Era obvio que la repentina decisión no era de mutuo acuerdo, pues las palabras entre los dos fueron mínimas. Su hermanastro le entregó un papel en donde iba anotada una dirección, Olympia fue rápida en guarda dicho papel para estar preparada.
Tercer viaje, el último y el definitivo.
Con más peso en la maleta, con más emociones en el cuerpo.
—Cuando lleguemos a casa vas a respirar y tomarte las cosas con tranquilidad —indicó—. No puedes hacer lo primero que se te cruce por la cabeza porque es un tema serio, Olly.
—Sé que lo haces por bien, pero en serio, no me digas lo que tengo que hacer —pidió, pasándose una mano por la cabeza—. Soy adulta para tomar mis decisiones, no actúes como mi padre.
—Me ofende que me estés comparando con él —murmuró, ofendido—. Porque no tenemos punto de comparación. Yo jamás te prohibiría de hacer algo, pero en esta ocasión...
—En esta ocasión quieres hacerlo —asintió con la cabeza—. Si, ya veo que es así, pero te vuelvo a repetir que las decisiones las voy a tomar yo. Me da igual lo que tú quieras, sé defenderme solita, además esto no es algo que te incluya a ti. Mi familia está en peligro, no la tuya, ni siquiera sé de qué os conocíais ese chico y tú. No es momento para desconfiar, es momento para hacer lo correcto.
Quizá después de tanta rebeldía le apetecía volver a su destino de vida. Al parecer con sus ganas de gozar la libertad y los privilegios de no estar atada a la familia habían desencadenado un final fatal que le estaba pasando factura ahora. No quería que su hermana sufriera las consecuencias, no podría perdonárselo en la vida.
Odiaba a su padre por tomarse todo como un juego y aportar todo por ella cuando María estaba en peor posición. ¿Cómo podía ser tan duro? La había criado como su hija, la vio crecer y le ofreció lo mismo que a sus demás hijos. ¿Por qué ahora tenía que ponerse en ese plan de "como no es mi hija no me importa"?
No era capaz de entenderlo, le parecía absurdo y completamente ridículo.
Ahora debía de apartar a Zabdiel también de su camino y le temblaban las piernas sólo de pensar en ello. ¿Por qué? Porque no podía llevarlo a su mismo desenlace. Su familia estaba en peligro, suficiente tenía con eso, no se podía permitir agregar a más personas a ese estado del que quizá no podían salir.
La situación le recordó a los tiempos antiguos, a esos que se relatan en los libros de texto de secundaria, a la monarquía de hace cientos de años que vivía día tras día en peligro. No solo en peligro del pueblo que buscaba su muerte para que dejaran de abusar de sus poderes, sino también en peligro de los que convivían con ellos; su propia familia, pues eran quienes querían ocupar los puestos más altos y buscaban el camino fácil.
A día de hoy no había abuso de poder sobre el pueblo, los ciudadanos no buscarían la muerte de la familia real.
¿Pero por qué habría de hacerlo la propia familia? Si era más que obvio que en su país no llegaría a haber una monarquía absoluta, donde el rey ostenta el poder judicial, legislativo y ejecutivo. De esas apenas quedaban en la actualidad, se podría destacar la de Arabia Saudita o la Ciudad del Vaticano.
Se estresaba ella sola con tan solo pensarlo, era obvio que no obtendría la respuesta pensando en ello, solo lo haría si buscaba la solución. Dicen que quien la sigue la consigue, ¿no?
—En cuanto lleguemos quiero que lleves las cosas a casa —indicó, sacando el papel doblado que había guardado—. Acudiré aquí, tengo que hacer que María vuelva, sé que papá no hará nada a menos que sienta la verdadera presión... Sé que a mi si me salvaría. Es una mierda que tengamos que llegar a estos extremos.
—Tú no vas a ir a ahí, Olly, no puedo dejar que hagas eso —negó con la cabeza, mirando como en tan solo minutos estarían en tierra firme y ella huiría de nuevo, teñí que aprovechar eses minutos para convencerla.
—He tomado una decisión y...
—Me importa una mierda esa decisión —interrumpió, pasándose una mano por el cabello—. Tú eres lo único que me importa desde hace mucho tiempo y no puedo perderte a ti también. Si vas ahí no regresarás, no sabes con quien te estás metiendo.
—¿Por qué no puedes dejarme hacer las cosas a mi maldita forma por una vez en la vida? ¡Quiero elegir! Ya elegí... Y no te queda más remedio que aceptar esa decisión.
—¡Porque te amo! —exclamó, ganándose la mirada de los pasajeros que viajaban a su alrededor—. Porque no puedo vivir sabiendo que pude evitar tu muerte, así que deja de querer salvar el mundo entregándote porque no servirá de nada.
Olympia abrió la boca sin saber que decir, acababa de gritar de manera literal a los curro cientos que la amaba. No estaba lista para enfrentarse también a eso.
Negó con la cabeza, pasando saliva por su garganta, y se levantó para poder salir del barco antes que todos los demás.
Zabdiel se quedó parado en su sitio, arrepintiéndose de las palabras que habían escapado de su boca sin siquiera haberlas pensado antes. Ya está. Ya lo había dicho. Definitivamente esa no era la reacción que quería, sin embargo, supuso desde el primer momento que era la que iba a tener y al parecer no se equivocó en mucho.
Cerró los ojos para tomar una profunda respiración y bajar del barco junto a los demás pasajeros. La princesa no llevó consigo sus cosas así que le tocó a él hacerse cargo, tomó la maleta, cada vez más pesada, y la llevó consigo. No pidió un taxi ni llamó a ninguno de sus compañeros, se limitó a caminar arrastrando la maleta por la acera mientras se dirigía a la casa real.
¿Cómo debía de enfrentarse a todo eso?
ESTÁS LEYENDO
Una princesa ideal
RomanceOlympia era una hija ideal. Una hermana ideal. Una princesa ideal. Al menos hasta que se cansó de serlo.
