Sin cadáver no hay muerto, sin pruebas no hay nada que temer.
Así se sentía Olympia después de haber tirado con todo, además de limpia y libre, sentía que todos sus miedos se acababan.
—Estamos en una isla pequeña y sin nada para hacer, podríamos aprovechar para conocernos mejor, ¿no crees? —inquirió, juntando sus manos en su regazo y dirigiendo su mirada a las hermosas vistas que se ofrecían desde allí arriba—. Si mal no recuerdo, a ti te ofrecieron información sobre mi, pero yo de ti solo sé lo que tú me quieres contar.
—¿Y qué quieres saber? ¿Mi color favorito? —preguntó burlón.
—Tu sabor favorito de helado —señaló, levantándose de la piedra en la que estaba sentada—. Así vamos a comprar uno.
—Me gusta el de vainilla —se encogió de hombros—. Soy un chico tradicional, ordinariez y que no tiene gustos raros. Mi color favorito es el azul cielo y mi comida favorita son las croquetas, una época en España fue suficiente para enamorarme.
—Eres tradicional solo para lo que te da la gana —murmuró por lo bajo—. Yo soy más de chocolate, pero la vainilla tampoco está mal, yo respeto los gustos siempre y cuando sean normales... Mi hermano es de los que pilla todo lo que lleve menta, ¡menta! ¿Cómo puedes atreverte a comer un maldito helado de menta? En plan, está bien en los chicles y tal, tampoco hay que abusar.
Zabdiel apretó sus labios para evitar reír, algo que solía hacer bastante a menudo desde que conoció a la princesa, no porque no quisiera que ella lo escuchase reír sino porque estaba acostumbrado a no hacerlo y se sentía incluso raro consigo mismo cuando ella le provocaba esa gracia.
—Hablando de hermanos, ¿tú tienes? —preguntó con curiosidad mientras descendían por el camino mal hecho.
—Un hermanastro por parte de mi padre —admitió—. No es como si nos lleváramos bien, ni siquiera lo considero familia, simplemente está ahí y punto.
—Suena a que es el favorito. Por lo que me contaste de tu padre...
—No vamos a hablar de mi padre —la interrumpió—. Es de lo que menos me apetece hablar contigo, Olly. Hablemos de lo que sea, no de esa mierda.
La rubia volteó el rostro para mirarlo, tenía muchas cosas que decir al respecto, pero una simple distracción fue suficiente para que su pie resbalara en el lugar donde había pisado. Un jadeo se escapó de sus labio cuando sintió su tobillo torcerse y acto seguido su cuerpo caerse al suelo. Zabdiel no fue lo suficientemente rápido, la sostuvo antes de que todo su cuerpo tocara en suelo, pero no pudo salvarle la pierna. Las pequeñas piedras habían raspado con ganas su piel, dejando pequeñas líneas de sangre a su paso.
—Maldición —gruñó, llevando su brazo a la parte trasera de sus rodillas mientras que el otro se envolvía en su espalda para cargarla en brazos—. No se te ocurra decir que estás bien.
—Estás exagerando —resopló con terquedad, pues la verdad es que le estaba doliendo más de lo que admitía en voz alta.
—Te has torcido el tobillo, te dolerá al andar, y se te ha levantado la piel así que un nada que se te roce y maldecirás por dos días seguidos. No es nada, pero para alguien como tú es suficiente, sin ánimo de ofender.
—No puedes llevarme en brazos hasta el hotel, quedaríamos fatal y tú no tienes tanto brazo como para cargar con una chica de un metro setenta.
—Me estás subestimando —rio por lo bajo, sin darle pie a decir nada más.
Claro que podía, había soportado cosas más pesadas, Olympia en esos momentos no era absolutamente nada si la comparaba con anteriores situaciones. Pero su mente tampoco estaba como para pensar en esas cosas, así que se limitó a decirle que estaría bien y la llevó de vuelta al hotel, varias personas los miraron al verlos pasar pero absolutamente nadie quiso comentar la situación.
—Voy a por hielo para tu tobillo —indicó en cuanto la dejó acostada en su cama—. No te muevas.
—Voy a ensangrentar las sábanas —murmuró con un tinte de diversión cargándole la voz.
—Las sábanas son lo de menos —aclaró antes de salir de allí y bajar a por hielo—. Disculpe, voy a necesitar hielo —le pidió a la señora que los había atendido en ocasiones anteriores.
—¿Es para algún jueguito sexual que tenéis ahora los chicos jóvenes o...?
—Oh, no —se le escapó una sonrisa traicionera sólo de imaginar cómo sería probar con Olympia alguno de esos juegos—. Mi chica se ha torcido un tobillo, nada grave, pero es para el hinchazón.
Ella asintió con la cabeza antes de ir a por una bolsa de hielo para la situación, él le agradeció dos veces, la primera por el hielo y la segunda cuando le dijo "espero que se encuentre bien".
Subió casi a la velocidad de la luz y no se sorprendió al verla sentada en la cama examinando la herida como una niña curiosa.
—Mis piernas de modelo... Menos mal que mi madre no se ha enterado o le daría un infarto —se lamentó al verlo entrar—. Te pasas la vida con cuidado para que no quede ni la más mínima cicatriz en tu piel... Y ahora voy y lo jodo por idiota.
—Son raspados, no dejarán cicatrices ni marcas —aclaró, presionando la bolsa de hielo en su tobillo, haciéndola jadear de dolor—. Aguántala aquí, iré a por el botiquín para desinfectarte las heridas, princesa.
Le guiñó un ojo antes de ir al baño a por gasas y agua oxigenada, con eso tendría más que suficiente. Mojó la gasa mientras caminaba de vuelta a su habitación y se sentó a su lado en la cama antes de pasar esta por su herida. Olympia apretó sus labios para no quedar como una quejica y apartó la mirada porque no le apetecía ver como la gasa se manchaba con su sangre.
—Ya estás, tranquila —susurró en cuanto terminó, se levantó para tirar las gasas a la basura y llevó el agua oxigenada a su sitio.
Olympia le hizo caso porque con él se sentía más tranquila que nunca, podía estar todo rompiéndose a pedazos a su alrededor que a su lado aún sentiría calma.
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Una princesa ideal
Storie d'amoreOlympia era una hija ideal. Una hermana ideal. Una princesa ideal. Al menos hasta que se cansó de serlo.
