejar que se muriera poco a poco, pero en su lugar tomó la pistola para pegarle un tiro en la frente y terminar con el sufrimiento y también con su vida.

—Señor...

—El señor ha muerto, desde ahora soy vuestro nuevo jefe —anunció, autoproclamándose rey de la mafia como si hubiera nacido para eso (bueno, técnicamente si lo hizo). Había destinos que ya estaban escritos desde el nacimiento y no había manera de borrarlos, quizá esa frase de que todos los caminos llevan a Roma era cierta, pues allí estaba él como si nada.

Se apartó de los hombres que empezaban a entrar en la habitación y cargó en sus brazos el cuerpo sin vida de Olympia, la apretó contra el suyo y cerró los ojos con fuerza para recordar las anteriores veces que hizo el mismo gesto mientras ella reía y le decía que podía caminar sola.

Sería la última vez que la tendría en brazos.

Al igual que ese día había sido el último para muchas cosas.

Siempre se habla de primeras veces, de lo increíbles que son las sensaciones, pero nadie habla de las emociones tristes de las últimas veces.

Es una triste realidad pero todo lo que empieza acaba y todo lo que vive muere.

Por eso no existen finales felices o finales tristes, existen sólo finales, porque la vida se acaba y no hay vuelta atrás para ello. Solo recordar, solo volver a leer y volver a sentir para repetir esas últimas una y otra vez.

|| F I N A L ||

Una princesa idealDonde viven las historias. Descúbrelo ahora