Capítulo 8

79 12 0
                                        


Dormir fue necesario para ambos, pues al despertar estaban muchísimo más que despejados, agradecían a esas horas de descanso que se habían pegado en el hotel.

Olympia, sorprendentemente, fue la primera en levantarse. Aunque Zabdiel tardó poco más de media hora en hacerlo también, avergonzándose de ser el último.

—Dime que tienes —pidió la rubia, casi haciendo un puchero con sus labios—. Es que a mi me rugen las tripas.

El guardaespaldas esbozó una sonrisa para así darle un asentimiento con la cabeza. No había sido ese su primer pensamiento al despertar, su cuerpo había sido entrenado para poder pasarse hasta días sin comer, pero no por eso iba a adaptarse a ello.

—Bajemos a comer —indicó, señalando con su mirada la puerta.

La princesa sonrió de oreja a oreja y fue casi corriendo hasta esta, él la siguió de cerca. Hacía calor como en todas las islas griegas, cualquiera de los dos lo había notado nada más levantase. Olympia llevaba un vestido blanco fino, muy fino, tirando a transparente. Si alguien forzaba la vista podía darse cuenta de la ropa interior que llevaba puesta en aquel momento, no fue el caso de Zabdiel, que podía ser muchas cosas pero no era irrespetuoso.

No había demasiadas personas en el comedor, pues la gente aprovechaba el turismo para conocer también nuevos restaurantes en lugar de conformarse con lo que un hotel podía servirles. Ellos no eran exquisitos con eso, al fin y al cabo, eran nativos de Grecia y ya habían degustado todas y cada una de las delicias de su tierra.

Tomaron asiento cerca de una de las ventanas, para sentirse más frescos y menos sofocados. La camarera que se acercó a atenderlos intentó disimular la ilusión que le hizo estar frente a la princesa de Grecia, pero para su guardaespaldas no pasó nada desapercibida.

—Babeaba por ti —murmuró en cuanto se dio la vuelta.

—¿Ella? Lo dudo —soltó una risa mientras se ataba el pelo. Una costumbre que tenía desde pequeña, pues no tenía permitido comer con este suelto por cuestión de higiene, no vaya a ser que un solo cabello terminase manchando su comida, sería una tragedia—. ¿Por qué habría de hacerlo?

—¿Por qué no? —alzó sus cejas. "Si eres hermosa" quiso decirle, pero en su lugar pronunció—: Es normal que te admire.

—No hay nada que admirar de un miembro de la realeza.

—Nadie habló de realeza, estamos hablando de ti... Es muy fácil admirarte, Olly, puedes ser un referente para todas esas personas que te siguen a diario a través de tus redes sociales —señaló—. Eres digna de admiración sin necesidad de mencionar tu linaje.

Sus mejillas se sonrojaron. Estaba acostumbrada a recibir elogios a diario, ya sea por televisión, por revistas, por los comentarios en su cuenta de Instagram... Pero recibirlos así, de manera directa, y dichos por él, hacían que se avergonzara.

—Dejemos este tema a un lado y hablemos de algo que me parece más interesante —propuso ella, esquivando el tema para así cambiar de conversación lo más rápido posible—. Está pasando algo en la monarquía, no solo aquí en Grecia, sino en todos los países en los que existe.

—¿A que te refieres?

—Mientras tú dormías tuve el placer de investigar algunas cositas por internet. Según fuentes de confianza, dicen que la monarquía está pasando por momentos duros y se está debilitando, por eso varias familias están uniendo sus poderes. No solo mis padres han intentado casarme, esto también está sucediendo en más países... Elsa, la princesa de Noruega, anunció hace tan solo unos días su matrimonio. ¡Tiene veintidós años y conoce a su prometido de hace tres meses!

Él la observó con curiosidad. Era cierto que algo estaba pasando, algo que no muchos sabían y que, para su desgracia, él era uno de ellos. Más no por eso abriría la boca para decírselo a Olympia, su espíritu parecía más que interesado en seguir investigando sobre ese tema, si se lo cortaba de raíz eliminaría también toda la diversión.

—¿Y qué es lo que tú crees, Olly? Olvídate de todo lo que venden en internet y usa tu cabeza para pensar por ti misma.

—Yo creo que la monarquía está pasando una mala racha, pero es por culpa de los acontecimientos más recientes... Si te das cuenta todo han sigo golpes bajos para esta desde hace poco tiempo, debe de ser cierto eso de que las nuevas generaciones arrasamos con todo —sonrió con cierta diversión, cruzando sus brazos sobre la mesa—. En España, por ejemplo, ya tenemos tres importantes datos para contar... Mi hermanita hizo de las suyas con la que sería la futura reina, montaron un escándalo tanto en su familia como en la nuestra. No por ser lesbianas, sino por ser familia —chasqueó su lengua.

—Ya veo por dónde vas... —admitió—. Y luego el segundo heredero al trono se enamoró de una republicana, que resultó ser la hermana perdida del rey de Dinamarca. Por lo que el trono le quedó a la menor, que estaba de todo menos preparada para estar al mando.

—Se han hecho muchas cosas mal —concluyó—. Pero no todos somos iguales. Si en España la joden, no quiere decir que en Grecia vayamos a hacer lo mismo. ¡De los errores se aprende!

—Pero no fue solo ahí, ¿no? —cuestionó Zabdiel, haciendo que la rubia apretara sus labios.

—A eso iba. Todos, absolutamente todos han manchado su imagen. Luego en Dinamarca fue más de la misma historia, líos de amor que dificultaron el reinado. ¡Y Reino Unido no se quedó atrás!

—¿Cuál es tu conclusión?

—El amor nos hace libres, pues nos libera incluso de nuestras obligaciones. Por eso nuestros padres quieren atarnos a alguien elegidos por ellos, para perder nuestra voluntad, para sumirnos a nuestro deber. Temen que si nos enamoramos de verdad como han hecho todos los mencionados anteriormente, perdamos la razón y nos entreguemos por completo, dejando de lado lo que ellos creen más importante.

Aunque en cierto modo estaba haciendo exactamente lo mismo pero sin haberse enamorado. Se había escapado, sin enfrentarse a la realidad, dejándolo todo en otra isla solo para centrarse en sí misma.

Una princesa idealDonde viven las historias. Descúbrelo ahora