Eran pasadas las tres de la madrugada cuando Olympia demandó volver al hotel. Le dolían los pies y había bebido de más. Fue una noche magnífica, desde luego, ya habría tiempo de lamentarse al día siguiente cuando la atacara la resaca y no pudiera ni levantarse de la cama.
—Tú y yo hacemos muy buena pareja —le hizo saber a Zabdiel mientras le brindaba una sonrisa juguetona—. Si tuviéramos hijos nos saldrían preciosos, ¿no crees?
—Si salieran a ti estoy seguro de que si —le siguió el juego, sabiendo que el alcohol le estaba soltando la lengua de más. Él no había bebido más de tres tragos, al ver las intenciones de ella de seguir bebiendo supo que debía de parar, así al menos uno de ellos estaría consciente y se haría responsable del otro. Además, era Olympia quien quería festejar, no podía prohibirle de beber o algo similar.
—Por eso me gustas, si —hizo un intento de chasquear su lengua contra su paladar pero fracasó en el intento—. Siempre me estás halagando, me haces sentir bonita todo el tiempo.
—Lo eres, Olly, no te permitas dudarlo ni un maldito segundo —señaló, haciendo que ella envidiara la seguridad con la que hablaba—. Ahora va siendo hora de irnos, dijiste que querías descansar.
—Dije que quería volver al hotel, en ningún momento mencioné nada de descansar —resopló.
Había dos tipos de borrachos: los que el alcohol les daba sueño, hacía que los párpados le pesasen y las piernas se tambaleasen al andar y los que le ocurría todo lo contrario, que el alcohol los ponía eléctricos y tenían energías para dar, tomar y regalar. Olympia era de esas, del segundo tipo, aunque no ayudaba para nada su lesionado tobillo que la hacía caminar más mal que bien.
Su guardaespaldas cumplió con su promesa y se agachó para cargar su cuerpo en brazos, esta vez ella no se quejó, no iba a fingir que no le gustaba estar cerca de él, cuando la tomaba así la hacía sentir una verdadera princesa aunque no llevara corona.
—Me gustas —admitió en un susurro débil que él bien escuchó.
—¿Y por qué tienes miedo a enamorarte de mi, Olly? —inquirió, sabiendo que estaba mal aprovecharse de su estado de embriaguez para sonsacarle información de ese tipo.
—Porque el amor es un asco —se limitó a responder.
Quiso refutarle, tenía cientos de argumentos en contra de esas palabras, pero no iba a hacerle entrar en razón, ella no estaba como para discutir sobre el amor en aquellos instantes. Así que se calló, apretó los labios y se tragó todas las palabras que estaba dispuesto a decirle.
Si, a él también le gustaba, le gustaba mucho y ya lo había admitido para sí mismo. El sexo sin compromiso estaba bien, pero escaparte a otra isla con esa persona, llevarla en brazos, cuidarla y sentir que debes de protegerla con todo tu ser, eso ya es otra cosa.
Le gustaba para escucharla quejarse. Le gustaba para ver su cara de vergüenza al saber que siempre se despertaba más tarde que él. Le gustaba incluso para verla llevar objetos entre sus tetas como si fuera lo más normal del mundo.
Llegaron al hotel en silencio, a pesar de que Olympia no dejó de mirarlo en busca de que dijera algo que pudiera interesarle. Cualquier mínima cosa me servía, ella solo quería tener algo de lo que hablar con él. Pero eso no pasó, pues cuando la dejó acostada en su cama le quitó los zapatos con tranquilidad y acarició con la yema de sus dedos el tobillo en el que había tenido una bolsa de hielo ese mismo día. Su tacto se sentía ardiente y quiso apartar el pie nada más tocarla, pero le gustaba esa sensación.
—Zabdiel... —murmuró su nombre arrastrando las letras.
—¿Si, Olly?
—Este vestido es incómodo —indicó, avergonzada de que sus palabras iban a ser otras.
Estaba borracha, pero aún así no quería mandarlo todo a la mierda con algo que pudiera decir.
Él, que también se esperaba escuchar otra cosa, se limitó a brindarle una sonrisa.
—Siendo así deberíamos de sacarlo —susurró, pidiéndole permiso con la mirada, ella no tardó en asentir y en cuando lo hizo llevó una de sus manos al cierre de este para bajárselo, la tela cedió de inmediato y acompañó a sus manos deslizándose por su cuerpo. El pintalabios resbaló también, cayendo en el colchón, ambos siguieron su movimiento con la mirada y les fue inevitable reír.
Una vez que el vestido ya no era un impedimento, ella se acomodó, queriendo verse sexy para él. No pasó desapercibido ningún movimiento para el guardaespaldas, que a pesar de desearla todo el tiempo, optó por la opción responsable.
—Estás borracha —le recordó, llevando una de sus manos a su pierna—. Mañana haremos todo lo que quieras.
—No quiero hacerlo mañana, quiero hacerlo hoy —se colocó de lado, sabiendo que sus pechos se apretarían el uno contra el otro en aquella posición y dobló una de sus largas piernas.
—Por muy provocativa que te veas así... —susurró, acariciándole la pierna con cariño, olvidándose por completo de las intenciones sexuales—. Voy a tener que rechazar tu propuesta.
Se inclinó para dejar un beso en su muslo y se levantó para deshacerse de su ropa, Olympia no apartó los ojos de él. ¡Se estaba desnudando delante de ella por algo!
Él fue consciente de su mirada y no dudó en devolvérsela mientras le guiñaba un ojo. Después se acomodó a su lado y envolvió su cuerpo en sus brazos como si estuviera acostumbrado a hacerlo todo el tiempo. Quería dormir así todas las noches pero si ella no se lo permitía entonces tendría que conformarse solo con esa, enterró su nariz en su cabello e inspiró el dulce aroma de este, sintiéndose el cielo. A Olympia le bastaron con unas caricias lentas para que sus ojos se cerraran y su respiración se volviera pausada, la de Zabdiel se le acompasó poco después mientras cerraba también sus ojos y se dejaba llevar por el sueño y el cansancio de ese día.
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Una princesa ideal
RomanceOlympia era una hija ideal. Una hermana ideal. Una princesa ideal. Al menos hasta que se cansó de serlo.
