Zabdiel dejó la maleta en la puerta de la casa pero por nada del mundo se atrevió a entrar, se sentía un cobarde en letras mayúsculas solo por no poder enfrentarse a una familia que lo estaba pasando mal y que lo pasaría peor por su culpa.
Sin embargo, Achileas lo vio desde la ventana de su habitación y no tardó en bajar corriendo para poder alcanzarlo. Lo llevó consigo lejos de allí, si él lo quería entrar a casa era por razones obvias así que mejor sería alejarse de todo aquello y poder hablar con tranquilidad.
—¿Has llorado? —inquirió al fijarse en sus ojos—. Tus pestañas todavía están mojadas, no te atrevas a negarlo.
—No sé entonces para qué preguntas.
—Tengo tendencia a hacer preguntas estúpidas —se encogió de hombros, como si eso fuera la respuesta a todo en la vida.
Zabdiel lo observó y no vio en él a aquel chiquillo lleno de luz que había visto tiempo atrás. Estaba apagado. Sus ojos ya no brillaban de la misma manera y se veía cansado, no había dormido mucho las últimas horas, le pasaría factura más adelante.
—¿Olympia está viva...? Estaba contigo y acabas de dejar una maleta con lo que supongo que son sus cosas en la puerta de casa.
—Está viva —admitió, con el único fin de tranquilizarlo—. Estuvimos de vacaciones en otra isla, fue divertido mientras duró, pero bueno... Ahora estamos aquí, tratando de sobrevivir a la realidad.
El rubio respiró con tranquilidad por primera vez en días.
—Es que llegó su collar y había sangre en él, nos temimos lo peor.
—Nos entraron a robar en la habitación del hotel —confesó—. Supongo que querían sembrar el pánico y funcionó, ¿verdad?
—Si —admitió, asintiendo con su cabeza al mismo tiempo—. Papá puso a todos los guardias a buscarla.
Zabdiel miró hacia atrás y negó con la cabeza al escucharlo. Era cierto, no vio a ninguno de ellos en la entrada, normalmente tendría que haberlos tanto fuera como dentro para mayor seguridad. No los había. Estaban totalmente solos y sin protección.
—Tiene que volver a casa y decirle a tu padre que no podéis estar sin seguridad, yo me encargo de Olympia, tú consigue que vuelva al menos la mitad de gente que trabaja para vosotros... De lo contrario estáis perdido.
—¿Que está pasando?
—Estáis en peligro si no tenéis guardias, hazme caso, no hagas más preguntas y vuelve a casa para no perder más el tiempo.
—¿Y María? ¿Que hay de ella?
—Probablemente ya esté en el primer avión que saliera hoy para España, a ella no le harán nada, tranquilo —sonrió de lado e hizo un gesto con su cabeza—. Confío en que sabrás como convencer a tu padre.
Sin darle más conversación salió de allí apresurado, tenía que actuar antes de que fuese demasiado tarde. No había leído la dirección en el papel que su hermanastro le entregó a Olly, pero conocía aquel lugar de memoria, ni siquiera tenía que pensarlo demasiado porque era más que obvio que la llevarían allí.
Intentó no darle muchas vueltas a lo que él había dicho, ni tampoco a lo que probablemente estaría pasando en aquellos momentos.
Para su mala suerte estaba su hermanastro en la puerta y eso no le favorecía. No necesitaba ahora una lucha de egos, necesitaba entrar y poder sacarla de allí cuanto antes.
—¿Crees que te voy a dejar entrar? —cuestionó al verlo—. Zabdiel, no sigas jodiendo las cosas y vuelve por donde has venido.
—Siempre has tenido complejo de superioridad, pero déjame decirte que tú aquí no mandas una puta mierda —espetó, alzando la voz—. Hicisteis un puto show para buscarme, ¿no? ¡Pues aquí estoy, joder! Llegó el momento que tanto ansiabais, Zabdiel está en casa.
Varios hombres se acercaron al escucharlo, muchos de ellos impresionados, había trabajado muy bien estos últimos años para esconderse y ellos habían sudado la gota gorda para encontrarlo, cosa que no hicieron, ¡y ahora estaba entregándose en bandeja!
—El señor lo ha buscado siempre, tienes que dejarlo entrar.
—Tú no mandas —gruñó él.
—Amigo, tú tampoco, el que manda es tu padre y te aseguro que él querrá verlo —afirmó uno de los chicos allí presente.
—Exacto, además... Estáis terminando la misión que comenzasteis conmigo, me parece muy feo que me dejéis de lado ahora —murmuró Zabdiel, soltando una risa—. Voy a necesitar una pistola.
—¡No! ¿Acaso vas a matarlo?
—Al único que voy a matar será a ti como no te apartes de la puerta —advirtió—. Las tienes de perder así que no te hagas el fuerte conmigo que no te sale.
Otro de los chicos sonrió con burla, había deseado tantas veces vivir el momento donde él volvía para ponerlo en su lugar que ahora lo estaba disfrutando más que su película favorita. Se sacó su pistola de la cintura para extendérsela, Zabdiel le sonrió con agradecimiento.
—Gracias, Cosmo —le guiñó un ojo mientras la guardaba en su cintura—. Con razón siempre me has caído tan bien.
—No hay de que, señor —dio un asentimiento en su dirección, sonriendo internamente al ver que recordaba su nombre a la perfección.
A su hermanastro no le quedó más remedio que apartarse de la puerta, pues tras Zabdiel había cerca de una docena de hombres que estaban de su lado. ¿Cómo los había llevado a su terreno en tan poco tiempo? Eran unos traidores, sin duda, una vergüenza que se pasaran a formar parte del grupo del traidor, del que dejó a su gente y los tuvo buscándolo como si no tuvieran cosas más importantes que hacer.
Siempre odió el favoritismo y ahora empezaba a odiarlo a él.
En su ausencia creía que lo tenía todo bajo control, pero aún así nadie obedecía sus órdenes. Zabdiel había llegado, pidió una pistola y le dieron una pistola, dijo que quería entrar en la casa y todos exigieron que entrara.
¿Que estaba pasando ahí...?
¿Por qué todo se volvía tan raro de repente? ¿Qué plan tenía verdaderamente Zabdiel?
A ver si al final del cuento el bueno resulta no ser tan bueno...
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Una princesa ideal
RomanceOlympia era una hija ideal. Una hermana ideal. Una princesa ideal. Al menos hasta que se cansó de serlo.
